—Esos canallas sinvergüenzas son despreciables —señaló Malone, en una profunda vena reflexiva—. Casi me gustaría que esta noche apareciera por aquí un grupo, pero el camino estaba extremadamente tranquilo cuando he pasado yo; no he visto moverse ni una sombra.
—¿Ha pasado por la Redhouse?
—Sí.
—No habría visto nada por allá; es de Stilbro de donde viene el peligro.
—¿Y cree usted que existe ese peligro?
—Lo que esos individuos han hecho a otros podrían hacérmelo a mí. Sólo hay una diferencia: la mayoría de los industriales parecen quedarse paralizados cuando los atacan. Sykes, por ejemplo, cuando prendieron fuego a su fábrica de apresto, cuando arrancaron la tela de sus bastidores y dejaron los jirones en pleno campo, no dio ningún paso para descubrir o castigar a los muy bellacos; se rindió con la misma docilidad de un conejo en las fauces de un hurón. Pues bien, por mi parte yo defenderé mi negocio, mi fábrica y mi maquinaria.
—Helstone dice que esos tres son sus dioses, que las Reales Ordenes [19] son para usted otra manera de nombrar los siete pecados capitales, que Castlereagh [20] es su Anticristo y los partidarios de la guerra sus legiones.
—Sí, aborrezco todas esas cosas porque me arruinan, se interponen en mi camino; no puedo seguir adelante. No puedo llevar a la práctica mis planes por su culpa; a cada momento me veo obstaculizado por sus efectos adversos.
—Pero usted es rico y emprendedor, Moore.
—Soy muy rico en telas que no puedo vender; debería usted entrar en mi almacén y observar que está lleno de piezas hasta los topes. Roakes y Pearson se hallan en la misma situación; antes su mercado era América, pero las Reales Ordenes han acabado con eso.
Malone no parecía dispuesto a enzarzarse en una conversación de ese tipo; empezó ajuntar los talones de sus botas y a bostezar.
—Y pensar además —continuó el señor Moore, que parecía demasiado enfrascado en la corriente de sus pensamientos para advertir los síntomas de ennui de su invitado—, ¡pensar que esas ridículas chismosas de Whinbury y Briarfield seguirán importunándome para que me case! Como si no hubiera nada más que hacer en la vida que «fijarse», como dicen ellas, en una señorita, y luego pasar por la vicaría con ella, y luego iniciar un viaje de bodas, y luego hacer toda una ronda de visitas, y luego, supongo, «tener familia». Oh, que le diable emporte [21] …! —Interrumpió la expresión del deseo al que iba a lanzarse con cierta energía, y añadió, con más calma—: Creo que las mujeres hablan y piensan sólo en esas cosas, y naturalmente, imaginan que los pensamientos de los hombres están ocupados de forma similar.
—Por supuesto, por supuesto —asintió Malone—, pero no se preocupe por ellas. —Y soltó un silbido, miró a un lado y a otro con impaciencia y pareció sentir una gran necesidad de algo. Esta vez Moore se percató y, al parecer, comprendió sus manifestaciones.
—Señor Malone —dijo—, necesitará tomar algo después de su húmeda caminata; he olvidado las normas de la hospitalidad.
—En absoluto —replicó Malone, pero su expresión daba a entender que por fin había dado en el clavo. Moore se levantó y abrió un armario.
—Me gusta —dijo— disponer de todas las comodidades a mi alcance y no depender de las féminas de la casa para cada bocado que doy y cada gota que bebo. A menudo paso la velada y ceno aquí solo, y duermo con Joe Scott en la fábrica. Algunas veces hago de vigilante; no necesito dormir mucho y me agrada pasear con mi mosquete durante un par de horas por el valle en una buena noche. Señor Malone, ¿sabe usted cocinar una chuleta de cordero?
—Póngame a prueba; lo hice cientos de veces en la universidad.
—Pues tengo una fuente llena y una parrilla. Hay que darles la vuelta rápidamente; ¿conoce usted el secreto para que queden jugosas?
