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Alfas enemigos, una luna destinada

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de enemigos a amantes
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Descripción

Althea paso de ser la niña dorada a una esclava. Cuando el Alfa Izan invade la ciudad gobernada por su padre, ella es secuestrada como castigo al pueblo. Pero la niña dorada esconde mas secretos de los que Izan y su pueblo piensan. Y para cuando lo descubran, ya será muy tarde.

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Venganza Ajena
La fuerza nunca había sido una de las virtudes de Althea Frostbourne. Y para un descendiente de los Frostbourne, legado de Alfas de las gélidas tierras de Amstard, aquello era un crimen directo al corazón y al honor de la manada. No era común encontrar un cambiaformas débil, pero uno que enfermara… eso era algo digno de ver y de aborrecer. Ya no solo destrozaba la apariencia de fortaleza de toda la manada, además eras una carga para la misma. La capacidad de curación y un sistema inmunológico superdesarrollado aparecían entre los 10 y 15 años, dependiendo del linaje y la fortaleza interna de la bestia. Imagina la sorpresa del Alfa Frostbourne cuando su hija cumplió los 17 y aún no era capaz de curar una simple cortada. Un cambiaformas, en plena guerra, podía tardar uno o dos días en curarse por completo; un par de horas si los huesos no estaban rotos. Pero una cortada superficial, por lo general, tardaba… segundos. Althea siempre había sido una niña enfermiza, pero su padre y los curanderos lo consideraron normal, ya que su madre había muerto en el parto. Creían que, llegada la adolescencia, sería tan fuerte como cualquiera de su linaje. Por ello había sido criada como cualquier Frostbourne se merecía: clases privadas, habitaciones lujosas, regalos y respeto. Sus primeros años de vida fueron dedicados a consentirla y amarla —por los empleados, por supuesto—, porque su madre había muerto y su padre estaba muy ocupado dirigiendo la nación de Amstard y educando a su hijo varón para continuar con la herencia de los Alfas. Aun así, ella había sentido el cariño de su padre mediante cuidados y obsequios. Cuando fue creciendo, su padre dejó de mirarla. No comprendía el porqué; se había vuelto frío con ella. Fue una de las sirvientas, quien había sido su nodriza, la que lo comprendió. Con los años, sus rasgos se parecían cada vez más a los de su difunta madre, la Luna destinada del Alfa. En otras palabras, era un recordatorio constante de lo que había perdido. La celebración de los quince años de Althea fue el último momento en el que se la vio en público. La chica se volvió un espejismo de la alta sociedad y un rumor silencioso. Se decía que su bestia no había despertado correctamente y que su débil cuerpo no le permitía seguir con su vida. Que su padre, en un desesperado deseo de cuidarla, la había mantenido apartada de la vista de todos, protegiéndola como era debido. ¿La realidad? Su padre no la sobreprotegía; en realidad, esperaba constantemente su muerte. Fue encerrada en un lejano rincón de la mansión para que no molestara y no volver a toparse con ella jamás. Para Edgard Frostbourne, ella era un ser destinado a humillarlo. No la mataba solo porque su rostro era idéntico al de su amada Luna, pero eso no significaba que la amara ni que la protegiera. Año tras año fue perdiendo cada vez más “beneficios” de ser su hija, ya que él ya no la reconocía como tal. Ya no tenía profesores particulares de cada materia ni clases de música. Mucho menos asistía a fiestas, donde antes su padre solía lucirla, a la espera de encontrar una alianza con otras naciones. Ofrecerla ahora, sabiendo lo defectuosa que era, sería un insulto. La guerra solo empeoró todo para Althea. Su padre se había obsesionado con conquistar naciones vecinas para dejar un enorme legado a su hijo, y eso significó eliminar todos los gastos innecesarios para priorizar la milicia. Y, por supuesto, cualquier necesidad de Althea pasó a ser innecesaria. A los 20 años, ella no era más que una esclava en la mansión. Solo había una sirvienta a su cargo que, más que servirla, se encargaba de asegurarse de que nadie la viera y de que el resto del mundo siguiera creyendo que los cuidados de la niña dorada del Alfa Frostbourne aún existían. Porque para el pueblo ella era débil, pero tenía algo que nadie más poseía: los ojos de la Luna del Alfa, un rasgo genético que aseguraba el nacimiento de los hombres más fuertes. Es decir, ella era una vía segura para una descendencia poderosa, aunque ella misma no lo fuera. Aunque ahora mismo no era más que una esclava. —¡Sal! —gritó un guardia, golpeando los barrotes de la celda con la bota—. ¡Apresúrate, no tenemos todo el día! Althea se movió lento, débil