Aquella revelación se manifestó en Beatrice como un frío tremendo y estremecedor que le caló hasta los huesos. Incapaz de procesar correctamente lo que Amadi acababa de decirle, la revelación tan grande que acababa de hacerle así, sin más, como si tal cosa, se quedó mirándolo confundida, para luego empezar a alternar su mirada entre él y la mujer que según era su madre, o su mama, como él siempre decía. Por una parte se le hacía demasiado difícil creer que estuvieran emparentados, mientras que, por la otra, podía ver en la mujer muchos de los rasgos o costumbres que así mismo identificaba en Amadi.
Si la miraba de mejor forma, con más atención y dejando de lado la rabia, el miedo, la confusión y todo lo malo que sentía en aquel momento, podía ver de dónde salía el carácter fuerte, así como el aire intelectual y profundamente maduro de Amadi. Tenían ambos los mismos ojos, pues aunque los colores fuesen totalmente diferentes, en ambos se apreciaba el mismo brillo mágico, profundo y penetrante que cargaba sus miradas. Tenían la misma postura, usaban el mismo tono de voz y, en general, se podía ver perfectamente el parentesco que los unía, aunque claro, antes de saberlo Beatrice jamás habría podido adivinar esos detalles.
—Parece que se ha quedado muda de la impresión, mi ama—dijo entonces la mujer, mirando a Beatrice de arriba hacia abajo una vez más—. ¿Es que acaso le sorprende que un esclavo pueda seguir junto a su madre? Tal vez se debe a las mil historias que seguramente ha escuchado sobre esclavos que son vendidos a diferentes familias, y que se ven obligados a separarse, lo más probable que para siempre.
Aquella mujer la odiaba. Simple y llanamente, por todo lo que Beatrice representaba para su gente es que la madre de Amadi no la soportaba, la detestaba y, por eso mismo, es que se daba las libertades de hablarle de esa forma, además de tenerla cautiva. El saber que era el objetivo de un odio tan intenso la estremeció, aunque la cosa no hacía sino empeorar cuando, encima de todo, recordaba que esa mujer era nada más y nada menos que la madre del hombre del que ella estaba ya tan perdidamente enamorada. Le hubiera gustado poder decir que no entendía por qué aquella mujer la despreciaba sin siquiera darse la oportunidad de conocerla, tal y como había hecho su hijo, pero ni siquiera ella era tan estúpida o corta de miras como para pasar por alto los años que su gente había esclavizado, perseguido y matado a los de ella.
—Escuche, mi señora, yo...
Pero tal parecía que, en los planes del destino, no estaba escrito que Beatrice pudiese buscar la reconciliación con la madre de Amadi por medio de la plática, de las disculpas, pues su pobre intento de disculpa quedó irremediablemente roto justo a la mitad cuando un potente sonido, como el de una trompeta, hendió el aire de la noche, llegando a retumbar incluso dentro de su pecho.
—Ellos ya vienen—dijo Amadi, con los ojos y la voz cargados de miedo y ansiedad.
—¿Quienes?—preguntó Beatrice, tal vez más asustada y nerviosa de lo que él estaba—. ¿Quienes vienen?
Amadi la miró, pero apenas y alcanzó a abrir la boca para responder a la pregunta cuando su madre, sonriente, le arrebató la oportunidad:
—Los lobos.
Disfrutando de la cara que se le quedó a Beatrice con aquella respuesta tan corta y enigmática, la mujer se dió la vuelta y empezó a contemplar sin más el bosque, justo en el mismo lugar por el que ella había aparecido hacía tan poco. A Beatrice le hubiera gustado poder decir que controlaba su curiosidad lo suficiente como para saber comportarse en momentos de tanta tensión y estrés, pero la verdad es que, ni estando al borde mismo de la muerte o la tortura, era capaz de quedarse con un misterio o una intriga sin resolver atorado entre pecho y espalda.