—No tema… ya verá. Deme un tenedor y un cuchillo, por favor.
El coadjutor se remangó las mangas de la levita y se aplicó con brío a la tarea de cocinar. El industrial colocó sobre la mesa platos, una barra de pan, una botella negra y dos vasos. Luego sacó un pequeño hervidor de cobre —también del bien provisto escondrijo, su armario—, lo llenó con agua de una gran jarra de piedra que había en un rincón, lo depositó en el fuego junto a la siseante parrilla, sacó limones, azúcar y un pequeño recipiente de ponche de porcelana; pero cuando preparaba el ponche, un golpe en la puerta desvió su atención.
—¿Eres tú, Sarah?
—Sí, señor. ¿Querría usted venir a cenar, por favor, señor?
—No, esta noche no iré, dormiré en la fábrica. Conque cierra las puertas y dile a tu señora que se acueste. —Volvió a la mesa.
—Tiene usted la casa bien organizada —comentó Malone con aprobación mientras, con el bello rostro enrojecido como las ascuas sobre las que se inclinaba, daba vueltas con regularidad a las chuletas de cordero—. No se deja gobernar por las faldas, como el pobre Sweeting; un hombre… ¡fiuuu!, ¡cómo chisporrotea la grasa!, me ha quemado la mano, un hombre destinado a que le manden las mujeres. Pero usted y yo, Moore… aquí tengo una buena chuleta bien jugosa y muy hecha para usted. Usted y yo no tendremos yeguas en los establos cuando nos casemos.
—No sé, nunca pienso en eso. Si la yegua es hermosa y dócil, ¿por qué no?
—Las chuletas están hechas, ¿está preparado el ponche?
—Ahí tiene un vaso lleno, pruébelo. Lo compartiremos con Joe Scott y sus compañeros cuando vuelvan, siempre que traigan los telares intactos.
Durante la cena, Malone experimentó una creciente euforia: se rió estrepitosamente de cualquier nadería; hizo chistes malos y se aplaudió a sí mismo; y, en resumidas cuentas, se volvió absurdamente ruidoso. Su anfitrión, por el contrario, siguió tan tranquilo como antes. Es hora ya, lector, de que tengas alguna idea sobre el aspecto de ese anfitrión; debo esforzarme en describirlo mientras está sentado a la mesa.
Se trata de lo que seguramente a primera vista calificaríamos como un hombre extraño, pues es delgado, moreno y de tez cetrina, con una apariencia de extranjero muy acusada, con cabellos oscuros que caen al descuido sobre la frente: al parecer no dedica mucho tiempo a su aseo personal, pues de lo contrario se lo peinaría con mejor gusto. Parece no darse cuenta de que tiene bellas facciones, de una simetría meridional, con claridad y regularidad en su cincelado; tampoco un observador se percata de ese atributo hasta haberlo examinado bien, pues su semblante inquieto y un perfil del rostro hundido, casi macilento, perturba la idea de belleza con otra de preocupación. Sus ojos son grandes y graves y grises; su expresión es atenta y reflexiva, más penetrante que suave, más pensativa que cordial. Cuando entreabre los labios en una sonrisa, su fisonomía es agradable, no porque sea franca o alegre, ni siquiera entonces, sino porque se nota la influencia de cierto encanto sosegado que sugiere, sea verdad o ilusión, una naturaleza considerada, quizá incluso bondadosa, y unos sentimientos que pueden ser duraderos: paciencia, indulgencia, posiblemente fidelidad. Aún es joven; no sobrepasa los treinta; es alto de estatura y de figura esbelta. Su forma de hablar desagrada: tiene un acento extranjero que, pese a su estudiada indiferencia por la pronunciación y la dicción, rechina a los oídos británicos, sobre todo si son de Yorkshire.
