Esa misma noche, irremediablemente despierta como estaba, Beatrice recibió la visita de tres pétalos morados, que conducidos por una brisa tan delicada que casi parecía imaginaria, fueron a dar a su habitación, entrando por la ventana que ella, quizá de forma inconsciente, había dejado abierta para aquel mismo fin. Imperturbables, los pétalos se quedaron flotando frente a ella, mientras Beatrice, sentada en su cama con la espalda apoyada contra la pared, los contemplaba sin tener la más mínima idea de qué hacer a continuación. Por supuesto, sabía que aquello era una clara invitación de Amadi para que fuera a visitarlo, más sin embargo experimentó, por primera vez desde que lo conociera, la duda con respecto a él.
Era extraño, porque al mismo tiempo que se sentía indecisa y llena de dudas, tenía dentro de sí una determinación fuerte como roca. Por un lado, sabía perfectamente que se moría de ganas por reunirse con Amadi, por verlo, por hablar con él y estar tan cerca como pudiera de aquellos ojos tan hipnóticos y encantadores para ella; llegado aquel momento, las reuniones para Beatrice eran casi una necesidad física. Sin embargo, tampoco podía negar que dudaba de qué pudiera pasar si iba con él en aquel momento. Antes, cuando se había despedido de Jhon Winter, le había parecido que los ojos de Amadi reflejaban duda, además de dolor y un denso sentimiento de traición, como si ella, al permitir que un hombre como aquel le dedicase palabras bonitas y tan halagüeñas, hubiera traicionado algún tipo de acuerdo o compromiso tácito. Dudaba si atender o no al llamado del esclavo, porque temía encontrarse de frente con una verdad con la que no le fuera demasiado fácil lidiar. Temía que Amadi le reclamase, que ella respondiese, y que al final terminaran dándose cuenta ambos que aquella conexión que había entre los dos había evolucionado hasta convertirse en algo mucho más poderoso y por lo tanto impredecible y peligroso.
Al final, después de mucho dudar y preguntarse a sí misma qué debía hacer, terminó decidiéndose por la opción más obvia, esa que sabía desde un principio que sería la elegida: ir con Amadi y que pasara lo que tuviera que pasar. Como aquella era una noche especialmente fría, se aseguró de abrigarse lo suficiente antes de salir de su habitación y escapar, silenciosa como una sombra, de la casona e internarse en lo profundo de la hacienda. Delante de ella, los pétalos de la flor del corazón la guiaban, aunque tal vez eso no era del todo necesario, pues incluso antes de llegar a la mitad del camino, su instinto y los alocados latidos de su corazón ya le habían dicho hacia dónde marchaba todo. Y en efecto, poco después se encontró en el mismo lugar de antes, aquel dónde había hablado con Amadi por primera vez, y dónde él, en aquellos momentos, la esperaba con los brazos firmemente cruzados sobre el pecho y una expresión demasiado seria y ajena en su rostro de ébano.
—Hola—lo saludó Beatrice, tímida, una vez que los pétalos que la habían llevado hasta ahí se marchitaron para dar paso a otras flores.
—¿Está usted enamorada de ese nombre?
La pregunta salió mezclada con una dureza tan impropia de su voz, que Beatrice sintió que su corazón reaccionaba de forma salvaje y desmedida, como si pretendiera salir de su pecho, correr hacia Amadi y explicarle que no, que no estaba enamorada de Jhon Winter y que no debía mirarla ni hablarle de esa forma, porque ella...ella...
—¿De Jhon?—preguntó Beatrice, no solo para retrasar lo inevitable, la revelación, sino para darse un escape del camino que sus propios pensamientos y sentimientos estaban tomando—. ¿Por qué me pregunta eso, Amadi?
—Yo ví como él la miraba—respondió el esclavo—. Vi cómo sus ojos brillaban.
—No, Amadi, él no...
—¿Lo ama?—la interrumpió—. ¿Está enamorada de él?
—No, claro que no.
Desde que llegara, aquella era probablemente la única vez que su voz había sido firme e imperturbable, por lo que Beatrice se dió cuenta de que en realidad solo sentía fascinación por Jhon, pero no estaba enamorada de él y mucho menos lo amaba. De lo que sí no estaba para nada segura, era de lo que sentía por el hombre parado frente a ella, pues aunque técnicamente no le debía ningún tipo de explicación, sentía dentro de ella la urgente necesidad de explicarse, de hacerle saber que sus palabras eran sinceras.
