9Al venir a Aix-en-Provence, Pablo utilizó algunos de los contactos que había hecho en la editorial para pedir ayuda a dos o tres contrabandistas de baja monta. Así logró que lo ayudasen a conseguir un arma limpia, un arma que las policías europeas no pudiesen rastrear ni asociar c*n él de ninguna manera. Una pistola sin historia, sin dueños registrados. Imaginó que la Nona había estado días atrás en la casa de alguna mara hondureña, de algún clan chino en Estados Unidos, de algún grupo narco en México. Supuso que pocas horas antes, la pistola había entrado por Marsella c*n algún otro pequeño lote de armas hasta viajar a sus ansiosas manos y ahora resplandecer entre sus dedos sudorosos. Acostado en un sofá la observó un rato. La limpió del polvo de la montaña. Al llegar a la base, Pablo


