Esto, claro está, no sirvió de nada. Malone, que no tenía buen carácter ni era flemático, fue presa de un violento ataque de ira. Vociferó, gesticuló; Donne y Sweeting se rieron. Él los insultó llamándolos sajones y esnobs con el tono más alto de su aguda voz gaélica; ellos le echaron en cara haber nacido en una tierra conquistada. Él amenazó con rebelarse en nombre de su counthry [8] y dio rienda suelta a su amargo odio al dominio inglés; ellos hablaron de andrajos, mendicidad y pestilencia. La salita se había convertido en un campo de batalla; hubiérase dicho que ante tantos y tan virulentos insultos, el duelo era inminente; parecía increíble que el señor y la señora Gale no se alarmaran por semejante alboroto y enviaran a buscar a un alguacil para que reinstaurara el orden. Pero estaban acostumbrados a tales manifestaciones; sabían muy bien que los coadjutores jamás comían ni tomaban el té sin un pequeño ejercicio de aquel género, y no temían en absoluto las consecuencias, sabiendo como sabían que aquellas disputas clericales eran tan inofensivas como ruidosas, que quedaban en agua de borrajas y que, cualesquiera que fueran las condiciones en que se despidieran los coadjutores por la noche, a la mañana siguiente volverían a ser con toda seguridad los mejores amigos del mundo.
Mientras la respetable pareja permanecía sentada frente al fuego del hogar en la cocina, escuchando el sonoro y repetido contacto del puño de Malone con la superficie de caoba de la mesa de la salita y los consiguientes golpes y tintineos de licoreras y vasos tras cada asalto, la risa burlona de los contendientes ingleses aliados y el tartamudeo de las protestas del aislado hibernés; mientras estaban así sentados, oyeron pasos en los peldaños de la puerta principal y la aldaba se estremeció con un fuerte golpe.
El señor Gale se dirigió a la puerta y la abrió.
—¿A quién tienen ustedes arriba, en la salita? —preguntó una voz, una voz peculiar, de tono nasal y pronunciación entrecortada.
—¡Oh!, señor Helstone, ¿es usted, señor? Apenas lo distingo en la oscuridad; ahora anochece tan pronto. ¿No quiere usted entrar, señor?
—Primero quiero saber si merece la pena entrar. ¿A quién tiene arriba?
—A los coadjutores, señor.
—¡Qué! ¿A todos?
—Sí, señor.
—¿Comiendo aquí?
—Sí, señor.
—Está bien.
Con estas palabras, entró una persona: un hombre de mediana edad vestido de n***o. Atravesó la cocina directamente hacia la otra puerta, la abrió, inclinó la cabeza y se quedó a la escucha. Desde luego había qué escuchar, pues arriba el ruido era justamente entonces más fuerte que nunca.
—¡Eh! —exclamó para sí; luego, volviéndose hacia el señor Gale, añadió—: ¿Tienen ustedes que soportar este jaleo a menudo?
El señor Gale había sido mayordomo [9] y se mostraba indulgente con el clero.
—Son jóvenes, ¿comprende, señor?, son jóvenes —dijo con tono de desaprobación.
—¡Jóvenes! Una buena vara es lo que necesitan. ¡Malos!, ¡malos! Si fuera usted un evangelista disidente [10] en lugar de ser un hombre de la Iglesia como Dios manda, harían lo mismo: se pondrían en evidencia; pero yo…
A modo de conclusión de la frase, traspasó la puerta, la cerró tras él y subió la escalera. Una vez más se detuvo a escuchar unos minutos cuando llegó a la habitación de arriba. Entró sin avisar y se halló frente a los coadjutores.
Y éstos callaron; se quedaron paralizados, igual que el intruso. Él —un personaje corto de estatura, pero de porte erguido y con cabeza, ojos y pico de halcón sobre los anchos hombros, coronado todo ello por un Roboam [11] , o sombrero de teja, que no consideró necesario alzar o quitarse en presencia de los que ante sí tenía— se cruzó de brazos y examinó a sus amigos —si tal eran— con toda tranquilidad.
