CAPÍTULO II
LOS CARROS
Era noche cerrada: grises nubes tormentosas apagaban estrellas y luna; grises habrían sido de día, de noche parecían negras. Malone no era un hombre dado a la atenta observación de la Naturaleza, cuyos cambios le pasaban, en su mayor parte, desapercibidos; podía caminar durante kilómetros en un día de abril de lo más variable y no ver en ningún momento el hermoso jugueteo entre la tierra y los cielos, no percibir jamás cuándo un rayo de sol besaba las cimas de las colinas, arrancándoles una clara sonrisa bajo la verde luz, ni cuándo las barría la lluvia, ocultando sus crestas entre la suelta y desordenada cabellera de una nube. Así pues, no se molestó en comparar el cielo tal como aparecía entonces —una bóveda embozada y chorreante, toda negra salvo hacia el este, donde los hornos de las fundiciones de Stilbro arrojaban un resplandor lívido y trémulo en el horizonte— con ese mismo cielo de una noche de helada y sin nubes. No se molestó en preguntarse adonde habían ido planetas y constelaciones, ni en lamentarse por la serenidad «negroazulada» del aire-océano tachonado de esas blancas isletas bajo el que otro océano, de un elemento más denso y pesado, se ondulaba y ocultaba. Se limitó a seguir su camino obstinadamente, inclinándose un poco mientras caminaba y llevando el sombrero en la coronilla, lo cual constituía uno de sus hábitos irlandeses. Avanzaba con dificultad por la carretera empedrada, donde el camino se envanecía del privilegio de tal comodidad; caminaba chapoteando por las roderas llenas de barro, donde el empedrado era sustituido por un lodo blanduzco. No buscaba más que ciertos puntos de referencia: la aguja de la iglesia de Briarfield; más adelante, las luces de Redhouse. Se trataba de una posada y, cuando llegó a ella, el resplandor del fuego a través de una ventana con la cortina a medio correr y la visión de vasos sobre una mesa redonda y de unos juerguistas en un banco de roble estuvo a punto de apartar al coadjutor de su camino. Pensó con afán en un vaso de whisky con agua; en otro lugar habría hecho realidad ese sueño inmediatamente, pero el grupo reunido en aquella cocina estaba formado por feligreses del señor Helstone; todos le conocían. Suspiró y pasó de largo.
Debía abandonar la carretera en aquel punto, puesto que la distancia que le quedaba por recorrer hasta la fábrica de Hollow podía reducirse considerablemente atajando campo a través. Los campos eran llanos y monótonos; Malone siguió una ruta que los atravesaba directamente, saltando setos y muros. No pasó más que por un edificio, que parecía grande y tenía aires de casa solariega, aunque irregular: podía verse un alto gablete, luego un denso montón de elevadas chimeneas; detrás había unos cuantos árboles. Estaba a oscuras, ni una sola bujía brillaba en las ventanas; estaba sumida en un completo silencio: la lluvia que discurría por los canalones y el silbido del viento, violento pero bajo, alrededor de las chimeneas y entre las ramas eran lo único que se oía en torno a la casa.
Pasado este edificio, los campos, llanos hasta entonces, descendían en rápida pendiente; era evidente que acababan en un valle, por el que se oía correr el agua. Una luz brillaba al final de la pendiente: hacia aquel faro se desvió Malone.
Llegó a una casita blanca —se veía que era blanca incluso en medio de aquella densa oscuridad— y llamó a la puerta. La abrió una criada de tez rubicunda; la bujía que llevaba iluminó un estrecho pasillo que terminaba en una escalera angosta. Dos puertas tapizadas de bayeta de color carmesí y la alfombra carmesí que cubría la escalera contrastaban con las paredes de color claro y el suelo blanco; daban al pequeño interior un aspecto limpio y fresco.
—El señor Moore está, supongo.
—Sí, señor, pero no en la casa.
—¡No está en la casa! ¿Dónde está entonces?
—En la fábrica, en la oficina de contabilidad.
En aquel momento se abrió una de las puertas de color carmesí.
