VEINTISIETE

1332 Palabras
—Jhon, ¿qué hace aquí? Cargando entre sus manos un ramo mucho más grande que el anterior, Jhon Winter le dedicó a Beatrice una sonrisa un tanto blandengue, como tímida, que sin embargo se vió cargada de confianza al ver que el coronel Montés se bajaba del carruaje. Era evidente que su miedo de encontrarse primero con la señora Montés había quedado descartado de momento. —Beatrice, un gusto saludarla—le dijo el joven, dedicándole un asentimiento con la cabeza—Y es un gusto más grande ver que, en efecto y como decían los rumores, está muchísimo mejor. Estaba Beatrice a punto de responder cuando su padre, detrás de ella, exclamó: —¡Jhon, hijo, pero qué sorpresa! ¿Qué te trae por aquí? —Venía a traerle este pequeño presente a Beatrice, señor Montés—contestó el muchacho, levantando el ramo para que el coronel lo viera—. Pero ahora que lo veo, debo admitir que también quería hablar con usted. Durante un terrible momento, Beatrice se sintió rudamente atacada por el vértigo al pensar que Jhon Winter, sin cortejos previos ni avisos de ningún tipo, quería pedir su mano en matrimonio. Luego, cuando recordó una vez más que técnicamente aquello era imposible antes de ser presentada al mercado matrimonial, se tranquilizó lo suficiente como para poder escuchar por sí misma aquello de lo que quería hablar Jhon Winter con su padre. —¿Conmigo?—repitió el coronel, igual o más confundido que su hija—. ¿Y qué ibas a querer tu hablar conmigo, muchacho? —Más que hablar, quería pedirle dos cosas, señor Montés—respondió Jhon, mientras rebuscaba ansiosamente en los bolsillos interiores de su elegante saco—. La primera, es que usted y su familia nos hicieran el honor de acompañarnos el próximo fin de semana. Durante un breve instante Beatrice no supo de qué estaba hablando el muchacho, hasta que vió la tarjeta que éste le tendría a su padre, y recordó de golpe el baile del que Jhon le había hablado hacía un tiempo ya. El coronel la leyó atentamente, y cuando terminó de hacerlo, miró a Jhon y le preguntó: —¿Un baile? ¿Nos estás invitando a mi familia y a mí a un baile? —En efecto, señor—respondió Jhon—. Se trata de la celebración por el cumpleaños de mi madre, y queremos que ustedes nos acompañen. —¿Aún después de todo lo que pasó la última vez?—inquirió el padre de Beatrice, todavía un poco escéptico. —Sí, señor, a pesar de ello. En mi familia tenemos la filosofía de olvidarnos de lo malo en la medida de lo posible y quedarnos con lo bueno. Ustedes son nuestros vecinos, y además usted es socio de mi padre. Es razón suficiente para invitarlos. Con una enigmática sonrisa, el coronel Montés se guardó la invitación en el bolsillo trasero del pantalón, para acto seguido mirar a Jhon y decir: —Tienes toda la razón, hijo. Cuenta con la asistencia de mi familia y de mí, y dale las gracias a tus padres de mi parte por tan generosa invitación. Creyendo que hasta ahí llegaba todo, el coronel se dispuso a seguir con su camino hacia el interior de la casona. Más sin embargo, cuando se dió cuenta de que Jhon Winter seguía parado como una estatua en el mismo lugar, le preguntó: —¿Hay algo más que quieras decirme, muchacho? —Sí, de hecho sí hay algo más, señor Montés—contestó Jhon, nervioso. —Muy bien, entonces dilo muchacho. Después de respirar profundo para armarse de valor, Jhon infló el pecho y soltó todo lo que llevaba dentro de golpe: —Señor Montés, quería pedirle su autorización para que Beatrice asistiera al baile como mi pareja, como mi invitada personal oficial. Lo había dicho todo tan rápido y de forma tan atropellada, que durante un momento Beatrice temió que su padre no lo hubiera entendido. Sin embargo, desechó