por pasar varias noches en la fría celda, durmiendo sobre el suelo de piedra y recibiendo apenas comida y agua. —Maldita sea, olvidé que esta es un estorbo —la tomó del mentón para obligarla a mirarlo—. Apuesto a que estás acostumbrada a tener un pie dentro de la tumba solo por respirar —se burló. Althea apretó los dientes, intentando contener el miedo que sentía al estar frente a aquel hombre. Su manada había sido invadida. Su padre y su hermano intentaron hacerle frente, pero la guerra estaba perdida antes siquiera de comenzar. Ahora era prisionera. No la habían matado porque era una buena ficha que mover, al ser la única hembra de su linaje, y claro, por su padre, el Alfa caído. —Verás al Alfa —el guardia la tomó del codo, poniendo una expresión de asco con solo tocarla. No había sido una petición; solo se le informó de su destino. Destino que no era una sorpresa para ella. La inminente reunión con el Alfa Izan, invasor del norte, era inevitable, pero eso no evitó que temblara de miedo con cada paso que se veía obligada a dar. Tropezó varias veces. El hombre que la guiaba era enorme en comparación con ella y sus zancadas el doble de largas. Él lo sabía; aun así, no aminoró el paso. Se sorprendió cuando la arrastraron a la habitación de su padre. Habían cambiado varias cosas desde la última vez que estuvo allí, hacía más de cinco años. Se preguntó si lo había hecho su padre o el nuevo Alfa. Como si eso importara; iba a morir, no era como si algo realmente importara. —Alfa, he traído a Althea Frostbourne, como ordenó. No le dio tiempo de reaccionar. El guardia golpeó la parte interna de su rodilla, haciendo que se arrodillara frente a su Alfa. Alfa Izan Drakovir. La casa Drakovir era linaje real, nacidos de guerra y fuego. Reyes que no piden lealtad… la exigen. A pesar de su linaje, fue esclavo del Alfa Frostbourne durante casi cinco años. En algún momento de locura, Edgard Frostbourne tuvo la idea de invadir una pequeña colonia real del norte. El Alfa de esa nación acababa de morir y su único heredero, de apenas 18 años, tomaría su lugar. Fue una jugada despiadada y cobarde. Sabía que, si dejaba que ese Alfa ganara experiencia, sería imparable, así que los masacró y esclavizó antes de que se fortalecieran. Los Frostbourne eran aristócratas con dieciséis generaciones al mando, pero los Drakovir eran un linaje real fuerte y misterioso. El miedo y la cobardía le jugaron una mala pasada al experimentado Alfa, sin esperar que, años después de su invasión, los esclavos recuperaran el poder y arrastraran a toda su manada a la miseria y la esclavitud, tal como él había hecho. —Vete, Damon —ordenó Drakovir con un tono gélido. Se levantó del enorme escritorio que alguna vez había pertenecido a su padre y caminó despacio hasta quedar frente a Althea. Ella no se atrevió a levantar la vista hasta que se lo indicara. Sabía cómo eran los Alfas; su padre había sido uno y, en los últimos años, mirarlo sin permiso significaba una bofetada segura. No se arriesgaría. Ella no notó cuándo Damon se marchó. Era extremadamente silencioso para lo enorme que era. Solo supo que estaban solos cuando escuchó el clic de la puerta al cerrarse. —Desvístete —ordenó. Ella no esperaba aquella orden, así que se quedó congelada, sin moverse, intentando contener los sollozos. —¡¿Qué no me oíste?! Indignado, creyendo que se trataba de altanería por parte de la pequeña Frostbourne, la levantó él mismo y la arrastró hasta el escritorio. Ella lloraba, intentando contener los sonidos para no hacerlo enfadar aún más, pero estaba aterrada con solo mirarlo. Izan tenía una cicatriz a lo largo del lado izquierdo del rostro, desde la sien hasta casi llegar a la clavícula. Recordó que se la había dejado el padre de Althea. Le levantó los delgados brazos y la sujetó del mentón para obligarla a mirarlo directamente, sin posibilidad de apartar la mirada. El odio en sus ojos la paralizó aún más. —Haré que pases un infierno peor al que tu desquiciado padre me hizo pasar. —¿Por qué yo? —logró articular en un susurro. —¿Por qué tú? ¿En serio eres tan estúpida como para no saberlo? —la soltó, lanzándola contra una esquina de la habitación. Lo que él no entendía era que, para ella, un rehén era alguien importante y valioso. Si ibas a tomar un prisionero de guerra para torturarlo, había varios motivos: sacar información, manipular a alguien, cobrar un rescate o simplemente lastimar a sus seres queridos a través de su dolor. Pero ella no era ninguno de esos casos. No poseía información valiosa, no se estaba pidiendo un rescate por ella y, por supuesto, no había nadie que la quisiera, la extrañara o sufriera por su dolor. La tortura de Drakovir era inútil. Ella había sido una esclava durante mucho tiempo.

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