VEINTITRÉS

1462 Palabras
Cuando se dió cuenta de que había hablado mucho más fuerte de lo que debía, cerró la boca y miró inmediatamente a su padre, casi esperando que este se levantara de su asiento y comenzara a armar el escándalo del siglo por ver el visitante nocturno de su hija. Con el corazón en vilo, aguardó un par de segundos, y al ver que tal cosa no sucedía, se permitió respirar con normalidad. Seguía sintiéndose terriblemente mal, con fiebre, malestar y un dolor en el vientre como nunca antes había sentido...pero tenía también justo en frente al hombre que había esperado ver todos aquellos días, y frente a eso no había nada que hacer. —¿Que hace aquí, Amadi?—le preguntó en un susurro molesto porque, claro, no podía admitir de buenas a primeras que había deseado verlo—¡¿Es que se ha vuelto loco o que le pasa?! ¡Puede meternos en problemas a los dos! Luego de hacer lo mismo que ella y mirar al coronel para asegurarse de que estaba dormido, el esclavo entró en la habitación pisando lento, cuidando de no hacer ningún ruido que pudiera delatarlo. —Disculpe si molesto—fue lo primero que dijo, una vez estuvo cerca de Beatrice—. Pero tenía que venir a verla. Necesitaba venir a verla. Aquella simple palabra, ese necesitaba, repercutió de forma bastante poderosa en ella, hasta tal punto que Beatrice estuvo peligrosamente cerca de confesarle que, en efecto, ella también había sentido mucho su ausencia, confesarle que había querido volver a verlo durante todo aquel tiempo. Sin embargo, logró sobreponerse a sus impulsos, y en el tono más calmado que pudo evocar con tan poco tiempo (y en tan mal estado de salud) le replicó: —Aun así, debió buscar otra forma. No puede estar arriesgando su vida de esa forma solo por venir a verme. —Tuve que arriesgar mi vida porque sabía que la suya estaba en peligro. —¿De que habla? Yo no...—comenzó diciendo Beatrice, pero al darse cuenta de que el esclavo se refería a su malestar, a su enfermedad, terminó preguntando—: ¿Cómo supo que estoy enferma? —Lo sentí aquí. Cuando el esclavo se apuntó el pecho con el dedo, fue como si el corazón de Beatrice latiera con más fuerza, como reconociendo lo que acaba de decir el otro. Fue una sensación de lo más extraña, que sin embargo no se le hacía incómoda o mucho menos desagradable. —¿Habla...de la conexión?—inquirió Beatrice, renuente con todo aquello y al mismo tiempo sin saber por qué lo estaba—¿Quiere decir que supo que estoy mala por la flor del corazón? —Sí, creo que fue ella la que me dijo todo lo que estaba pasando—respondió Amadi—. Sentí una opresión...un dolor en el pecho como si el corazón me fuera a estallar en cualquier momento, y supe que usted me necesitaba. Y por eso vine hasta aquí...a traerle esto. Fue entonces cuando el esclavo, con manos temblorosas, presentó ante Beatrice un pequeño frasquito de cristal transparente, lleno hasta los topes de un líquido ambarino que a ella no se le hacía nada conocido. Confiada en que nada que viniera de aquel hombre, por más raro que luciera, podría jamás hacerle ningún tipo de daño, Beatrice lo tomó entre sus manos. Estaba a punto de preguntarle de qué se trata aquello cuando Amadi, un paso por delante de ella, le dijo: —Es una infusión especial de flor del corazón, la misma que le dieron a mi mama cuando estaba conmigo en la panza. Seguro que a usted le sirve también. —Amadi pero yo no...yo no estoy... —Sé que usted no está embarazada, claro que lo sé—la interrumpió él esclavo, apremiante—. Eso no tiene nada que ver, porque la flor es capaz de darse cuenta por sí sola de lo que hay mal en su cuerpo, y también lo puede curar muy rápido si confía y se la toma con fé. Aunque para aquel momento Beatrice había comprobado más de una vez la magia de aquella planta tan especial, su confianza no estaba del todo centrada en ella. Sí, seguía confiando en que la flor pudiera ayudarla, más sin embargo casi toda su fé estaba puesta en Amadi, y en la predisposición de éste a salvarla y ayudarla siempre