VEINTIDÓS

1340 Palabras
Cuando se cumplió una semana y la ausencia de Amadi seguía siendo una dura y agria realidad, Beatrice se propuso a sí misma hacerse a la idea de que, lo más probable, era que jamás volviera a ver al esclavo, o cuando menos no de la forma en la que lo había visto aquella noche, dónde lo más extraordinario no había sido toda la magia presente en aquella fortuita reunión, sino lo poderosa que se le hacía la innegable conexión que había entre ellos. Una conexión que no sabía de razas ni de clases sociales, pero que ahora, por la ausencia de él, comenzaba a tambalear peligrosamente. Cierta mañana, cuando la ausencia del esclavo comenzaba a pesarle de verdad sobre los hombros, Beatrice despertó en su cama con la sensación de estar encerrada en un horno. Desesperada, apartó las cobijas de su cuerpo en busca de un poco de aire fresco, más sin embargo no encontró sino calor y más calor. Sentía el cuerpo pesado y la cabeza embotada, como si hubiera dado cientos de vueltas sobre sí misma y ahora estuviera mareada y sin orientación. Confundida, pasó una mano por su frente para descubrir que estaba empapada en un sudor frío y pegajoso. —Buen día, señorita Beatrice, ¿cómo amanece hoy? Confundida, Beatrice miró al frente y a duras penas logró distinguir la silueta de Laura, la criada, en medio de la bruma que empañaba su visión. Queriendo pedirle ayuda, se incorporó hasta quedar sentada, pero entonces sucedieron muchas cosas al mismo tiempo que la hicieron arrepentirse de aquel simple movimiento. Primero, sintió que su cabeza se había vuelto un remolino, pues todo a su alrededor empezó a darle vueltas de forma salvaje, al mismo tiempo que un dolor horroroso y punzante la atacó justo en la zona del vientre bajo, sacando de lo más profundo de su ser un grito de dolor puro. —Señorita, ¡¿Qué sucede?!—preguntó la criada, muerta de miedo—. ¿Por qué grita? ¿Le duele algo, se siente mal? —Laura, yo... Pero una segunda punzada, mucho más fuerte que la anterior, sustituyó sus palabras por un nuevo grito, aún más fuerte y desgarrador que el primero. Desesperada, la criada comenzó a gritar por ayuda, llamando a la madre de Beatrice, a su padre, o a cualquiera que pudiera ayudarla. La primera en llegar a la habitación, en efecto, fue la madre, aunque seguida muy de cerca por su esposo. —¡¿Qué pasa, Laura?!—preguntó la mujer, mientras alternaba la mirada entre su hija y la criada—¡¿Por qué gritas?! —Señora Montés se...se trata de Beatrice, creo que algo le pasa. Creo que está muy enferma. Como si aquella palabra hubiera sido usada como una especie de detonante, el dolor de Beatrice aumentó hasta tal punto que ella empezó a desconocerse a sí misma. Tirada en la cama, sintiendo que la pinchaban de todos los ángulos posibles, se sostuvo el estómago con fuerza mientras se retorcía sin parar de un lado al otro. De aquella forma, a duras penas pudo ver cómo su padre se acercaba. Poco después, sintió sobre su frente la mano helada del hombre. —¡Santo Dios, tiene mucha fiebre!—exclamó el hombre, con la voz empapada de pánico—. Hay que llamar a un médico ahora mismo. —¿Dónde se supone que vamos a encontrar un médico?—replicó la madre de Beatrice—. ¡Estamos en el maldito pueblo más pequeño del mundo! —Mi señora, yo conozco uno—dijo la criada—. En el pueblo hay un doctor muy bueno que... —¡¿Y qué se supone que estás esperando, mujer?!