TREINTA

1377 Palabras
Cuando Beatrice despertó, fue como si todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo para tambalearse peligrosamente. Se sentía desorientada, con mucho mareo y unas ganas de vomitar tan urgentes, tan fuertes, que por poco y no pudo aguantarlas. Al principio le dió por creer que se trataba de un sueño, y que en realidad estaba en su cama, arropada en sus cobijas y totalmente a salvo. No obstante, cuando miró mejor frente a ella y vió a Amadi amarrado al tronco de un árbol, todas aquellas hipótesis desaparecieron de golpe de su cabeza. Aquello no era un sueño, sino una terrible realidad en la que ellos dos estaban en peligro. —¡Amadi!—le gritó, desesperada, y solo cuando intentó moverse para ir en su ayuda, fue que terminó dándose cuenta de que, al igual que él, ella estaba amarrada al tronco de un árbol, totalmente inmovilizada—. ¡Amadi! ¡Despierte, por favor! ¡Despierte! El esclavo no respondió de inmediato, y aunque prefería contemplar cualquier otro escenario, Beatrice se atrevió a pensar que quienes los habían llevado hasta ahí tal vez lo habían asesinado. Incluso, dentro de su propia desesperación, comenzó a pensar que tal vez su padre o su madre los habían descubierto, y que por ello habían decidido tomar represalias de la forma más ruda e inhumana posible. Las lágrimas pronto comenzaron a bañar su rostro, pero poco después notó movimiento frente a ella, por lo que dejó de lado su dolor y se dispuso a llamar la atención de su enamorado una vez más: —¡Amadi! ¡Amadi, despierte por favor! ¡Reaccione! En aquella ocasión, para su enorme alivio, el esclavo reaccionó. De una forma agónicamente lenta y con mucha dificultad, fue abriendo los ojos poco a poco. Primero, miró todo a su alrededor, luego se dió cuenta del estado en el que estaba, y por último miró a Beatrice. Fue ahí donde, finalmente, terminó de reaccionar del todo. —¡Beatrice!—exclamó él, intentando también pelear contra las ataduras que le impedían ir tras ella y ayudarla a salir de aquel embrollo—.¿Cómo está? ¿Qué le han hecho? ¿Qué le han dicho? —Yo estoy bien, pero...—de pronto, al darse cuenta de lo extraño en aquellas palabras de Amadi, Beatrice cambió a la mitad su respuesta y terminó agregando algo diferente—: Un momento, ¿qué significa eso? ¿A qué se refiere con ellos? ¿De quienes habla? Con rostro preocupado (algo que no hizo nada bien al ambiente ya de por sí tenso y cargado), Amadi se tomó un par de segundos para sí mismo antes de, finalmente, contestar: —Me refiero...a los míos, a mí gente. —¿A los suyos?—repitió Beatrice, todavía sin entender del todo ni lo que pasaba, ni lo que él intentaba decirle—. ¿Quiere decir que esto...nos lo hicieron los suyos, su gente? Luego de asentir con la cabeza, Amadi respondió: —Sí, no hay ninguna duda de eso. —Pero...¿Por qué? —Porque él rompió una de las reglas más antiguas y sagradas, y por lo tanto debe ser castigado. Durante unos instantes muy breves, Beatrice creyó que aquella respuesta, tan extraña y enigmática, había salido de la boca de Amadi. No obstante, cuando se dió cuenta de que no había sido de esa forma, miró hacia un lado y vio la verdadera dueña de aquella voz. Por entre el bosque que los rodeaba, se acercaba con paso lento pero firme una negra alta y gorda, de aspecto imponente y cabello rizado al estilo afro. Vestía una especie de bata marrón, además de unos cuantos collares de cuentas de colores que se movían al compás de su voluminoso busto. Con ojos profundos y de un brillo casi irreal, ella se plantó en medio de los dos, y luego de alternar su mirada entre Amadi y Beatrice, decidió dejarla sobre la muchacha. Ella, por su parte