VEINTISÉIS

1619 Palabras
La noticia del terrible mal que había aquejado a la hija del coronel se extendió como pólvora. Más sin embargo, lo popular de todo el asunto no fue la enfermedad en sí, sino la pronta y casi milagrosa recuperación de la joven, que en boca de criados indiscretos se convirtió en el chismorreo más morboso y por tanto el más rentable en toda la región. Durante los primeros días, la cosa fue más bien calmada. Llegaban a la casa regalos deseándole a Beatrice lo mejor, así como cartas escritas con premura que pretendían ser de aliento, pero que en realidad solo quería obtener la parte más jugosa de todo, enterarse de la verdad antes que nadie, seguramente para presumir que sabían lo que todos deseaban conocer. El mercado del pueblo, rápidamente fue convirtiéndose en un auténtico campo de batalla. Las criadas de la milagrosa, encargadas de hacer las compras y recados, comenzaron a ser abordadas por cientos de personas ansiosas de conocer la verdadera historia, pues según ellos, al trabajar aquellas mujeres en la hacienda donde había ocurrido el supuesto milagro, debían saber absolutamente todos los detalles. Ellas, claro, no tenían nada para contar, más sin embargo llegaban a la casona con todo tipo de cuentos. Según ellas, habían personas que creían que Beatrice había sido bendecida por el mismísimo cielo, mientras que otros aseguraban que la madre había salvado la vida de su hija haciendo un trato indebido con el innombrable, con el infame...con el diablo. El doctor que había atendido a Beatrice, pese a estar tan muerto de curiosidad como todos los demás, resistió con gallardía toda la avalancha de preguntas y suposiciones. Como profesional de la medicina su palabra tenía un carácter casi religioso, por lo que bien podría haber inventado cualquier historia para zafarse rápidamente de tan lamentable situación. Cualquier cosa que hubiera salido de su boca habría sido tomada como la más pura a irrefutable verdad, pero su intensa modalidad humana y su sentido de la ética profesional, le impidieron inventar cualquier cosa de su paciente. No había terminado alguien de hacerle la pregunta cuando él ya estaba negando con rotundidad la alocada teoría, y de esa forma siguió por mucho tiempo, hasta que sucedió algo que colmó el vaso de todos, haciendo que la febril fascinación por Beatrice y su milagrosa curación se calmase hasta casi desaparecer por completo. Consciente de toda la atención que de un momento a otro se había posicionado sobre ella, Beatrice decidió recluirse en la privacidad de la casona hasta que las cosas se hubieran calmado lo suficiente. Por aquellos días, seguramente picados también por la noticia, los Winter se habían comunicado numerosas veces con ella por medio del correo escrito, e incluso por uno que otro mensaje de voz pasado a través de uno de sus sirvientes. Danielle, lo más cercano a una amiga que tenía, le contaba lo preocupada que estaba, al mismo tiempo que la invitaba a dar un paseo en cuanto estuviera mejor de salud. Jhon le ofrecía cualquier ayuda que pudiera llegar a necesitar, mientras que el señor y la señora Winter la invitaban a ella y a su familia una vez más a su hacienda, a tomar el té y despejarse un poco de tan mala y chocante publicidad. Todas eran invitaciones de lo más tentadoras, pero Beatrice se había obligado a declinarlas rotundamente, pues sabía que, estando las cosas como estaban, si se arriesgaba a que alguien la viera fuera de su casa, en la calle, solo conseguiría que se acrecentaran aún más los rumores de su milagrosa y casi mágica recuperación. Y sí, el que ella hubiera vencido su supuesta enfermedad tenía mucho de magia y mucho de milagro, pero nadie tenía por qué confirmarlo. Cuando su padre entró en su habitación aquella tarde, Beatrice dejó de lado la pieza que intentaba bordar y lo miró. El coronel tenía exactamente la misma mirada que había mostrado aquel día, cuando se había acercado a ella para sacarla de su habitación y mandarla a un paseo con Danielle Winter. Presintiendo que sus intenciones eran básicamente las mismas en aquel momento, Beatrice se preparó para replicar y negarse a cualquier cosa que le propusiera. —No me mires así, hija—le dijo su padre, al notar en sus ojos que ella sabía perfectamente a lo que había ido hasta ahí—. Tienes que admitir que no es para nada saludable quedarte encerrada tantos días seguidos en tu habitación. —En efecto padre, concuerdo contigo en que hacer tal cosa no es para nada saludable—dijo Beatrice—. Por eso mismo es que me he empeñado en variar un