esa idea cuando miró al coronel y descubrió en la expresión de éste múltiples signos de reconocimiento. —Como sabrás, muchacho, mi hija no ha sido formalmente presentada al mercado matrimonial—fue lo primero que dijo el coronel. Jhon, visiblemente aturullado todavía, asintió con la cabeza y luego dijo: —Sí señor, lo sé. —En ese caso, sabrás que es sumamente inusual, por no decir un tanto inadecuado para algunos, que una señorita que no haya sido presentada todavía, asista a un baile de la mano de un caballero que no sea su padre o algún hermano. —Sí, señor, lo he tenido en cuenta. Después de eso el coronel pasó tanto tiempo en silencio, que Beatrice empezó a creer que en realidad ya había dado su respuesta, y que por lo tanto quedaba más que descartada la invitación de Jhon. No obstante, una vez más comprobó que se equivocaba cuando su padre sonrió abiertamente y dijo: —Pero como sé que eres un buen muchacho, que además proviene de una de las familias más respetables de la región, tienes mi bendición para llevar a Beatrice de tu mano. De golpe, Beatrice soltó todo el aire que había estado reteniendo sin saberlo, y con ojos brillantes y llenos de emoción, contempló cómo su padre y Jhon Winter se daban la mano para sellar así el trato que acababan de hacer. Era extraño que le emocionara tanto ir a un baile de la mano de un caballero, pero extraño no solo porque sí, sino porque cuando pensaba en el momento en que entrara al mercado matrimonial y cualquier hombre decente pudiera pedir su mano en santo matrimonio, sentía justo en la boca del estómago un retortijón terriblemente fuerte producto del pánico. —Muy bien—dijo entonces el coronel, soltando la mano de Jhon—. Ahora, si me disculpan, tengo que ir adentro. Los dejo para que hablen y puedan despedirse. Pero por supuesto que no dejó a Beatrice sola con un caballero y sin la presencia de una chaperona, pues aunque acababa de hacer una mínima excepción de las viejas costumbres, su padre era, además de un militar riguroso y testarudo, un caballero con los modales muy bien arraigados, por lo que entró en la casona y desde ahí se quedó mirándolos atentamente, concediéndoles así sólo lo justo de intimidad. —Muchas gracias por eso—le dijo Beatrice a Jhon—. Ha sido muy amable, además de muy valiente, en hablar con mi padre de esa forma para pedir su bendición. Luego de entregarle el ramo y deleitarse con la visión de Beatrice hundiendo la nariz en las rosas, Jhon contestó: —No tenía otra opción, porque no estaba dispuesto a aceptar un no por respuesta. —¿Tan importante es para usted el que yo lo acompañe en ese baile?—preguntó Beatrice, de pronto encantada con la posibilidad. —En efecto, mi querida Dama—respondió Jhon con una sonrisa abierta, brillante y cautivadora—. Sería para mí un honor, además de un inmenso placer, llegar al baile con la Dama más hermosa de todas de mi brazo. Cuando Jhon le tomó la mano con extrema delicadeza, Beatrice sintió que algo muy dentro de ella se estremecía con fuerza, casi con la misma intensidad con que su cuerpo reaccionaba al recuerdo o la presencia de Amadi, el esclavo. Sin apartar sus ojos de ella, Jhon Winter le depositó en la mano un delicado beso que le quemó la piel como un metal al rojo vivo, para luego despedirse con una breve reverencia y marcharse a cuestas del caballo en el que Beatrice no había reparado antes. Todavía encantada con toda la situación, Beatrice lo vio partir, y una vez hubo desaparecido por completo, se dió la vuelta para encontrarse no solo con la sonrisa de su padre, sino con la mirada dolida de Amadi, quien la contemplaba oculto desde un rincón alejado.
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