CAPÍTULO I
LEVÍTICO [1]
En los últimos tiempos ha caído una copiosa lluvia de coadjutores sobre el norte de Inglaterra; se posan en abundancia sobre las colinas; todas las parroquias disponen de uno o más de ellos; son lo bastante jóvenes para mostrarse muy activos y deberían hacer mucho bien. Pero no es de estos últimos años de lo que vamos a hablar aquí. Regresaremos al inicio de este siglo: los últimos años, los años presentes, son polvorientos, cálidos, abrasados por el sol, áridos; eludiremos el mediodía, lo olvidaremos durante la siesta, pasaremos por él dormidos, y soñaremos con el alba.
Si crees, por este preludio, lector, que se prepara algo parecido a una novela romántica, no habrás estado jamás tan equivocado. ¿Esperas sentimientos y poesía y ensoñación? ¿Esperas pasión y estímulo y melodrama? Modera tus expectativas, limítalas a algo más modesto. Tienes ante ti algo real, frío y sólido; algo carente de romanticismo como el lunes por la mañana, cuando todos los que tienen trabajo se despiertan con la conciencia de que deben levantarse y encaminarse a donde deben realizarlo. No se niega tajantemente que vayas a probar la excitación, quizá hacia la mitad y el final de la comida, pero está decidido que el primer plato colocado sobre la mesa será el que podría comer un católico —sí, incluso un católico inglés— en Viernes Santo: serán lentejas frías y vinagre sin aceite; será pan ácimo con hierbas amargas, y no habrá cordero asado.
En los últimos tiempos, digo, ha caído una copiosa lluvia de coadjutores sobre el norte de Inglaterra, pero en 1811 o 1812 esta abundante lluvia no se había producido aún; los coadjutores eran escasos entonces, no había ayuda pastoral, ni Sociedad de Coadjutores Adicionales para echar una mano a los viejos y agotados párrocos y beneficiados y darles lo suficiente para pagar a un joven y vigoroso colega de Oxford o Cambridge. Los sucesores actuales de los apóstoles, discípulos del doctor Pusey y herramientas de la p********a, se criaban entonces bajo las mantas de una cuna, o experimentaban la regeneración de un bautismo en las palanganas de los cuartos infantiles. Imposible de adivinar, mirando a cualquiera de ellos, que los dobles volantes almidonados de sus gorros de tul enmarcaban el rostro de un sucesor predeterminado y especialmente santificado de san Pablo, san Pedro o san Juan; imposible igualmente prever en los pliegues de sus largos camisones la blanca sobrepelliz que vestirían más adelante para hostigar cruelmente las almas de sus feligreses, y singularmente para asombrar a su anticuado párroco haciendo ondear en un púlpito la vestimenta semejante a una camisa que antes no había ondeado más allá de un atril [2] .
Sin embargo, incluso en aquellos tiempos de escasez había coadjutores; la preciosa planta era rara, pero podía encontrarse. Cierto distrito favorecido del West Riding de Yorkshire podía alardear de que habían florecido tres bastones de Aarón [3] en un radio de treinta kilómetros. Disponte a verlos, lector. Entra en la pulcra casita con jardín de las afueras de Whinbury, avanza hacia la salita: allí están ellos, comiendo. Permíteme que te los presente: el señor Donne, coadjutor de Whinbury; el señor Malone, coadjutor de Briarfield; el señor Sweeting, coadjutor de Nunnely. Aquí se aloja el señor Donne, en lo que es la morada de un tal John Gale, un modesto comerciante de paños. El señor Donne ha tenido la amabilidad de invitar a sus hermanos a comer con él. Tú y yo nos uniremos al grupo, veremos lo que haya que ver y oiremos lo que haya que oír. Por el momento, empero, se limitan a comer, y mientras comen, nosotros haremos un aparte.
Estos caballeros están en la flor de la juventud; poseen toda la energía de esa interesante edad, energía que sus viejos y abatidos párrocos encauzarían de buena gana hacia sus deberes pastorales, pues expresan a menudo el deseo de verla empleada en la diligente supervisión de las escuelas y en las visitas frecuentes a los enfermos de sus parroquias respectivas. Pero a los jóvenes levitas esas tareas les parecen aburridas; prefieren derrochar sus energías en un proceder que, pese a que a otros ojos pueda verse más cargado de aburrimiento y más afligido por la monotonía que el extenuante trabajo de un tejedor en su telar, a ellos parece proporcionarles una fuente inagotable de diversión y actividad.
