bc

Entre los Votos y el Deseo

book_age18+
7
SEGUI
1K
LEGGI
vietato
love-triangle
BE
famiglia
costretto
gli opposti si attraggono
seconda possibilità
maledizione
potente
vicino
Drama
bxg (ragazzaXragazza)
calciando
campus
piccola città
segreti
guerra
crudele
judge
civilian
like
intro-logo
Trafiletto

Un amor surgido en la infancia, un tirano dispuesto a todo por poseerla y un voto sagrado como único refugio.Para Ana, Joaquín siempre fue su único refugio, pero cuando el padre de este, un viudo millonario y despiadado que se ha adueñado del poder político del pueblo, decide alejar a su hijo para enviarlo al ejército, el mundo de Ana se derrumba. Atraído por la belleza de la joven, el gobernador inicia una cacería cruel, destruye a la familia de Ana hasta obligarla a elegir entre la ruina de los suyos o un matrimonio forzado con el monstruo que arruinó su vida.Para huir de la pesadilla, Ana busca asilo sagrado e ingresa al convento, vistiendo los hábitos que la protegerán del deseo del gobernador, sin embargo, el regreso de Joaquín reaviva una pasión que ni los muros de la iglesia, ni los votos sagrados pueden contener.Entre entregas a ciegas en la penumbra y una persecución implacable, Ana y Joaquín se verán envueltos en un juego mortal de venganza, embarazo, secretos oscuros y una desesperada carrera contra el tiempo por rescatar su libertad.