—Amadi—tal cómo siempre pasaba, el nombre del esclavo en su boca fue como una suave y efímera caricia para sus labios—. ¿Por qué está molesto conmigo? ¿Qué he hecho para hacerlo enfadar?
Extraña e inesperadamente, aquello fue lo que hizo reaccionar a Amadi. De golpe abandonó su expresión enfadada para mostrar una sorprendida, con los ojos abiertos como platos y la boca suspendida en una mueca casi comica.
—Se equivoca—le dijo Amadi, debatiéndose al parecer entre acercarse o permanecer donde estaba—. Yo no estoy molesto con usted.
—Tendrá que disculparme, pero no le creo—replicó Beatrice—. Es obvio que está molesto conmigo. Lo puedo ver por como me mira, como me habla y...
—De verdad no estoy molesto con usted, Beatrice—interrumpió Amadi—. Estoy más bien enfadado, furioso, pero conmigo mismo.
—¿Con usted?
—Sí, conmigo.
—Pero...pero...no entiendo. No lo entiendo.
En lugar de responder de inmediato, Amadi comenzó a caminar de un lado al otro, retorciéndose furiosamente los dedos de las manos, tal como siempre hacía cuando se encontraba nervioso o asustado. Al final, después de lo que a Beatrice se le antojó una eternidad y media, se paró frente a ella, y con la valentía y la decisión nadando libremente en sus ojos, respiró profundo y le dijo:
—Estoy molesto conmigo mismo porque hoy, cuando la vi hablando con ese hombre, sonriendo con ese hombre, me di cuenta de que he hecho lo que nunca debí.
—¿Qué cosa?
—Me he enamorado de usted.
Fue como si Beatrice hubiera estado de pie sobre una alfombra y alguien, por la razón que fuera, la hubiera retirado de golpe, haciendo que ella cayera directamente hacia el vacío, con las palabras que Amadi acababa de pronunciar rebotando una y otra vez en su cabeza, como un eco lejano que regresa poco a poco por una cueva oscura y perdida. Era extraño, pero tampoco se sentía mal, ni alocado, o mucho menos prohibido o inapropiado. De hecho, se sentía exquisitamente bien, como una caricia, como un beso...como una confirmación de lo que ella ya había estado sospechando dentro de sí misma. Porque sí, aunque no lo dijo en voz alta, dejó de lado las mentiras y se admitió a sí misma que, en su corazón, reconocía los mismo sentimientos que Amadi acababa de expresar en voz alta.
—¿Y por qué se siente molesto con usted mismo?—preguntó Beatrice, cuando logró recuperar su voz del pozo donde había caído—. No entiendo qué tiene que ver.
—Tiene que ver porque se supone que nunca debí dejar que algo como eso pasara—respondió Amadi, repentinamente alterado—. Nunca debí usar en usted la flor del corazón, porque sabía desde un principio que eso me traería problemas. Aún así lo hice, y desde entonces no he dejado de pensarla, de anhelarla y de querer estar con usted en todo momento, a toda hora. Al principio me dije a mí mismo que solo era cosa de la conexión, pero hoy sentí un fuego en mi pecho cuando la vi con ese hombre, sentí como si me estuvieran robando el tesoro mas preciado, y entonces fue cuando terminé por ver la realidad, y es que estoy, contra todo pensamiento lógico, profunda y alocadamente enamorado de usted.
En ese preciso momento una brisa fuerte empezó a soplar, haciendo que del árbol del prado se desprendieran cientos de pétalos de la flor del corazón, que como aves danzarinas los rodearon a ambos. Envalentonada, Beatrice decidió tomar aquello como una señal, y empezó a acercarse a Amadi, aunque se detuvo de golpe cuando este interpuso su mano entre los dos.
—¿Qué pasa?—le preguntó.
—No se acerque más, por favor—rogó él, rehuyendo su mirada.
—¿Por qué?
—Porque temo que no podré contenerme si la tengo demasiado cerca.
Después de eso, ya no hubo más nada que hacer. Sonriente, Beatrice se acercó a él cuanto más pudo, y desde ahí esperó pacientemente a que él la mirase. En cuanto lo hizo, todo lo demás dejó de importar. Dejaron de ser la Dama de sociedad y el esclavo, la mujer blanca y el hombre de color, y solo pasaron a ser ellos, un par de humanos abandonados a sus sentimientos más profundos y primitivos. Se quedaron mirando fijamente durante minutos, o quizás horas, hasta que, en perfecta sincronía, unieron sus labios en un beso suave que estremeció el mundo entero.