Me refiero a las continuas idas y venidas entre sus respectivos alojamientos: no una ronda, sino un triángulo de visitas, que mantienen durante todo el año, en primavera, verano, otoño e invierno. La estación y las condiciones meteorológicas no importan; con incomprensible celo desafían nieve y granizo, lluvia y viento, polvo y lodo, para juntarse a comer, o a beber té, o a cenar. Resultaría difícil decir qué los atrae. No es la amistad, pues siempre que se reúnen acaban peleándose. No es la religión, cosa que jamás nombran entre ellos; de teología puede que hablen de vez en cuando, pero de la piedad… jamás. No es el amor por la comida y la bebida; cualquiera de ellos podría comer un asado y un pudín igual de buenos, un té igual de fuerte y unas tostadas igual de suculentas así en su propio alojamiento como en el de su hermano. La señora Gale, la señora Hogg y la señora Whipp —sus respectivas patrañas— afirman que «no es más que para dar trabajo a la gente». Por «gente», las buenas señoras se refieren, naturalmente, a sí mismas, pues ciertamente este sistema de invasión mutua las tiene en un estado de «excitación» perpetuo.
El señor Donne y sus invitados, como digo, están comiendo. Les sirve la señora Gale, con una chispa apenas del tórrido fuego de la cocina en los ojos. Considera que el privilegio de invitar a un amigo a comer de vez en cuando sin cargo adicional (privilegio incluido en el alquiler del alojamiento) se ha ejercido más que de sobra últimamente. Nos hallamos tan sólo a jueves esta semana, y el lunes el señor Malone, el coadjutor de Briarfield, vino a desayunar y se quedó a comer; el martes, el señor Malone y el señor Sweeting de Nunnely vinieron a tomar el té, se quedaron a cenar, ocuparon la cama sobrante, y la honraron con su compañía durante el desayuno el miércoles por la mañana; ahora, jueves, están allí los dos, cenando, y ella está casi segura de que se quedarán a pasar la noche. « C’en est trop [4] », diría, si supiera hablar francés.
El señor Sweeting está desmenuzando la tajada de rosbif que tiene en el plato, quejándose de que está muy duro; el señor Donne dice que la cerveza es insípida. ¡Sí!, eso es lo peor de todo; si al menos fueran corteses, a la señora Gale no le importaría tanto; si al menos se mostraran satisfechos con lo que les sirven, a ella no le importaría, pero «estos sacerdotes jóvenes son tan altaneros y despreciativos que ponen a todo el mundo por debajo de ellos»; la tratan con nula cortesía no sólo porque no tiene criada, sino porque es ella en persona la que se encarga de todas las tareas domésticas, como su madre hizo antes que ella; «además, siempre están hablando mal de Yorkshire y de la gente de Yorkshire», y a causa de este mismo indicio, la señora Gale no cree que ninguno de ellos sea un auténtico caballero ni que proceda de una buena familia. «Los viejos párrocos valen más que todo ese montón de universitarios, saben lo que son las buenas maneras y son amables con ricos y pobres por igual».
—¡Más pan! —exclama el señor Malone en un tono de voz que, aun no habiendo pronunciado más de dos sílabas, lo delata de inmediato como nativo de la tierra de los tréboles y las patatas. La señora Gale detesta al señor Malone más que a los otros dos, pero también le tiene miedo, pues es un sacerdote alto y fornido, con auténticas piernas y brazos irlandeses y un rostro igualmente genuino; no es el rostro milesio [5] , no es del estilo de Daniel O’Connell, sino del tipo que tiene las acentuadas facciones de un indio norteamericano, habitual en cierta clase de irlandeses de buena familia, y tiene un aire pétreo y orgulloso, más adecuado para un señor con esclavos que para el terrateniente de un campesinado libre. El padre del señor Malone se llamaba a sí mismo caballero: era pobre y estaba endeudado, y era un bruto arrogante; su hijo era como él.
La señora Gale le tendió el pan.