—¡Cómo! —empezó, articulando las palabras con una voz que ya no era nasal sino grave, más que grave: una voz deliberadamente hueca y cavernosa—. ¡Cómo! ¿Se ha renovado el milagro de Pentecostés? ¿Han vuelto a descender las lenguas que se dividen? ¿Dónde están? Su sonido llenaba la casa entera hace apenas unos instantes. He oído las diecisiete lenguas en todo su esplendor: partos, medos y elamitas, los moradores de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, de Ponto y de Asia, los de Frigia, de Panfilia y de Egipto, los de la Libia, colindante con Cirene, y los que han venido de Roma, tanto judíos como prosélitos, los cretenses y los árabes; todos ellos debían de estar representados en esta habitación hace dos minutos [12] .
—Le ruego que me perdone, señor Helstone —empezó diciendo el señor Donne—. Tome asiento, por favor, señor. ¿Quiere un vaso de vino?
Sus cortesías no recibieron respuesta; el halcón de la levita negra prosiguió:
—¿Qué digo yo del don de lenguas? ¡Menudo don! He equivocado el capítulo, el libro y el testamento: el Evangelio por la Ley, Hechos por el Génesis y la ciudad de Jerusalén por la llanura de Shinar. No era el don sino la confusión de las lenguas lo que se parloteaba y me ha dejado sordo como una tapia. ¿Apóstoles, ustedes? ¡Cómo!, ¿ustedes tres? Desde luego que no. Tres engreídos albañiles de Babel es lo que son, ¡ni más ni menos!
—Le aseguro, señor, que nos limitábamos a charlar bebiendo un vaso de vino después de una amigable comida, poniendo a los disidentes en su sitio.
—¡Oh! ¿Así que poniendo a los disidentes en su sitio? ¿Ponía Malone a los disidentes en su sitio? A mí me ha parecido más bien que ponía en su sitio a sus compañeros apóstoles. Se estaban peleando, haciendo casi tanto ruido, ustedes tres solos, como Moses Barraclough, el sastre predicador, y todos los que le escuchan allá abajo, en la capilla metodista, donde se hallan en el fragor de una asamblea evangelista. Yo sé quién tiene la culpa; la culpa es suya, Malone.
—¿Mía, señor?
—Suya, señor. Donne y Sweeting estaban tranquilos antes de que usted llegara, y tranquilos estarían si se marchara usted. Ojalá hubiera dejado atrás sus costumbres irlandesas cuando cruzó el canal. Los hábitos de un estudiante de Dublín no son apropiados aquí; las maneras que tal vez pasen desapercibidas en un pantano salvaje o en una zona montañosa de Connaught, harán recaer la deshonra en quienes las adopten en una parroquia inglesa decente y, peor aún, en la sagrada institución de la que son únicamente unos humildes apéndices.
Había cierta dignidad en la forma en que el menudo y anciano caballero reprendía a aquellos jóvenes, aunque no era, quizá, la dignidad más apropiada para la ocasión. El señor Helstone —más tieso que una vela—, con el rostro afilado de un milano y pese a su sombrero clerical, su levita negra y sus polainas, tenía más el aire de un veterano oficial reprendiendo a sus subalternos que el de un sacerdote venerable exhortando a sus hijos en la fe. La bondad evangélica, la benevolencia apostólica no parecían haber extendido su influencia sobre aquel afilado semblante moreno, pero la firmeza había fijado las facciones y la sagacidad había esculpido sus arrugas en torno a ellas.