Disimulando un poco para que la madre de Amadi no se diera cuenta, empezó a mirar en la misma dirección que ella, esperando el momento en el que, por fin, se revelaran aquellos lobos de los que ella y su hijo tanto parecían temer. Los primeros segundos no pasó nada ni remotamente interesante, más sin embargo poco después de que un segundo estruendo igual de potente que el anterior se hiciera sentir, por aquella parte del bosque se dejaron ver unas criaturas tan horrendas que parecían sacadas directamente de una pesadilla. Tenían cuerpos de humanos, altos y musculosos como Amadi, pero ahí era donde acababan las similitudes, pues en lugar de rostros normales, sobre los hombros cargaban lo que parecían ser cabezas de lobos salvajes. Eran en total cinco, y solo cuando terminaron de llegar y se formaron en una perfecta hilera frente a ellos, fue que Beatrice se dió cuenta de que en realidad eran máscaras terriblemente realistas lo que aquellos esclavos usaban.
—Bienvenidos—la que habló primero que nadie, por supuesto, no fue otra que la madre de Amadi, quien dió un paso hacia los lobos y, desde ese lugar, señaló a Beatrice y luego a Amadi—. Estos de aquí, son mi hijo y la progenie del dueño de esta hacienda, el esclavista que cierto día nos compró y se olvidó por completo de nosotros. Tal como se los dije cuando fueron convocados, ambos han profanado nuestras más antiguas leyes, y es por eso que se requiere un juicio del más alto nivel para que, entre todos, decidamos qué hacer con ellos.
Aunque no sabía exactamente qué decir para defenderse de una situación tan desfavorecedora como aquella, Beatrice estaba a punto de hablar, de intervenir, cuando los lobos respondieron a las palabras de la madre de Amadi con un griterío inmenso, terrible, lleno de quejidos, silbidos y demás. Esperanzada en que el alboroto pudiera llamar la atención de alguien que lograra salvarla, Beatrice esperó pacientemente, pero pronto sus esperanzas quedaron reducidas a nada más que un recuerdo. Después de un rato de aquel extraño cántico, uno de los lobos sacó lo que parecía un cuerno de animal y sopló con fuerza por uno de sus extremos, produciendo el sonido de trompeta que Beatrice había escuchado antes.
Ni siquiera se había extinguido del todo el eco de ese estruendoso sonido, cuando empezaron a llegar hasta ellos, desde todos los ángulos, una gran cantidad de esclavos, tantos, de hecho, que muy pronto Beatrice estuvo segura de que habían en aquella pequeña multitud varios esclavos de las haciendas vecinas. Todos llevaban consigo antorchas encendidas, cuyas llamas anaranjadas y danzarinas llenaron de luz todo el lugar, logrando incluso opacar el brillo natural de la noche, que hasta el momento los había guardado bajo su manto.
—Bienvenidos, bienvenidos sean todos, hermanos y hermanas—saludó la madre de Amadi, abriendo mucho los brazos, como si con ello pretendiera abarcar a todos los esclavos que se habían congregado entorno a ellos tres y los lobos—. Han sido convocados a este lugar, bajo la vigilancia de la tribu de los lobos, para ser testigos del juicio más importante que hemos tenido en mucho tiempo. Un juicio en el que Amadi, mi propio hijo, y esta blanca que ven aquí, serán juzgados con mano dura por compartir entre ellos información no debida sobre nuestras costumbres y lo más valioso que tenemos: la flor del corazón.
Inmediatamente después de que la madre de Amadi dijera aquello, por todo el lugar se extendió, rápido como la pólvora, un murmullo colectivo lleno a rebosar de rabia e indignación. Atada como estaba al tronco del árbol, Beatrice temió que aquella multitud exacerbada se abandonase a sus pasiones y se abalanzara sobre ella para destrozarla con sus propias manos. Al mismo tiempo, claro, sintió que una parte de ella moría de indignación al ver que aquella mujer tenía el corazón tan duro como para poner a su propio hijo en aquellas condiciones tan lamentables.