El señor Moore en realidad no es más que medio britano, y a duras penas. Sus antepasados eran extranjeros por parte de madre y él mismo había nacido, y crecido en parte, en suelo extranjero. De naturaleza híbrida, es probable que tuviera sentimientos ambivalentes sobre muchos aspectos: el patriotismo, por ejemplo; es posible que fuera incapaz de sentir apego por partidos políticos y sectas, o incluso por climas y costumbres; no es imposible que tuviera tendencia a aislar su persona individual de cualquier comunidad en la que su suerte pudiera empeorar temporalmente, ni que creyese que lo más sensato era defender los intereses de Robert Gérard Moore, sin incluir una consideración filantrópica por los intereses generales, de los que consideraba al mencionado Gérard Moore desligado en gran medida. El comercio era la vocación heredada del señor Moore: dos siglos habían visto generaciones de Gérards mercaderes, pero las incertidumbres, las contingencias del negocio se habían abatido sobre ellos; especulaciones desastrosas habían debilitado paulatinamente los cimientos de su crédito; la casa había resistido sobre su tambaleante base durante una docena de años y, por fin, con la conmoción de la Revolución francesa, se había precipitado su ruina total. En su caída había arrastrado a la firma inglesa Moore, de Yorkshire, muy vinculada a la casa de Amberes, y uno de cuyos socios, Robert Moore, residente en esta ciudad, se había casado con Hortense Gérard con la perspectiva de que la novia heredara la participación de su padre, Constantine Gérard, en el negocio. No heredó, como hemos dicho, más que su parte de las acciones en la firma, y de estas acciones, aunque debidamente anuladas por un acuerdo con los acreedores, se decía que su hijo Robert las había aceptado, a su vez, como herencia, y que aspiraba a rehabilitarlas algún día y a reconstruir la firma hundida de Gérard y Moore a una escala cuando menos igual a su antigua grandeza. Se suponía incluso que se tomaba muy a pecho las circunstancias pasadas y, si una infancia junto a una madre melancólica, bajo el presagio de un mal próximo, y una juventud destrozada y empapada por la cruel llegada de la tormenta podían dejar una dolorosa huella en el espíritu, seguramente ni infancia ni juventud estaban impresas en el suyo en letras de oro.
Si bien su gran empeño era la perspectiva de la restauración, no tenía facultad para emplear grandes medios a fin de conseguirlo; se veía obligado a contentarse con las pequeñas cosas cotidianas. Al llegar a Yorkshire, él —cuyos antepasados habían sido dueños de tinglados en varios puertos marítimos y de fábricas en varias localidades del interior, y habían disfrutado de casa en la ciudad y de casa en el campo— no vio más solución ante sí que alquilar una fábrica textil en un rincón remoto de una zona remota, ocupar una casita contigua como residencia y, para aumentar sus posesiones, como pasto para su caballo y espacio para sus bastidores de tela, unos cuantos acres del terreno empinado y desigual que bordeaba la hondonada por la que discurría impetuosa el agua que pasaba por su saetín. Todo ello lo tenía pagando un alquiler bastante alto (pues aquellos tiempos de guerra eran duros y todo era caro) a los administradores de la finca de Fieldhead, que era entonces propiedad de un menor.
En la época en que esta historia comienza, Robert Moore no llevaba viviendo más de dos años en la zona, periodo durante el cual había demostrado al menos que poseía el atributo de la vitalidad. La sucia casita se había convertido en una residencia pulcra y de buen gusto. Una parte del terreno agreste la había convertido en huertos, que cultivaba con precisión y esmero singulares, propios de un flamenco. En cuanto a la fábrica, que era un viejo edificio equipado con maquinaria vieja, que estaba anticuada y había perdido toda su utilidad, Moore había expresado desde un principio un fuerte desprecio por su equipamiento y sus estructuras: su propósito había consistido en llevar a cabo una reforma radical, que había ejecutado con la mayor rapidez que permitía su limitadísimo capital, y la estrechez de ese capital, con el freno consiguiente en sus avances, era un obstáculo que mortificaba grandemente su ánimo. Moore quería avanzar sin parar; «adelante» era la divisa grabada en su alma; pero la pobreza lo refrenaba: algunas veces (figurativamente) echaba espumarajos por la boca cuando las riendas tiraban demasiado.