poco mis estancias. No solo he estado en mi habitación, sino también en la sala, en el balcón, e incluso un par de veces en la cocina. Con cara de derrota, su padre dijo: —Beatrice, querida, sabes perfectamente a lo que me refiero. Con una irrompible expresión de determinación, ella contestó: —Sí, lo sé, y es justamente por eso que me niego en rotundo. —Pues me parece una actitud de lo más ridícula, además de impropia de alguien como tú—replicó el coronel, dando, como siempre hacía cuando se molestaba de verdad, un fuerte golpe en el suelo con su bastón—. ¿Por qué demonios ibas a querer esconderte si no hiciste nada malo? No es tu culpa que la divina providencia haya decidido salvarte de perecer. Deberías estar orgullosa y agradecida por ello, además de feliz. —Y lo estoy, padre, claro que lo estoy. —¿Entonces por qué te empeñas en encerrarte aquí donde nadie te vea? —Tú mismo lo has dicho, padre, porque no quiero que nadie me vea. Si los rumores se han acrecentado tanto sin mi presencia, no quiero ni imaginar la que se podría armar si llego yo a aparecerme en algún lugar donde alguien pueda reconocerme. Prefiero esperar a que todo pase y se calmen un poco las cosas. Después de eso, se levantó entre los dos un silencio más bien breve. Segura de lo que acababa de decir, y de que su postura era la correcta, Beatrice permaneció firme durante un buen rato, eso hasta que, sin querer, miró a su padre y se dió cuenta de la cara de pena que éste había puesto. Por supuesto, saltaba a ojos vista que aquella era una manipulación, pero se sintió tan culpable y apenada por él, que no pudo evitar ceder. —De acuerdo, de acuerdo—dijo, refunfuñando—. Voy a ir contigo padre, si eso es lo que quieres. —Me alegra escucharlo—afirmó él, mostrando una sonrisa que, en efecto, confirmaba sus palabras. —Eso sí, al mínimo indicio de cualquier problema, quiero que sepas que regresaré de inmediato. —No te preocupes por eso, hija. Te prometo que no habrá ningún problema. Pero más temprano que tarde quedó comprobado que aquella era una promesa imposible de cumplir, incluso para alguien con tanto poder de mando como el coronel Montés. Cuando ambos llegaron al pueblo y se bajaron del carruaje, Beatrice comenzó a cultivar dentro de sí la esperanza de que, tal vez, todo iba a ir bien. Las personas estaban tan concentradas en sus propios asuntos, que nadie parecía verla, o al menos fue así hasta que alguien la reconoció, dió el aviso a los demás, y pronto Beatrice se convirtió en el centro de atención de un nutrido corro de curiosos, que le lanzaban a la cara sus preguntas sin vergüenza alguna. —¿Es verdad que usted regresó de la muerte? —¿Como es el más allá? ¿Qué vio? —¿Cómo se mejoró tan rápido? —¿Es cierto eso que dicen que su madre hizo un pacto con el diablo para traerla de vuelta? Harta de tanta atención indeseada, Beatrice estaba a punto de parar todo aquel desastre cuando el inconfundible retumbar del bastón de su padre contra el suelo le quitó la oportunidad. —¡Basta ya, carajo!—exclamó el hombre, sobre saltando a todos los presentes, e incluso logrando que varios de los curiosos se hicieran a un lado—. ¿Es que a ninguno de ustedes se le enseñó educación básica? ¡Dejen a mi hija tranquila! Luego de eso a nadie más le quedó ganas de seguir preguntando, pero el daño ya estaba hecho. Apenado, el coronel le dedicó a Beatrice una rápida mirada cargada de culpa y arrepentimiento, para luego conducirla de vuelta al carruaje. En el viaje de vuelta ninguno de los dos dijo ni una sola palabra, pero poco antes de llegar, el coronel rompió el silencio con la disculpa en voz alta que había tenido atorada en la garganta todo aquel trayecto. —Hija, discúlpame, de verdad pensé que no sería para tanto. De haber sabido que pasaría eso, nunca te hubiera hecho salir de tu recámara. —No te preocupes, padre—dijo Beatrice, tratando de no sonar demasiado molesta—. No es tu culpa. Sé que lo hiciste con buena intención, y eso es lo que cuenta, al final. Como conocía lo suficiente a su padre para saber que este bien podría pasar horas enteras ofreciendo una disculpa tras otra, decidió tomar la delantera para evitar que eso pasara. Tras ofrecerle una sonrisa, esperó que el carruaje se detuviera, y en cuanto lo hizo, se bajó de inmediato. Su pensar era correr al refugio de su habitación y ahí hacer lo posible para olvidar el mal rato que acababa de pasar, pero todo eso quedó olvidado cuando se encontró, en la puerta de la casona, con una visita por completo inesperada.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR