VEINTINUEVE

1334 Palabras
Probablemente aquello solo estaba pasando en su cabeza, pero mientras los labios de Amadi se movían al compás de los suyos, Beatrice sintió como si el suelo bajo sus pies temblara con fuerza, al mismo tiempo que el aire soplaba más fuerte, la noche parecía más fresca, las estrellas más brillantes y los latidos de su corazón más salvajes. Tenía los ojos fuertemente cerrados, pero aún así seguía viendo todo a su alrededor, pues tal parecía que una parte de ella misma se había fundido no solo con Amadi, sino también con el universo mismo. Era como si hasta el momento hubiera estado viviendo a la deriva, sin rumbo ni significado, pero con aquel beso lograra conseguir todo lo perdido. Por ello, fue que se sintió levemente abatida cuando este terminó. —Discúlpeme, le ruego que me disculpe. Yo pretendía...yo no debí...no debí hacer eso. Perdida como estaba en el mar de sensaciones que la había cubierto de pies a cabeza, para Beatrice fue un poco duro volver a la realidad. Cuando lo hizo y se percató del pánico que llenaba los ojos y la voz de Amadi, sintió terror en estado puro dentro de sí misma, pues de golpe se le ocurrió pensar que, dentro de su inexperiencia, había hecho algo mal. —Amadi, yo...yo lo siento—se disculpó ella, pese a que ni siquiera sabía a ciencia cierta por qué lo hacía—. Si hubo algo que hice mal, me disculpo, es que, como comprenderá, es la primera vez que yo... Su perorata quedó cortada en el acto cuando se dió cuenta la forma en la que Amadi la miraba, con ojos llenos de significado y la boca embarrada de una sonrisa inmensa, feliz y bobalicona. Sin apartar sus ojos, el esclavo se acercó a ella de nuevo y la tomó suavemente de las manos antes de decir. —Esta ha sido también la primera vez que me beso con nadie, pero no me hace falta nada para saber que es el mejor beso que alguien jamás ha dado en la vida. Contenta con las palabras que acababa de escuchar, Beatrice apenas empezaba a tranquilizarse a sí misma cuando, de pronto, se dió cuenta de que habían aún ciertos detalles que requerían ser atendidos, ciertas preguntas a las que todavía no le había dado una respuesta. —¿Entonces por qué estaba actuando de esa forma?—le preguntó—. Sí según dice este fue un buen beso, ¿por qué parece que haya sido el peor error de su vida? —Porque de cierta forma lo es—respondió el esclavo, y antes de que Beatrice tuviera tiempo de alarmarse o preguntar nada, él ya estaba explicándolo todo—. Es una de las cosas más maravillosas que me ha pasado nunca, pero también podría ser la peor. Nos podría traer muchos problemas. —Entiendo de cierta forma lo que dice, lo que siente—dijo Beatrice—. Pero, así mismo, creo necesario recordarle un detalle importante que está pasando por alto. —¿Qué? ¿Cuál detalle? —Solo podría ser esto un problema si llegan a descubrirnos—contestó Beatrice, mostrando una sonrisa pícara que sin permiso se abrió paso en su boca—. Considero que si somos lo suficientemente discretos y cuidadosos, nadie tendría por qué llegar a enterarse. Beatrice habría esperado cualquier otra respuesta por parte de Amadi, menos la que, al final, terminó recibiendo: —¿Y qué pasará después? —¿A qué se refiere?—inquirió Beatrice. —¿Qué pasará después, cuando la realidad se imponga ante lo que sentimos? ¿Qué pasará cuando llegue un hombre blanco, rico y de buena familia, y le ofrezca la vida que usted quiere y se merece, esa misma viva que yo jamás, ni en un millón de años, podría darle? Y no se atreva a decirme que dejaría todo por mi, porque estaría insultando mi inteligencia. Yo sé muy bien lo que pasará: usted se irá con él, formará una familia y yo seguiré aquí, siendo un esclavo no solo de la hacienda, sino también de lo que siento, del dolor que me causará haber perdido a la única mujer que he querido de verdad. Luego de semejante facto, en realidad no había mucho más que decir. Anonadada ante el peso de su propia y terrible realidad, Beatrice se sentó como pudo en el suelo y, casi sin darse cuenta de lo que hacía, empezó a llorar desconsoladamente, derramando lágrimas silenciosas y plateadas que recorrían sus mejillas con la tranquilidad de un atardecer en domingo. Se quedó contemplando el vacío, y cuando sintió que Amadi se sentaba a su lado, lo miró y se sorprendió al descubrir que él también estaba llorando. —No lo haga, no llore—le dijo él, extendiendo hacia ella una de sus manos para recoger una por una las lágrimas de Beatrice, hasta dejar su rostro seco—. No dije todo eso para hacerla llorar, sino porque es una verdad terriblemente inevitable a la que ambos debemos tener muy presente. —Pues ojalá no pudiera—replicó Beatrice, testaruda—. Ojalá pudiera ignorarla y hacer como que todo va bien, como si el hombre del que estoy enamorada no me acaba de dar plantón. —¿Plantón?—repitió Amadi, y cuando Beatrice lo miró mejor, agregó—: Yo nunca le he dado plantón, Beatrice. —Claro que sí, lo que acaba... —Lo que yo le acabo de decir es la verdad, ni más ni menos—la interrumpió él esclavo, dejando que su mano migrara desde la mejilla de Beatrice a su cabello como la seda—. Puede que no nos guste, que nos parezca cruel o dolorosa, pero es lo que es. La dura realidad es que nuestro tiempo juntos desde un principio ha estado destinado a no durar, a ser corto, pero no por ello menos valioso. Es una eternidad en un tramo muy corto de tiempo, pero yo nunca dije que no quería vivirla. Fue tanta la emoción que Beatrice sintió en el pecho al escuchar aquellas palabras dulces como la miel, que parecía que una parbada completa de mariposas se había mudado a vivir dentro de ella, llenándola con sus aleteos y cosquillas. Incapaz de resistirse a la sensación, sonrió como una niña pequeña y atrajo a Amadi hacia ella para plantarle el que quizá era el beso más apasionado, loco y desenfrenado que se había dado jamás en el mundo entero. Tomado por sorpresa, el esclavo permaneció rígido e incrédulo, anclado a sus labios por una fuerza sobrenatural, esa misma que los había empujando irremediablemente el uno cerca del otro. No obstante, cuando pudo darse cuenta de lo que pasaba, de lo que hacían, tomó las riendas del asunto y transformó el beso en fuego puro, un fuego espeso como melcocha que les llenó las venas y los dejó extasiados. Se separaron no porque se hubieran cansado del beso, porque en aquel punto y sabiendo lo que sabían algo como eso era prácticamente imposible. Si le pusieron fin al beso fue porque, de pronto, Amadi se separó de Beatrice antes de caer redondo en el suelo, con la espalda contra la tierra y los ojos cerrados mirando al oscuro cielo de aquella noche. —¡Amadi!—gritó Beatrice, desesperada, al ver que el hombre parecía no querer reaccionar—. ¿Qué pasa, Amadi? ¡Responda! Justo después de aquella última palabra, fue que se dió cuenta de lo que sucedía. Y es que prendido del cuello del esclavo yacía, como la grotesca parodia de una inyección, una especie de dardo que parecía estar envenenado. Desesperada, Beatrice quiso quitárselo, pero apenas y había alcanzado a extender la mano cuando un zumbido en el aire le avisó de la llegada de un segundo dardo, poco antes de que éste se clavase en su cuello y la dejase inconsciente en cuestión de pocos segundos.
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