—¡¿Cómo se atreve?!—exclamó Beatrice, una vez estuvo segura de que aquella multitud no la mataría ahí mismo, al menos no de momento—. ¿Cómo se atreve a poner en peligro la vida de su propio hijo? ¿Como se atreve a juzgar sin entender todo el panorama?
Al igual que había pasado antes con la madre de Amadi, el comentario de Beatrice llenó a los presentes de furia e indignación, hasta el punto en el que algunos hicieron amago de lanzarse hacia delante en pos de ella. Sin embargo, solo se detuvieron cuando la madre de Amadi, como señal de alto, alzó una de sus manos para detenerlos.
—¿Poner en peligro la vida de mi hijo, dice?—repitió la mujer—. ¿Cómo puede tener tanto cinismo de acusarme de poner en peligro la vida de Amadi cuando ha sido usted, la que ha hecho eso mismo al involucrarse con él de la forma que lo ha hecho? ¿Cómo puede acusar a alguien más de ponerlo en peligro, cuando ha sido usted quien lo engatusó para hacerlo que traicionara a su gente y le contara nuestros secretos?
El furor que llenó al pequeño público que tenían entorno a ellos fue estremecedor, hasta el punto en que una parbada de aves nocturnas salió volando, graznando sin parar, de un árbol cercano. Incrédula con lo que acababa de escuchar, Beatrice miró a Amadi buscando su ayuda:
—¡Amadi!—le gritó—¡Por favor diles que no he sido yo! ¡Ayúdame!
—¡Madre!—gritó el esclavo— ¡Hermanos! He sido yo quien ha infringido las reglas, y por lo tanto solo debo ser yo quien cargue sobre sus hombros el peso del castigo que proponen. Ella no tiene culpa.
Apenas había comenzado a reaccionar la multitud cuando la madre de Amadi levantó de nuevo la mano, imponiendo así el silencio una vez más para decir:
—¡Como podrán ver, el poder que esta mujer ejerce sobre mi hijo es enorme! ¡Posiblemente brujería! Y es por eso que pido para ella la pena máxima...¡La pena de muerte!
Beatrice se sintió tan asustada al contemplar de forma tan cercana su propia muerte, su final, que ni siquiera consiguió fuerzas para seguir peleando por su vida; frente a ella, Amadi parecía estar pasando por lo mismo, pues lloraba silenciosamente mientras movía sin parar su boca, haciendo de tripas corazón para alcanzar a decir algo. Sin embargo, antes de que pudiera decir nada, una voz muy distinta a las que habían escuchado hasta el momento, intervino al decir:
—¡Un momento!
El silencio que se impuso en todo el lugar fue pesado por demás, aunque no fue nada comparado a la tensión que se sumó al ambiente cuando, de entre la multitud, surgió una mujer vieja, viejísima, con el cabello increíblemente blanco haciendo un contraste hermoso con su piel de ébano. Renqueante y apoyada en su bastón, avanzó bajo la atenta mirada de todos hasta quedar frente a Beatrice. Una vez así, le tomó el rostro entre las manos y se quedó mirándola fijo.
—Gran madre—le dijo la mama de Amadi, al parecer muy nerviosa—. Esa mujer...
—Esta mujer tiene una poderosa conexión con Amadi—la interrumpió la anciana—. Una conexión que no puede ser violentada por nada ni por nadie.
—¿Qué sugiere usted, Gran Madre?—le preguntó ella.
Luego de mirarla fijamente durante un buen par de minutos, con unos ojos profundos llenos de años y años de experiencia y profunda sabiduría, la anciana sonrió de medio lado, y tras chasquear la lengua, contestó:
—Simple, muy simple en realidad. Con una conexión tan grande y fuerte como la de ellos dos, solo se puede hacer una cosa: casarlos.