y pese a que no dijo ni una sola palabra, hubiera preferido que no lo hiciera. —Amadi ha roto una de las reglas más antiguas e importantes de nuestra gente, y eso no es cualquier cosa—repitió ella, mirando a Beatrice de arriba hacia abajo sin ningún tipo de vergüenza—. Probablemente usted no sepa nada de eso, ama, porque los de su clase no saben de lealtades o tradiciones. Pero nosotros sí, y es por eso que las cuidamos tanto, porque son lo único que todavía los blancos no nos han podido quitar. A Beatrice se le hizo tan insultante la forma en la que le hablaba, y tan insufrible la superioridad con la que no paraba de mirarla, que no pudo evitar que su lengua se llenase de ácido y veneno antes de replicar: —¿Y quién es usted para decir lo que mi gente sabe o no? —Llevo desde los seis años esclavizada, mi ama. Algo tengo que haber aprendido en ese tiempo, ¿no cree? —Aun así, ¿por qué nos ha traído hasta aquí, y de esta forma? ¿Es que no sabe quién soy yo? Esa última frase, claro, la había dicho únicamente como una última y desesperada medida de defensa, tratando de que con ello la esclava entrara en razón y se diera cuenta de que no podía tratar de aquella forma a su ama, a la hija del dueño de aquella hacienda donde trabajaba. Sin embargo, solo le bastó con prestar atención a sus ojos para darse cuenta de que una mujer tan fuerte como aquella no se iba a dejar amedrentar fácilmente. —Ay niña, ¿es que acaso no ha entendido que aquí y ahora importa muy poco, o casi nada, quien sea usted o quien sea su padre? Lo que de verdad importa ahora mismo es la infracción que ambos han cometido, y el castigo que por ello se les deberá imponer. Harta ya de ver la forma en la que aquella mujer le hablaba, Beatrice decidió apelar a la única ayuda que podía conseguir en aquel entorno tan desfavorable para ella: —¡Amadi!—llamó—. Amadi, por favor ayúdeme a hacerle entender que no puede tratarnos de esta forma. Dígale que no hemos hecho nada malo. Para su mala suerte, la respuesta que terminó consiguiendo fue la peor, la que nunca, ni en un millón de años, hubiera pensado que podría recibir de él: —Lo hemos hecho, Beatrice, sí lo hemos hecho. Yo he incumplido las normas, y aunque usted no forma parte de mi gente, técnicamente también las ha incumplido, pues en todo momento sabía lo que estábamos haciendo, lo que podía pasar. —Pero...pero... —No me malinterprete—la interrumpió él, de pronto ansioso—. No me arrepiento y creo que nunca podría arrepentirme de lo que hemos hecho. Ha sido maravilloso, de las mejores cosas que me han pasado, pero eso no quita las infracciones que hemos cometido, y creo que ahora lo mejor que podríamos hacer es esperar que nos juzguen, admitir lo que hemos hecho y esperar que sean indulgentes con nosotros. Con todo el cinismo del mundo (o al menos de esa forma fue que Beatrice lo interpretó) la mujer sonrió en dirección a Amadi antes de decir: —Sabias palabras, y sabia decisión la tuya, Amadi. —¡No!—gritó Beatrice, ya harta con todo aquel ir y venir—. ¡Ya basta de todo esto! ¡Le exijo que me suelte! ¡Suélteme ahora mismo! —Lo siento, ama, pero no puedo hacer eso—replicó la mujer—. Ambos deberán quedarse ahí donde están hasta que llegue el momento de juzgarlos por lo que han hecho. —No... —Beatrice—la interrumpió Amadi, mirándola de forma ciertamente recriminatoria—. Por favor, cálmense un poco y deje de pelear. —¡No!—insistió ella, molesta y testaruda como ella sola—. ¿Por qué se queda ahí tan tranquilo, sin hacer nada? ¿Por qué no pelea? ¿Por qué hace tanto caso a lo que ella dice? —Porque ella es mi mama, Beatrice—respondió Amadi.
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