chap-preview
Anteprima gratuita
El peso de un recuerdo y una mirada.
CAPÍTULO 1: El peso de un recuerdo y una mirada. El polvo de los caminos de la infancia, guardaba el primer recuerdo que Joaquín tenía de Ana. Sucedió muchos años atrás, en una tarde calurosa de verano. Joaquín, que corría sin prestar atención tras una pelota de tela, chocó con fuerza contra una niña de trenzas oscuras. El impacto envió a Ana directamente al suelo, raspándole las rodillas contra la tierra seca y provocando que un gemido de dolor rompiera el silencio de la calle. Asustado y lleno de culpa, Joaquín se arrodilló a su lado, limpiando torpemente la suciedad de sus pequeñas manos con la manga de su camisa mientras le pedía perdón entre balbuceos. Desde esa tarde, algo cambió en él, aunque eran apenas unos niños, Joaquín no volvió a mirar a ninguna otra persona en el pueblo con la misma devoción. El tiempo transcurrió, los años los fueron alejando poco a poco y la infancia quedó atrás, convirtiéndolos en dos desconocidos que solo se cruzaban de lejos, hasta que llegó aquel domingo. La luz dorada de la mañana filtraba a través de los vitrales de la parroquia del pueblo, llenando el aire con el aroma denso del incienso y la cera consumida. Ana caminaba apresurada por el pasillo lateral cuando de pronto tropezó con una figura alta y firme. Esperaba el impacto implacable contra el suelo helado de piedra, pero este nunca llegó. Un par de brazos fuertes la sujetaron justo a tiempo, sosteniéndola contra un pecho firme. Al erguirse, sus rostros quedaron a escasos centímetros, el aliento de ambos se entrecortó, hacía años que no se veían de cerca, y el cambio fue desgarradoramente evidente para ambos. Joaquín se quedó paralizado, completamente cautivado por la belleza floreciente de Ana: la delicadeza de sus rasgos, la profundidad de sus ojos oscuros y la suavidad de su piel. Su mirada, cargada de una devoción contenida por años, descendió lentamente por el rostro de Ana, deteniéndose apenas un segundo en la curva de su cuello y su busto, antes de volver a sus ojos. Deslumbrado, casi sin pensarlo, Joaquín alzó una mano temblorosa y le acarició suavemente la mejilla. —¿Ana?... ¿Eres tú? —susurró con la voz entrecortada por la emoción. —Sí, Joaquín... —respondió ella, intentando recuperar el aliento mientras sentía que el corazón le daba un vuelco en el pecho—. Y casi me tiras al suelo otra vez. —Perdón... —dijo él, esbozando una sonrisa torpe pero llena de ternura, incapaz de apartar la mirada. Consciente del lugar en el que estaban y sintiendo que el rostro le ardía por el rubor, Ana miró a su alrededor con cierto nerviosismo. —Me puedes soltar... Estamos en la iglesia —murmuró, haciendo una leve fuerza para desasirse de su agarre. Joaquín no quería soltarla, sentía el impulso irresistible de estrecharla entre sus brazos y no apartarla nunca más, pero entendió la situación y, de muy mala gana, la liberó poco a poco. Lo que ninguno de los dos notó en ese instante de intensa reconexión fue la sombra que se proyectaba desde uno de los bancos principales. Don Fernando, el temido Gobernador y padre de Joaquín, los observaba fijamente. Sus ojos oscuros y codiciosos no perdían un solo detalle del contacto entre su hijo y la joven. El hombre sintió que la mandíbula se le tensaba por la rabia; desde hacía tiempo él también había fijado sus deseos en la belleza pura de Ana, y verla en brazos de su propio hijo encendió en su pecho una chispa de celos peligrosos. Momentos después, la misa dio inicio, sin embargo, ni Ana, ni Joaquín escuchaban las oraciones. A lo largo de toda la liturgia, sus miradas no dejaron de buscarse a través de la penumbra de la iglesia, diciéndolo todo sin pronunciar una sola palabra. Desde el altar, el padre Benito elevó el cáliz, pero su mirada sabia cayó por un segundo sobre los dos jóvenes, el sacerdote no tardó en notar el intercambio de miradas y la electricidad que flotaba entre ellos, pero al desviar la vista hacia la figura rígida e intimidante del Gobernador, un leve escalofrío de preocupación le recorrió la espalda. El amor acababa de nacer, pero las sombras ya acechaban. Al finalizar la liturgia, los fieles comenzaron a abandonar el templo entre murmullos apagados y pasos solemnes. Ana intentó avanzar con discreción hacia la salida junto a sus padres, buscando con la mirada la figura de Joaquín entre la multitud. Tenía las mejillas encendidas y las manos aún le temblaban por el recuerdo del tacto de sus dedos en su piel. Sin embargo, antes de poder cruzar la puerta de madera tallada, una sombra imponente se interpuso en su camino. El Gobernador Don Fernando dio un paso al frente, haciendo resonar sus botas sobre el piso de piedra. Vestía su impecable traje oscuro con la arrogancia de quien se sabe dueño y señor de cada rincón de ese pueblo. Detrás de él, Joaquín caminaba en silencio, pero sus ojos permanecían fijos en Ana, protectores e intensos. —Don Esteban, qué gusto ver a la familia completa —dijo el Gobernador con una voz grave, profunda y calculada, extendiendo la mano hacia el padre de Ana. El padre de Ana, impresionado por la presencia de la máxima autoridad del lugar, estrechó la mano del Gobernador con marcado respeto. —Señor Gobernador, el gusto es nuestro —respondió Esteban, halagado por la atención de un hombre de tanto poder. Fue en ese instante cuando la mirada de Don Fernando se posó abiertamente en Ana, no la miraba como un vecino o una autoridad; sus ojos recorrieron su figura con una codicia fría y descarada que le provocó a la joven una punzada de incomodidad en el estómago. —Veo que tu hija ha dejado de ser la niña que corría por las calles, Esteban —comentó el Gobernador, esbozando una sonrisa torcida mientras tomaba la mano de Ana para besarle el dorso de manera prolongada—. Se ha convertido en toda una flor... la más hermosa de estas tierras, diría yo. Ana sintió que un escalofrío helado le recorría la espalda. Retiró la mano tan pronto como la etiqueta se lo permitió, bajando la mirada para ocultar su disgusto. A pocos pasos, Joaquín apretó los puños a los lados de su cuerpo, ver el modo en que su padre miraba a Ana le encendió la sangre de rabia, conocía demasiado bien a Don Fernando y sabía que cuando su padre ponía los ojos en algo, no descansaba hasta adueñarse de ello. —Padre —interrumpió Joaquín con la voz firme, poniéndose sutilmente a un costado de Ana para cortar la cercanía de Don Fernando—, el sacerdote nos espera afuera para dar la bendición a la jornada, no deberíamos hacer alarde de demora. El Gobernador giró lentamente la cabeza hacia su hijo. La tensión entre ambos se volvió casi palpable en el aire. Durante unos segundos, padre e hijo se midieron en silencio: los ojos del hombre maduro llenos de autoridad y recelo; los del joven rebosantes de desafío y protección hacia la mujer que amaba. —Tienes razón, Joaquín —dijo finalmente Don Fernando, borrando la sonrisa de su rostro—. Hay cosas que requieren mi atención inmediata. Con un asentimiento frío, el Gobernador se alejó, dejando un rastro de inquietud en la atmósfera. Aprovechando que sus padres se distraían saludando a otros conocidos, Joaquín se acercó un milímetro más a Ana, por un breve segundo, rozó su mano con la de ella en la penumbra del pórtico. —Esta noche... cerca del río, donde solíamos jugar de niños —le susurró él en un aliento tan bajo que solo ella pudo escucharlo—. Necesito hablar contigo, Ana, por favor. Ana lo miró a los ojos, sintiendo cómo el miedo a la mirada del Gobernador se disipaba por completo ante la calidez de Joaquín, asintió levemente con la cabeza antes de verlo marchar tras su padre, sabiendo que esa misma noche cambiaría sus vidas para siempre.

editor-pick
Dreame-Scelta dell’editore

bc

Yüzbaşının Cerrahı

read
1.5M
bc

The Silver Wolf

read
603.8K
bc

The Billionaire’s Intern

read
1.1M
bc

Chosen, just to be Rejected

read
903.6K
bc

Inferno Demon Riders MC: My Five Obsessed Bullies

read
1.2M
bc

Claimed by the Biker Giant

read
2.3M
bc

Unscentable

read
2.3M

Scansiona per scaricare l'app

download_iosApp Store
google icon
Google Play
Facebook