Santino se levantó de su escritorio y comenzó a dar vueltas por su despacho. Le parecía extraño que la patrulla no hubiera regresado y mucho menos que no se hubieran comunicado por radio. Piero seguía las evoluciones de su jefe sin saber exactamente qué hacer. No sabía si interrumpirle o salir sin decir nada ya que lo ignoraba por completo. Se decidió por esto último y se dirigió a la puerta del despacho. —Piero —la voz de su jefe, baja, pero terriblemente dura lo detuvo cuando ya ponía su mano sobre la cerradura de la puerta. —Sí, jefe —fue su respetuosa respuesta. —Manténme informado de cualquier novedad, ¿me entiendes? —dijo con dureza. —Entendido, señor —terminó diciendo antes de salir cerrando la puerta con cuidado. Piero se dirigió al salón de la parte baja del castello. Allí t