—Me he encontrado con Supplehough —prosiguió—, que caminaba a marchas forzadas por el barro en esta noche lluviosa para ir a predicar a la iglesia rival de Milldean. Como les decía, he oído a Barraclough bramando en su conciliábulo de disidentes como un toro poseso; y a ustedes, caballeros, los encuentro perdiendo el tiempo con media pinta de oporto turbio y riñendo como viejas arpías. No es de extrañar que Supplehough haya sumergido en el agua a dieciséis adultos convertidos a su fe en un solo día, como ocurrió hace una quincena; no es de extrañar que Barraclough, que no es más que un pícaro y un hipócrita, atraiga a todas las tejedoras, con sus flores y sus cintas, para ser testigos de que sus nudillos son más fuertes que el borde de madera de su púlpito; como tampoco es de extrañar que demasiado a menudo, dejados de la mano, sin el respaldo de sus rectores, Hall y Boultby y yo mismo, celebren ustedes el oficio divino para las paredes desnudas de nuestra iglesia, y lean su pequeño y árido sermón para el sacristán, el organista y el bedel [13] . Pero, basta ya de este asunto; he venido a ver a Malone; tengo un encargo para ti [14] , ¡oh, capitán!
—¿Cuál? —inquirió Malone, descontento—, no puede haber ningún funeral a esta hora del día.
—¿Lleva usted armas encima?
—¿Armas, señor? Sí, y piernas —dijo, y enseñó los fuertes miembros.
—¡Bah! Me refiero a armas de fuego [15] .
—Llevo las pistolas que me dio usted mismo; nunca me separo de ellas, las dejo amartilladas en una silla junto a mi cama por la noche. Llevo mi garrote.
—Muy bien. ¿Querrá ir a la fábrica de Hollow?
—¿Qué ocurre en la fábrica de Hollow?
—Todavía nada, ni ocurrirá quizá, pero Moore está solo allí, pues ha enviado a Stilbro a todos los obreros en los que puede confiar; únicamente han quedado con él dos mujeres. Sería una buena oportunidad para que alguno de sus amigos le hiciera una visita, sabiendo que tiene el camino despejado.
—No soy uno de sus amigos, señor; me trae sin cuidado.
—¡Vaya! Malone, tiene usted miedo.
—Ya sabe usted que no. Si realmente creyera que existe la posibilidad de que haya jaleo, iría, pero Moore es un hombre extraño y receloso al que nunca he conseguido entender, y no daría un solo paso por disfrutar de su compañía.
—Pero es que la posibilidad de que haya jaleo existe; aunque no se produzca un auténtico motín, de lo que ciertamente no veo señales, es improbable que la noche transcurra sin incidentes. Ya sabe usted que Moore ha decidido adquirir la nueva maquinaria y espera que esta noche lleguen de Stilbro dos carros cargados con telares y máquinas tundidoras. Scott, el capataz, y unos cuantos hombres escogidos han ido a buscarlos.
—Los traerán con toda seguridad y tranquilidad, señor.
—Eso dice Moore, y afirma que no necesita a nadie; sin embargo, alguien tendrá que ir, aunque sólo sea como testigo por si ocurriera algo. A mí me parece muy imprudente. Moore está en la oficina de contabilidad con las persianas abiertas; va por ahí de noche, se pasea por la hondonada, bajando por el camino de Fieldhead, entre las plantaciones, como si fuera estimado en la vecindad, o, dado que lo detestan, como si fuera el «favorito de la fortuna», como dicen en los cuentos. No le ha servido de lección el destino de Pearson ni el de Armitage, muertos a tiros, uno en su propia casa y el otro en el páramo.
—Pero debería servirle de lección, señor, y también hacerle tomar precauciones —intervino el señor Sweeting—, y creo que las habría tomado si hubiera oído lo mismo que yo oí el otro día.
—¿Qué oyó usted, Davy?
—¿Conoce usted a Mike Hartley, señor?
—¿El tejedor antinomista [16] ?
—Después de varias semanas seguidas sin parar de beber, Mike suele acabar visitando la vicaría de Nunnely para decirle al señor Hall lo que opina sobre sus sermones, denuncia la horrible tendencia de su doctrina sobre las obras, y le advierte de que tanto él como los que le escuchan se hallan sumidos en las tinieblas.
—Bueno, eso no tiene nada que ver con Moore.