—¿Han llegado los carros, Sarah? —preguntó una voz femenina, y al mismo tiempo apareció una cabeza de mujer. Puede que no fuera la cabeza de una diosa (de hecho, los papeles de rizar envueltos que llevaba en ambas sienes impedían completamente hacer tal suposición), pero tampoco era la cabeza de una Gorgona. Sin embargo, Malone pareció verla bajo esta última forma. Con toda su corpulencia, retrocedió tímidamente bajo la lluvia ante aquella visión y, diciendo: «Voy a buscarlo», recorrió presuroso un corto camino, visiblemente turbado, y atravesó un oscuro patio en dirección a una enorme fábrica negra.
La jornada laboral había concluido; la «mano de obra» se había marchado ya; la maquinaria se hallaba en reposo; la fábrica estaba cerrada. Malone rodeó el edificio; en algún lugar de su gran pared lateral ennegrecida halló otro resquicio de luz; llamó a otra puerta, utilizando para tal fin el grueso extremo de su garrote, con el que dio una vigorosa sucesión de golpes. Una llave giró; la puerta se abrió.
—¿Eres Joe Scott? ¿Qué noticias hay de los carros, Joe?
—No… soy yo. Me envía el señor Helstone.
—¡Oh! Señor Malone. —La voz sonó con otra levísima cadencia de decepción al pronunciar ese nombre. Tras unos instantes de pausa, continuó, cortésmente, pero con cierta formalidad—: Pase, señor Malone, se lo ruego. Lamento extraordinariamente que el señor Helstone haya creído necesario molestarle enviándole tan lejos; no había necesidad alguna. Se lo he dicho, y en una noche como ésta… pero entre.
Malone siguió al que hablaba por una oscura estancia, donde nada se distinguía, hasta una habitación interior clara e iluminada; muy clara e iluminada parecía en verdad a los ojos que durante una hora se habían esforzado por penetrar la doble oscuridad de la noche y la niebla; pero, excepto por su excelente fuego y un quinqué encendido de elegante diseño y brillante cerámica vidriada que había sobre una mesa, era un lugar realmente sencillo. No había alfombras en el suelo entarimado; las tres o cuatro sillas de respaldo alto pintadas de verde parecían haber amueblado en otro tiempo la cocina de alguna granja; una mesa de fuerte y sólida estructura, la mesa antes mencionada, y unas cuantas hojas enmarcadas en las paredes de color pétreo que representaban planos de edificación y ajardinamiento, diseños de maquinaria, etcétera, completaban el mobiliario de la pieza.
Pese a su sencillez, el aposento pareció satisfacer a Malone, quien, una vez se despojó y colgó su levita y su sombrero mojados, acercó a la chimenea una de las sillas de aspecto reumático y se sentó con las rodillas casi pegadas a las barras de la rejilla roja.
—Un lugar muy acogedor tiene usted aquí, señor Moore, perfecto para usted.
—Sí, pero mi hermana se alegraría de verle, si prefiere usted entrar en la casa.
—¡Oh, no! Las señoras están mejor solas. Nunca he sido un hombre que andara entre mujeres. ¿No me confundirá usted con mi amigo Sweeting, señor Moore?
—¡Sweeting! ¿Cuál de ellos es? ¿El caballero de la levita de color chocolate o el caballero menudo?
—El menudo, el de Nunnely. El caballero andante de las señoritas Sykes, de las que él está enamorado, de las seis a la vez, ¡ja!, ¡ja!
—En su caso, mejor que esté enamorado de todas en general que de una en particular, creo yo.
—Pero es que está enamorado de una en particular, pues cuando Donne y yo le instamos a que eligiera una entre el grupo de mujeres, nombró… ¿a quién cree usted?
—A Dora, por supuesto, o a Harriet —respondió el señor Moore con una sonrisa extraña y tranquila.
—¡Ja!, ¡ja!, es usted un excelente adivino, pero ¿qué le ha hecho pensar en esas dos?
—Que son las más altas y las más hermosas, y Dora, al menos, es la más corpulenta y, teniendo en cuenta que el señor Sweeting es bajo y de complexión menuda, he deducido que, según una regla frecuente en estos casos, prefirió su contrario.
—Está usted en lo cierto; es Dora. Pero no tiene posibilidades, ¿verdad, Moore?
—¿De qué dispone el señor Sweeting aparte de su coadjutoría?
La pregunta pareció divertir a Malone extraordinariamente; se carcajeó durante tres minutos enteros antes de responderla.
