Capítulo 1
Emily
El garaje huele como huele siempre a esta hora: a aceite que se enfría, a gasolina evaporada, a caucho al que se le ha exigido demasiado, y a ese leve regusto metálico que vive permanentemente bajo mis uñas por mucho que me las friegue. Me gusta. Sé que no debería admitirlo en voz alta, porque cuando lo he hecho otras veces, la gente me mira como se mira a alguien que te dice que le gusta el olor de los pasillos de hospital, pero es la verdad. Este olor es lo más parecido que tengo a un dormitorio de infancia. Huele a algo que me pertenece.
Me limpio las manos en la pechera del mono y echo los hombros hacia atrás hasta que algo hace clic en algún punto entre los omóplatos. Doce horas. Mi reloj marca doce horas, y mi espalda lo confirma, y la base del cuello empieza a mandarme ese dolor ardiente y particular al músculo que significa que he estado demasiado rato inclinada sobre el vano de un motor sin darme cuenta. No me doy cuenta de esas cosas cuando estoy trabajando. Eso es, supongo, lo mejor y lo peor de mí.
Los fluorescentes del techo zumban. Uno, el de la cabina dos, lleva una semana entera sonando más fuerte cada noche, y una de estas tardes voy a tener que subir la escalera y cambiar yo misma el cebador, porque Tony no lo ha hecho y Tony no piensa hacerlo. Tony no hace nada que no implique gruñirle a alguien o dar un portazo a un archivador.
Llevo seis meses en De Blasi Auto Repair. Seis meses y once días, si quiero ser exacta, y normalmente quiero, porque la exactitud es uno de los pocos lujos que alguien como yo puede permitirse. Cuando no tienes familia, ni una cuenta de ahorros que merezca la pena mencionar, ni nadie que vaya a darse cuenta seguro de si no vuelves a casa esta noche, aprendes a llevar tú misma la cuenta de tus días. Tienes que ser tu propio testigo.
Hace seis meses y once días, entré aquí con un currículum que había mecanografiado en la biblioteca, vestida con la única camisa limpia que tenía sin el logo de una escuela de mecánica, y Tony me miró de arriba abajo como si fuera un neumático usado que no sabía si conservar o desguazar. Luego dijo, sin sonreír:
—Eres pequeña.
—Soy fuerte —dije.
—Eres una chica.
—Ya me he dado cuenta.
Gruñó. Sigo sin saber si fue una risa o una advertencia, pero señaló el mono colgado del gancho junto a la oficina y dijo:
—Empiezas el lunes. A las seis en punto. Si llegas tarde, estás fuera.
Nunca he llegado tarde. Ni una sola vez. Ni siquiera la mañana que el tren F decidió morir entre DeKalb y Atlantic y corrí las últimas doce manzanas con el cinturón de herramientas golpeándome la cadera.
Los demás se fueron sobre las diez. Manny se despidió levantando dos dedos del volante de su camioneta. Dev dijo:
—¿Te quedas?
—Me quedo —dije.
—Chica, me haces quedar mal.
—Ya quedas mal tú solo, Dev.
Se rio. Tiene una risa agradable. Está casado, con dos hijos, y me enseña fotos de ellos cada lunes como si yo pudiera haber olvidado qué aspecto tienen desde el lunes anterior, y nunca le digo que no me importa, porque es verdad. Me gustan las fotos. La pequeña tiene un hueco entre los dientes de delante donde cabría una bicicleta.
Ahora es pasada la medianoche, y tengo todo el local para mí sola, que es como lo prefiero. Cuando estoy sola, el garaje parece una catedral. Cada golpe resuena. Cada gota de refrigerante hace un diminuto sonido de cúpula contra el cemento. El aire es fresco cerca de las puertas enrollables y más cálido junto a los elevadores, y si me quedo muy quieta puedo oír el refrigerador del cuarto de descanso tictaqueando su ciclo, y la respiración mecánica y grave del compresor, y en algún lugar lejano de Atlantic Avenue una sirena que sube y luego se aleja.
El Mustang está casi listo. Es un fastback del 68, verde oscuro, de ese verde oscuro que parece n***o hasta que le da la luz del sol desde el ángulo adecuado. La transmisión era un desastre cuando llegó: sincronizadores masticados, la junta de la caja agrietada, alguien le había puesto el fluido equivocado en algún momento de los noventa y lo dejó para que meditara sobre sus pecados. Pero me lo he tomado con calma y ahora está casi lista para volver a casa con quien la quiera. Aprieto el último perno del travesaño, buscando esa cesión concreta en la muñeca que significa que he llegado a la cifra exacta, y luego la bajo del elevador con el zumbido lento y paciente de una buena hidráulica.
—Ya está, preciosa ..le digo, porque hablo con los coches, y porque aquí no hay nadie para burlarse de mí por ello . Intenta ser más amable con tu próximo mecánico. No va a saber lo que hace .
Limpio mis herramientas. Siempre limpio mis herramientas. Mi juego de llaves barato recibe la misma ternura que un cirujano le daría a un bisturí, porque mi juego de llaves barato es lo que paga mi alquiler. Llevo la caja de herramientas a su rincón. Barro las pequeñas virutas metálicas alrededor del elevador con la escoba de empujar. Hago una última ronda, porque Tony me ha dicho cien veces que la última ronda es la que mantiene baja la prima del seguro. Revisar los elevadores. Revisar el compresor. Revisar las bandejas de drenaje. Revisar las puertas. Revisar...
Algo en el elevador tres me llama la atención.
El elevador tres no es mi elevador. El elevador tres es el elevador de Manny, o era el elevador de Manny hoy, y hay un coche subido allí bajo la lámpara de trabajo amarilla que apenas noté cuando entré de turno esta tarde. Es un Porsche. Un 911, rojo, de la generación actual, de ese rojo que parece que quiere que sepas cuánto ha costado. No he tocado este coche. No está en mi hoja de trabajo. No es, técnicamente, asunto mío.
Pero algo en él está mal.
No sé, de inmediato, qué es lo que está mal. Así funcionan los coches ...igual, imagino, que funciona con las personas, si has estado cerca de ellas el tiempo suficiente... Sientes primero la anomalía, en un lugar más profundo que el lenguaje, y luego tienes que acercarte y dejar que tus ojos alcancen a tus instintos.
Me acerco.
Rodeo la parte delantera del Porsche lentamente. Agacho la cabeza bajo el guardabarros. Los bajos están limpios, como están siempre los bajos de coches como este, porque sus dueños los conducen de un garaje con calefacción a un aparcacoches y viceversa y creen que eso cuenta como propiedad. Nada en el lado del conductor. Nada en el