que ella lo necesitara. Confiada, le ofreció una sonrisa de agradecimiento antes de destapar la botella que le había dado y vaciar el contenido de un solo y cortante trago. Pese a que en ningún momento se había preguntado cómo podría saber aquella infusión, le sorprendió bastante descubrir que no tenía mal sabor. De hecho, era bastante más deliciosa de lo que hubiera esperado, con un regusto dulce y una textura espesa que casi de inmediato comenzaron a curar los malestares que aquejaban su cuerpo. —Vaya que hace efecto rápido—comentó al poco rato, cuando sintió que la fiebre comenzaba a menguar poco a poco. —La flor del corazón actúa rápido—respondió Amadi—. Cura cualquier cosa y lo hace muy rápido. —En efecto, cada vez me convenzo más de eso. Luego de aquello, se cernió entre los dos un extenso silencio que, tal y como pasaba siempre, resultó de lo más cómodo y natural, como si lo hubieran hecho siempre, como si se conocieran de toda la vida y estuvieran acostumbrados a mirarse fijamente sin decir ni una sola palabra. No obstante, dentro de Beatrice pesaba una inmensa curiosidad, impulsada por las ganas de saber qué había sido de Amadi aquellos últimos días, y por qué había esperado hasta que ella estuviera prácticamente al borde de la muerte para decidirse a visitarla de nuevo. —Amadi, ¿puedo hacerle una pregunta?—inquirió Beatrice, cuando no pudo resistirse más. —Sí, claro que sí—respondió él—. Usted puede preguntarme lo que quiera cuando quiera. —¿Por qué tardó tanto en venir a verme? Cuando dijo que me buscaría...no pensé que tardaría tanto. Hasta comencé a pensar que simplemente ya no lo vería más. Él se quedó mirándola de una forma un tanto extraña, casi como si no entendiera del todo el motivo de su pregunta. Luego contestó: —Si le soy sincero, mis ganas de buscarla eran tan grandes que casi lo hago al día siguiente de esa última noche que nos vimos. —¿Y por qué no lo hizo?—preguntó Beatrice, sintiendo cómo su corazón palpitaba vorazmente en respuesta a aquella declaración—¿Por qué tardó tanto en buscarme de nuevo? —Porque tenía mucho trabajo. Un par de negros enfermaron, y me tocó a mí cubrir sus puestos para que el encargado de la hacienda no se diera cuenta y nos castigara a todos por no cumplir con nuestras tareas. Inmediatamente después de aquello, Beatrice se sintió como la estúpida más grande del mundo. Por supuesto que estaba ocupado, y claro que no podía estar únicamente pendiente de ella, porque aunque Beatrice estuviera tan concentrada en su propio mundo como para no darse cuenta de nada más, eso no cambiaba para nada la abismal diferencia entre su realidad y la de Amadi, pues mientras ella estaba en su casa, aprendiendo bordado, tejido y otro montón de cosas inútiles y sin sentido, él estaba bajo el inclemente sol, llevando a cabo tareas denigrantes y difíciles que para él representaban, de la forma más cruda y literal posible, algo de vida y muerte. —Amadi, yo... Dispuesta a disculparse, Beatrice se interrumpió a mitad de la frase cuando, de pronto y sin previo aviso, Amadi extendió una mano hacia ella y le tocó el rostro de la forma más delicada posible, como quien acuna entre sus dedos una frágil mariposa. —¿Recuerda lo que le dije antes sobre la conexión entre nosotros?—preguntó Amadi, dejando que su dedo acariciara de la forma más delicada la piel de Beatrice—. ¿Se acuerda que le dije que podríamos incluso llegar a sentir cuando el otro estuviera mal o corriera peligro? —Sí...sí lo recuerdo—respondió Beatrice con voz temblorosa—. Lo recuerdo perfectamente porque hoy lo confirmé. —Pues hoy también he podido sentir que está en peligro. —Pero ya me he tomado a la infusión, y me siento mucho mejor con cada segundo que pasa... —No, no, no hablo de eso—replicó Amadi, negando con la cabeza—. Está en peligro porque alguien intenta hacerle daño. —¿De qué habla? Eso es imposible, ¿quien querría hacerme daño? —Alguien tan malvado como para envenenarla.
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