—Corte el pan, mujer —dijo su huésped, y la «mujer» lo cortó. De haber seguido sus inclinaciones, también habría cortado al coadjutor; su alma de Yorkshire se rebelaba contra su forma de dar órdenes.
Los coadjutores tenían buen apetito y, aunque el buey estaba «duro», dieron buena cuenta de él. Engulleron también una cantidad apreciable de la «cerveza insípida» mientras desaparecían, como las hojas devoradas por las langostas, un pudín de Yorkshire y dos fuentes de verdura. También el queso recibió distinguida muestra de su atención, y el «pastel especiado», que siguió a modo de postre, desapareció como por ensalmo y nunca más se supo de él. Su elegía la entonó en la cocina Abraham, el hijo y heredero de la señora Gale, un niño de seis veranos; había contado con su regreso y, cuando su madre llegó con el plato vacío, alzó la voz y lloró amargamente.
Los coadjutores, mientras tanto, seguían sentados bebiendo vino: un caldo de una cosecha sin pretensiones, que disfrutaron moderadamente. El señor Malone, de hecho, hubiera preferido con mucho beber whisky, pero el señor Donne, que era inglés, no disponía de tal licor. Mientras bebían, discutían, no de política, ni de filosofía, ni de literatura —estos temas carecían totalmente, entonces como siempre, de interés para ellos—, ni siquiera de teología, ni práctica ni doctrinal, sino sobre puntos nimios de la disciplina eclesiástica, frivolidades que parecían vacías como burbujas a todos menos a ellos. El señor Malone, que se las compuso para hacerse con dos vasos de vino, mientras sus hermanos se contentaban con uno, fue alegrándose poco a poco a su modo, es decir, se mostró algo insolente, soltó groserías con tono intimidatorio y rió estruendosamente para celebrar su propio ingenio.
Sus compañeros se convirtieron, por turno, en blanco de sus bromas. Malone disponía para su servicio de una buena retahíla de ellas, que tenía la costumbre de utilizar regularmente en ocasiones festivas como la presente, variando raras veces sus ocurrencias, lo cual no era en realidad necesario, puesto que no parecía considerarse jamás aburrido y no le importaba lo más mínimo lo que opinaran los demás. Al señor Donne le obsequió con indirectas sobre su extrema delgadez, alusiones a su nariz respingona, sarcasmos hirientes sobre cierta levita raída de color chocolate que dicho caballero solía lucir siempre que llovía o parecía probable que lloviera, y críticas sobre una serie escogida de frases en cockney londinense y formas de pronunciación, propias del señor Donne, que ciertamente merecían destacarse por la elegancia y refinamiento que conferían a su estilo.
Del señor Sweeting se burló por su estatura —era un hombre bajo, con una complexión de adolescente, comparado con el atlético Malone—; se rió de sus dotes musicales —tocaba la flauta y cantaba himnos como un querubín (así opinaban algunas de las señoras de su parroquia)—; le llamó «perrito faldero» con desprecio; se mofó de su mamá y sus hermanas, por las que el pobre señor Sweeting sentía aún cierta estima, y sobre las que era lo bastante tonto para hacer algún que otro comentario en presencia de aquel Paddy [6] del clero, en cuya anatomía se habían omitido por alguna razón las entrañas donde residen los afectos naturales.
Cada una de las víctimas recibió esos ataques a su manera: el señor Donne, con una pomposa suficiencia y una flema algo taciturna, único sostén de su dignidad, por lo demás maltrecha; el señor Sweeting, con la indiferencia de un carácter despreocupado y afable, que jamás pretendía poseer una dignidad que hubiera de mantener.
Cuando las burlas de Malone se volvieron demasiado ofensivas, lo que no tardó mucho en ocurrir, ambos aunaron sus esfuerzos para volver las tornas, preguntándole cuántos mozalbetes le habían gritado al pasar «¡Peter irlandés!» (el nombre de pila de Malone era Peter, el reverendo Peter Augustus Malone); quisieron que les informara de si era moda en Irlanda que los clérigos llevaran pistolas cargadas en el bolsillo y un garrote en la mano cuando hacían visitas pastorales; inquirieron el significado de palabras como vele, firrum, hellumo storrum (así pronunciaba Malone invariablemente vela, firme, timón y tormenta) [7] ; y emplearon para desquitarse cuantos métodos les sugirió el innato refinamiento de su intelecto.