Escuchar aquellas palabras le produjo a Beatrice tal escalofrío, que durante un momento pensó que las propiedades de la infusión se habían rendido en su misión de curarla y salvarle la vida. No obstante lo rocambolesca que podía parecer la idea de que alguien, por la razón que fuera, quisiera envenenarla solo porque sí, ni por un segundo se le pasó por la cabeza la idea de que Amadi pudiera estar mintiéndole a la cara, pues en sus ojos se arremolinaba densa la sinceridad. Así mismo, tampoco pudo llegar a creer que el esclavo estuviera equivocado, pues más de una vez, en aquel tiempo tan corto y valioso, había confirmado que él poseía una perspicacia mucho más grande que la mayoría de las personas, blancas o de color. Amadi era un hombre sincero y sabio, uno que solo decía lo que pensaba cuando estaba completamente seguro de ello...y fue por eso mismo que Beatrice sintió un miedo terrible.
—¿Envenenarme?—repitió Beatrice, únicamente para probar como se sentía aquella palabra en su boca. Tal y como había imaginado...horrible—. ¿Quien podría querer hacerme eso?
—No lo sé—respondió Amadi.
—¿Por qué alguien iba a querer hacerme eso?
—No lo sé—repitió el esclavo, y acto seguido retiró su tacto del rostro de Beatrice para comenzar a retorcerse los dedos con furia, al parecer presa del mismo pánico ansioso que había atacado a Beatrice—. No lo sé y...eso es lo que me asusta. Me asusta no saber quién podría querer hacerle daño, o por qué. Me asusta no poder llegar a tiempo, dejar pasar un llamado y...que sea demasiado tarde.
—¿Y no cree que la flor podría darle más información?—preguntó Beatrice, sobreponiendo su voz a los salvajes latidos de su asustado corazón—. ¿Decirle...tal vez, quién es esa persona y por qué me ha hecho tal cosa?
Incluso mientras formulaba la pregunta en voz alta, Beatrice fue capaz de intuir con pasmosa exactitud la respuesta que, en efecto, terminó recibiendo:
—Hasta la flor del corazón tiene sus límites—dijo Amadi—. Si la flor pudiera hacer ese tipo de cosas, la realidad de quienes la usamos sería muy diferente a como en verdad es.
De nuevo, Beatrice sintió la amarga desilusión que le provocaba el darse cuenta, de forma consciente, que Amadi no gozaba de los privilegios que a ella le hubiera gustado compartir con él. Incluso comenzó a pensar alguna forma de ayudarlo a que su calidad de vida fuera al menos un poco más alta de lo que era, pero la sombra oscura y tormentosa de su envenenamiento se cernió sobre ella de tal forma que terminó cubriéndolo todo. Distraída, comentó:
—El doctor dijo que mi malestar se podía deber a algo que comí, a algo en mal estado que se coló en mi plato.
—¿Quién se encarga de preparar la comida en la casa?—inquirió Amadi de inmediato.
—Las criadas, porque mi madre...porque mi madre las manda.
Había estado a punto de decir que su madre prefería morir a dejar que alguna esclava metiera las manos en su comida, pero se contuvo justo a tiempo. Sí, era una verdad alarmantemente obvia el desprecio irracional que su madre sentía por los esclavos y las personas de color, y estaba segura de que Amadi lo tenía muy en claro también, pero a pesar de ello no le pareció prudente anexar aquel comentario en una conversación que ya de por sí se sentía tensa y pesada por sí sola.
—¿Y no cree que alguna de ellas haya podido hacerlo?—preguntó el esclavo, al parecer sin darse cuenta de lo que Beatrice había hecho—. ¿No cree que tal vez usted no sea del agrado de la servidumbre de la casa?
—Pues, ahora que lo pienso, podría ser que no, pero...¿Tanto me odian como para querer matarme?
—Lo sé, a mí también se me hace ilógico que alguien pueda no sentirse cautivado por sus encantos.
Incluso en medio de un ambiente tan delicado como aquel, con la presencia del coronel que en cualquier momento podía despertar, las palabras de Amadi surtieron el mismo efecto de siempre. Espesas y dulces como la miel, llenaron a Beatrice de una sensación placentera y embriagadora, que si bien es cierto no logró disipar del todo el miedo que sentía en aquel momento, sí que la llenó de esperanza y le sembró la certeza de que, pasara lo que pasara, mientras tuviera a Amadi a su lado podría solucionar casi cualquier cosa.
—Lo importante es que ya sabemos lo que está pasando, y así es más difícil que nos tomen desprevenidos.
Cuando Amadi volvió a hablar nuevamente, Beatrice hizo un esfuerzo por salir de su cabeza y centrarse en el presente, en lo que él decía. Aunque tampoco fue como si le costase demasiado, pues cada vez que Amadi hablaba, ella escuchaba atentamente, queriendo encantarse una vez más con su forma de hablar.
—De ahora en adelante necesito que esté muy atenta de todo lo que pasa a su alrededor, hasta del detalle más mínimo aunque le parezca insignificante—le dijo él, al notar que Beatrice lo miraba fijamente, regalándole su absoluta atención.
—Claro, entiendo.
—¿Cree que pueda hallar la forma de estar en la cocina con las criadas?
—¿Para qué iba yo a hacer tal cosa?
—Porque así podría estar atenta de cualquier cosa que pase. Vigilar más de cerca a las criadas y evitar que cualquiera de ellas pueda intentar envenenarla nuevamente, si es que fue alguna de ellas la que lo intentó ésta vez.
Luego de regañarse mentalmente por no haberse percatado de ello antes de hacer una pregunta tan obvia, tan tonta como la que había hecho, Beatrice contestó:
—Sí, creo que sí puedo hacerlo. Seguro que si le digo a mi madre que quiero aprender algo más sobre la cocina como parte de mi educación, ella me creerá y dejará que entre.
—Perfecto—Amadi sonrió, al parecer orgulloso de Beatrice, y luego, un poco más serio, más ceremonial y como comprometido, añadió—: Yo, por supuesto, también la estaré cuidando. Permaneceré atento a cualquier movimiento o comentario extraño que pueda llegar hasta mí, y cada vez que se me haga posible vendré a visitarla para ver cómo está.
Más que encantada con la idea de que aquella no fuera la última de esas visitas, Beatrice sonrió con ganas, aunque algo de aquel gesto tan brillante se perdió en el vacío cuando se percató de que ya iba siendo hora de que Amadi, por precaución, abandonase su recámara y la casona. Repentinamente envalentonada, tomó las manos del hombre frente a ella, y luego de empaparse una vez más con la luz que despedían aquellos ojos tan hermosos y místicos, les dijo:
—Palabras me faltan para agradecerle todo lo que ha hecho por mí, la forma tan cercana en la que me ha protegido.
—Al contrario—replicó el esclavo, dándole un suave pero notable apretón de manos—. Soy yo quien debe darle las gracias de todo corazón.
—¿Y por qué iba a tener usted algo que agradecerme a mí?
—Porque me ha permitido estar en su presencia, estar mucho más cerca de usted de lo que jamás podría haber soñado estar. Ya eso para mí es el mayor regalo de todos.
Luego de aquello, el tiempo pasó a un segundo plano totalmente irrelevante. Los segundos se fundieron con los latidos de aquellos dos corazones acelerados. Justo cuando Beatrice se estaba permitiendo a sí misma fantasear con la idea de ir más allá, de acortar la distancia entre ella y Amadi, la puerta de la habitación se abrió de pronto, cortando de un solo tajo la magia del momento y sembrando en ambos un pánico indescriptible.
—¡¿Qué hace él aquí?!