—¿De qué dispone Sweeting? Pues de su arpa, o de su flauta, que viene a ser lo mismo. Tiene una especie de reloj de imitación; ídem con un anillo; ídem con un monóculo; eso es todo.
—¿Cómo se propondría pagar siquiera lo que la señorita Sykes gasta en vestidos?
—¡Ja!, ¡ja! ¡Excelente! Se lo preguntaré la próxima vez que lo vea. Me mofaré de su presunción. Pero sin duda espera que el viejo Christopher Sykes se muestre generoso. Es rico, ¿no? Viven en una gran casa.
—Sykes tiene numerosos intereses.
—Por lo tanto debe de ser rico, ¿eh?
—Por lo tanto debe de tener muchas cosas en las que emplear su dinero, y en estos tiempos es tan probable que piense en retirar dinero de sus negocios para dotar a sus hijas como que yo sueñe con tirar mi casa para construir sobre sus ruinas una mansión tan grande como Fieldhead.
—¿Sabe qué oí el otro día, Moore?
—No, quizá que estaba a punto de efectuar ese cambio. Sus chismosos de Briarfield son capaces de decir eso y tonterías mayores.
—Que iba a alquilar usted Fieldhead. A propósito, me ha parecido un lugar deprimente cuando he pasado por delante de él esta noche. Y que su intención es instalar allí a una de las señoritas Sykes como dueña y señora; que se casa, en resumidas cuentas, ¡ja!, ¡ja! Bueno, ¿cuál es? Dora, estoy seguro; ha dicho usted que era la más hermosa.
—¡Me pregunto cuántas veces se habrá dado por sentado que iba a casarme desde que llegué a Briarfield! Me han emparejado por turnos con todas las solteras casaderas de las cercanías. Fueron las dos señoritas Wynn, primero la morena y luego la rubia. Fue la pelirroja señorita Armitage, luego la madura Ann Pearson; ahora echa usted sobre mis hombros a toda la tribu de señoritas Sykes. En qué se basan tales rumores, sólo Dios lo sabe. Yo no visito a nadie; busco la compañía femenina más o menos con la misma asiduidad que usted, señor Malone. Si alguna vez voy a Whinbury, es sólo para ver a Sykes o a Pearson en sus oficinas, donde nuestras conversaciones giran sobre temas distintos al matrimonio y nuestros pensamientos están ocupados en cosas bien diferentes de cortejos, noviazgos y dotes: la tela que no podemos vender, los obreros que no podemos emplear, las fábricas que no podemos dirigir, el adverso curso de los acontecimientos que por lo general no podemos alterar; creo que estos asuntos llenan por el momento nuestros corazones, con la casi completa exclusión de invenciones tales como el galanteo, etcétera.
—Estoy totalmente de acuerdo con usted, Moore. Si hay una idea que odie más que ninguna otra es la del matrimonio. Me refiero al matrimonio en el sentido vulgar y blando de la palabra, como una mera cuestión de sentimientos: dos estúpidos miserables que acuerdan unir su indigencia por un fantástico vínculo sentimental. ¡Bobadas! Pero una relación ventajosa como la que puede formarse en consonancia con dignidad de puntos de vista y continuidad de intereses sólidos no está tan mal, ¿eh?
—No —respondió Moore con aire ausente. El tema no parecía interesarle y no siguió con él. Tras seguir un rato mirando el fuego con aire pesaroso, volvió de repente la cabeza—. ¡Escuche! —dijo—, ¿no ha oído unas ruedas?
Se levantó, se acercó a la ventana, la abrió y aguzó el oído. Pronto volvió a cerrarla.
—Sólo es el sonido del viento, que se ha levantado —comentó—, y el arroyo que baja un poco crecido hacia el valle. Esperaba que los carros llegaran a las seis; ahora son casi las nueve.
—Hablando en serio, ¿cree que instalando esa nueva maquinaria correrá usted peligro? —preguntó Malone—. Eso es lo que piensa Helstone, al parecer.
—Ojalá las máquinas, los telares, ya estuvieran aquí, a salvo y guardados en el interior de la fábrica. Una vez instalados, desafío a los que intenten romperlos; que se atrevan a venir y carguen con las consecuencias: mi fábrica es mi castillo.