—gritó el coronel, a voz en cuello—. ¡Muevete! ¡Búscalo y tráelo hasta aquí ahora mismo! A partir de aquel momento, las cosas se hicieron aún más extrañas y difíciles para Beatrice. El dolor, que no paraba de subir, distorsionó por completo su percepción del tiempo y de todo cuanto la rodeaba. Para cuando Laura volvió, acompañada de un hombre mayor con gafas, al que ninguno de ellos había visto nunca, el dolor era realmente insoportable. —Buenos días—se presentó el recién llegado—. Yo soy el doctor... —Revise a mi hija—lo interrumpió el coronel, hablando atropelladamente—. Revísela y curela ahora mismo, por favor. —Le prometo que haré hasta lo imposible. Luego de sacar una serie de artículos medicos de su maletín, el doctor comenzó a revisar todos los aspectos de Beatrice. Después de lo que le pareció una auténtica eternidad, se irguió cuán alto era y dijo: —Tal parece que tiene un caso grave de infección estomacal. —¿Infección estomacal?—repitió el coronel, entre molesto y confundido—. ¿Cómo que una infección estomacal? —Bueno, lo más común es que se de tal enfermedad por haber ingerido algún alimento en mal estado o contaminado. —¡Eso es imposible!—replicó rotundamente la madre de Beatrice—. Yo misma me encargo de supervisar la preparación de todo lo que come mi familia, y algo como esto nunca había pasado. —Supongo que, como se suele decir, siempre hay una primera vez para todo en la vida, mi señora—replicó el doctor, encogiéndose de hombros—. El caso es que su hija está muy enferma, y tenemos que actuar rápido. Voy a administrarle un medicamento que esperemos y funcione. —¿Y qué pasa si no lo hace?—preguntó el coronel, cada vez más asustado—. ¿Qué pasa si no funciona? Con toda la seriedad del mundo, el doctor respondió: —Entonces, mi señor, será hora de preocuparse de verdad. Tal vez en algún momento Beatrice terminó desmayándose, porque cuando tuvo consciencia de sí misma nuevamente, el ambiente había cambiado por mucho. A juzgar por la luz que entraba por su ventana, debían haber pasado un buen par de horas. No había rastro del doctor ni de su madre, más sin embargo su padre, sentado en una silla en la esquina más alejada de la habitación, la miraba atentamente. Al notar que estaba despierta, hizo amago de levantarse, pero se lo pensó mejor, y quedándose dónde estaba, le dijo: —Trata de descansar, hija. Descansa y recupérate. Todo estará bien. —Papá... —No hables hija, no hables. Guarda tus fuerzas y vuelve a dormir. Como si las palabras de su padre hubieran sido la nana más efectiva del mundo, Beatrice cayó casi de inmediato en un sueño profundo e irregular, plagado de pesadillas y alucinaciones seguramente causadas por la fiebre y el dolor que sentía que, pese al medicamento que le habían administrado, no había menguado ni un poco. Para cuándo volvió a despertar, ya era noche cerrada. Seguía con dolor y fiebre, más sin embargo logró reponerse a ello lo suficiente para dar un rápido repaso a su habitación. La ventana seguía abierta, y por ella entraba tranquilamente la plateada luz de la luna llena. De nuevo, su madre y el doctor que la había atendido antes no se veían por ningún lado, pero su padre, repatingado y profundamente dormido en la misma silla de antes en una posición de lo más incómoda, parecía no haberse movido en ningún momento de aquel lugar. Tras observarlo un poco, se dió cuenta que le hacía sentir culpable que su padre, quien se suponía había ido hasta allí para descansar y reponerse, se tomara aquellas molestias solo para cuidar de ella. Estaba a punto de despertarlo y mandarlo a su recámara cuando, de pronto, captó un rápido movimiento cerca de la puerta de la recámara. Confiada en que se trataba de su madre o de Laura la criada, volteó a ver tranquilamente, pero enorme fue su sorpresa al descubrir que no se trataba de ninguna de ellas dos, sino de la visita que había estado anhelando todos aquellos días... —¿Amadi?
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