VEINTICINCO

1362 Palabras
Como si un rayo hubiera caído justo en medio de ellos dos, Beatrice y Amadi se separaron de golpe. Ella, por su parte, comenzó a pensar mil y un formas de manejar la situación, de hacer que las cosas no resultasen tan malas como seguramente irían...pero siempre terminaba con la misma escena: Su padre despertando, su madre gritando todo tipo de cosas, y Amadi, el pobre Amadi, siendo castigado de la peor forma, o incluso ejecutado frente a sus ojos. El detalle estaba en qué, cuando pudo mirar más allá de su miedo, se dió cuenta de que su padre seguía profundamente dormido, de que Amadi estaba tan bien como siempre había estado, y de que la persona que había irrumpido en la habitación no era su madre, sino Laura, la criada. —¡Laura, me has asustado!—le dijo Beatrice, llevándose una mano al pecho para palpar sus latidos—¿Cómo se te ocurre entrar aquí de esa forma? —Disculpe, señorita, pero es que venía a ver cómo seguía usted de salud—respondió la criada, al parecer un poco sentida con el regaño que estaba recibiendo—. Y disculpe también si me tomo demasiadas libertades al decirle lo que le voy a decir, señorita Beatrice, pero él no debería estar aquí. —¿Y es que acaso se te olvida que fuiste tú quien lo trajo hasta aquí la primera vez? —Claro que lo recuerdo, pero ese caso era por completo diferente. Parecía ser algo de importancia, un asunto de vida o muerte y no...no una visita inoportuna en el momento y lugar menos adecuado. —Pues resulta que esto no es nada de lo que dices—replicó Beatrice—. Amadi no estaba aquí haciéndome una visita casual. —Pues eso es justamente lo que parece. —A veces las cosas no son lo que parecen—dijo Beatrice—. Amadi vino aquí, básicamente, a salvarme la vida. Me trajo un remedio natural que me salvó de morir en... —De morir en este momento, a tan temprana edad—la interrumpió él esclavo, lanzándole una mirada profunda cargada de significado—. Simplemente presentí que algo estaba mal, así que vine a visitarla y le traje algo con lo que podía sentirse mejor. En un principio, Beatrice estaba demasiado confundida. ¿Por qué Amadi la había interrumpido, además de mirarla de esa forma tan extraña? ¿Y por qué había evitado que le dijera a Laura que la habían...? Y fue justo ahí donde, sin buscarlo, entendió todo. Y es que justamente antes de que Laura los interrumpiera, habían estado hablando sobre la posibilidad de que la servidumbre quisiera dañar o hasta matar a Beatrice, por lo que ella no podía ser tan tonta como para contarle sus teorías a alguien que perfectamente podía estar involucrada en todo aquel embrollo. A ella sinceramente se le hacía muy difícil creer que Laura pudiera ser capaz de cometer tal locura, pero como no podía estar segura del todo...era preferible tomar precauciones. —¿Y es que no pensó en su padre, señorita Beatrice?—preguntó la criada, al parecer muy entregada a su tarea de reñir a su patrona—. ¿Qué pasaría si despierta ahora mismo y la ve a usted en una situación tan comprometedora con nada menos que un esclavo? Aunque técnicamente aquel era el término correcto para referirse a Amadi, Beatrice sintió que le recorría el cuerpo entero una rabia tremenda y efervescente, porque aunque Amadi fuera quien fuese, no estaba dispuesta a permitir que alguien más, quien fuera, lo denigrara aún más de lo que su estatus ya lo había hecho. —Pues la verdad es que no me importa si papá se despierta—dijo Beatrice, en tono ácido—. Tal vez así se entera de que no estoy dispuesta a dejar de ver a Amadi por nada del mundo. Con cara de que le hubieran lanzado de frente el peor de los insultos, la más grandes de las blasfemias, Laura se llevó una mano al pecho antes de sisear: —¿Quiere decir que esta no es la primera vez que se ven de esta forma? —Bueno, creo que es hora de que yo me vaya—dijo el esclavo, haciendo amago de marcharse—. Creo que no es conveniente que yo siga aquí... —¡Detente ahora mismo! Cuando escuchó la orden de la criada, Amadi se paró en seco, y con la mirada cargada de rabia, enfrentó sus ojos contra los de Laura para ver qué pasaba. —Tiene mucha razón cuando dice que no es para nada conveniente que esté aquí, en estas situaciones y con nada menos que la señorita de la casa—le dijo Laura, señalándolo con un dedo admonitorio de lo más firme y amedrentador—. Es por eso mismo que le aconsejo analizar con extremo cuidado sus propias palabras, y así se dará cuenta de una buena vez por todas que usted y la señorita no pueden siquiera tener una amistad. —¡Laura, detente ahora mismo! Aterrada ante la idea de que le pudieran quitar frente a sus ojos la presencia de Amadi, la mejor compañía que había conseguido en muchísimo tiempo, Beatrice se irguió cuan alta era y miró con altanería a Laura, dejándole muy en claro, una vez más, quien era la que realmente mandaba. —No eres nadie para decirme a mi ni a Amadi si podemos o no podemos ser amigos—le soltó, envenenando de rabia cada una de sus palabras. —Pero, señorita, yo solo... —¡Silencio, he dicho silencio!—totalmente desacostumbrada a aquella forma de mandar tan directa y violenta, Beatrice tragó el regusto amargo que aquellas palabras le dejaban en la boca, y luego siguió con lo suyo—. Laura, aprecio que se preocupe por mí, pero creo que es oportuno recordarle también que yo soy su patrona, y que por lo tanto hay libertades que no se puede tomar conmigo. Una de ellas, claro está, es rechazar a mis visitas sin mi consentimiento. Como para poner de parte de Laura aunque fuera una sola de tantas cosas, en aquel preciso momento el coronel dió tal respingo que llegó a parecer que se había despertado por fin. Nuevamente aterrada, Beatrice se le quedó mirando con atención, y solo cuando descubrió que en realidad el hombre seguía profundamente dormido, y que por lo tanto no representaba ningún tipo de amenaza, se tranquilizó. Cuando todo estuvo tan calmado como hacía tan solo un par de segundos lo había estado, Beatrice miró a Laura y le siguió diciendo: —Espero que algo como esto no se vuelva a repetir. —Entendido, señorita, le prometo que no volverá a pasar—dijo la criada. —Muy bien. Ahora retírate, por favor, que yo misma me encargaré de despedir a mi visitante. Solo cuando Laura abandonó la habitación, fue que Beatrice se permitió relajarse un poco, al mismo tiempo que trataba de desembarazarse de la sanción tan agria, tan extraña, que le había dejado sembrada el actuar de aquella forma tan detestable. Estaba demás decir que ella nunca lo haría de verdad, más en aquella ocasión había sido necesario, pues aunque sus intenciones eran buenas, Laura se había pasado bastante de la raya con eso de querer despachar por ella misma la visita de su señora, fuera ésta adecuada o no. —Creo que de verdad sí tendría que irse ahora—le dijo a Amadi—. Mi padre podría despertar en cualquier momento, y ya hemos desafiado mucho nuestra propia suerte, pero de igual forma una vez más le agradezco lo que ha hecho por mí. Visiblemente apenado por la despedida, Amadi le dedicó una fugaz sonrisa antes de dar media vuelta y desaparecer justo a tiempo, porque apenas medio segundo después el padre de Beatrice despertó de su letargo, y solo volvió a caer rendido cuando vio que su hija (quien por supuesto fingía estar dormida) se encontraba muchísimo mejor que antes, como si se hubiera curado sin más, por arte de magia.
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