Capítulo VI. El aburrimiento

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Capítulo VI. El aburrimiento Non o più cosa son, cosa facio. [7] MOZART, Figaro Con la viveza y el encanto que eran espontáneos en ella cuando estaba alejada de las miradas de los hombres, la señora de Rênal salía por la puerta acristalada del salón, que daba al jardín, cuando divisó, junto a la puerta de entrada, la silueta de un aldeano joven, casi un niño aún, palidísimo y que había estado llorando. Lleva una camisa muy blanca y, debajo del brazo, una chaqueta muy decente de ratina morada. Aquel aldeanito tenía un cutis tan blanco y unos ojos tan dulces que a la imaginación un tanto novelesca de la señora de Rênal se le ocurrió de entrada la idea de que podía tratarse de una muchacha disfrazada que venía a pedirle algún favor al señor alcalde. Se compadeció de aquella pobre criatura, detenida en la puerta de entrada y que estaba claro que no se atrevía a alzar la mano hasta la campanilla. La señora de Rênal se acercó, distraída por un momento de la amarga pena que le causaba la llegada del preceptor. Julien, de cara a la puerta, no la veía llegar. Se sobresaltó cuando una voz suave le dijo muy cerca del oído: —¿Qué busca usted aquí, hijo mío? Julien se dio la vuelta con presteza, e impresionado por la mirada colmada de encanto de la señora de Rênal, olvidó en parte la timidez. Y no tardó, asombrado de su hermosura, en olvidarlo todo, incluso a qué había ido. La señora de Rênal había repetido la pregunta. —Vengo para ser preceptor, señora —le dijo por fin, muy avergonzado de sus lágrimas, que se secaba lo mejor que podía. La señora de Rênal se quedó atónita; estaban a muy poca distancia y se miraban. Julien no había visto nunca a una persona tan bien vestida y, menos aún, a una mujer con un cutis tan deslumbrante, hablarle con expresión dulce. La señora de Rênal miraba los lagrimones detenidos en las mejillas, tan pálidas primero y ahora tan sonrosadas, de ese aldeanito. No tardó en echarse a reír: con el júbilo loco de una muchacha, se reía de sí misma y no podía creer lo dichosa que era. ¡Cómo! ¡Este era el preceptor que se había imaginado como un sacerdote sucio y mal trajeado que iba a llegar para reñir y azotar a sus hijos! —¡Cómo, caballero! —le dijo por fin—. ¿Que usted sabe latín? Esa palabra, «caballero», dejó tan asombrado a Julien que se quedó pensativo un momento. —Sí, señora —dijo tímidamente. La señora de Rênal era tan feliz que se atrevió a decir a Julien: —¿No me reñirá usted mucho a mis pobres niños? —¿Reñirlos yo? —dijo Julien extrañado—. Y eso ¿por qué? —¿Verdad, caballero —añadió ella, tras un breve silencio y con una voz en que la emoción iba creciendo a cada instante—, que será bueno con ellos? ¿Me lo promete? Oír que volvía a llamarlo caballero, tan en serio, una señora tan bien vestida, superaba con creces todas las previsiones de Julien: en todos los castillos en el aire de su juventud, se había dicho que ninguna señora digna de tal nombre se dignaría dirigirle la palabra hasta que llevase un vistoso uniforme. A la señora de Rênal, por su parte, la engañaba por completo la hermosura del cutis, los ojos grandes y negros de Julien y el precioso pelo, más rizado que de costumbre porque, para refrescarse, acababa de meter la cabeza en el pilón de la fuente municipal. Para mayor alegría suya, veía la expresión tímida de una muchacha en aquel preceptor fatídico cuya dureza y cuyo aspecto arisco tanto había temido para sus hijos. Para el ánimo, tan apacible, de la señora de Rênal, el contraste entre sus temores y lo que veía fue un gran acontecimiento. Se recobró al fin de la sorpresa. Se asombró al verse así, en la puerta de su casa, con aquel joven en mangas de camisa como quien dice, y tan cerca de él. —Entremos, caballero —dijo con expresión bastante apurada. Nunca en la vida había inmutado tanto a la señora de Rênal una sensación grata; nunca una aparición tan amable había sustituido a los temores más inquietantes. Así que sus niños preciosos, a quienes ella cuidaba tanto, no iban a caer en manos de un sacerdote sucio y malhumorado. No bien hubo entrado en el vestíbulo, se volvió hacia Julien, que la seguía con timidez. La expresión de asombro de este al ver una casa tan hermosa era un atractivo más desde el punto de vista de la señora de Rênal. No podía creer lo que estaba viendo; le parecía sobre todo que el preceptor debería ir vestido de n***o. —Pero —le dijo, volviendo a pararse, y con un temor mortal a estarse equivocando, de tan dichosa como la hacía lo que creía—, ¿de verdad, caballero, que sabe usted latín? Estas palabras le resultaron irritantes al orgullo de Julien y disiparon el hechizo en que llevaba viviendo un cuarto de hora. —Sí, señora —le dijo intentando adoptar una expresión fría—, sé latín tan bien como el señor párroco y a veces tiene la bondad de decirme que lo sé mejor que él. A la señora de Rênal le dio la impresión de que Julien parecía muy malo; se había detenido a dos pasos de ella. Se acercó y le dijo a media voz: —¿Verdad que los primeros días no azotará a mis hijos, ni siquiera aunque no se sepan las lecciones? Aquel tono tan dulce y casi suplicante en una señora tan hermosa le hizo olvidar de repente a Julien las consideraciones que debía exigir para su reputación de latinista. Tenía junto a sí el rostro de la señora de Rênal, notó el aroma de la ropa de verano de una mujer, cosa muy asombrosa para un pobre aldeano. Julien se ruborizó mucho y dijo con un suspiro y voz desfallecida: —No tema, señora, la obedeceré en todo. Fue solo entonces, al desaparecer por completo su preocupación por sus hijos, cuando le llamó la atención a la señora de Rênal lo guapo que era Julien. La forma casi femenina de los rasgos y la expresión de apuro no le parecieron ridículas a una mujer que era también timidísima. El aspecto viril que suele parecer necesario para que un hombre sea guapo la habría asustado. —¿Qué edad tiene, caballero? —le dijo a Julien. —Voy a cumplir los diecinueve. —Mi hijo mayor tiene once años —añadió la señora de Rênal, ya tranquilizada por completo—; será casi un compañero para usted y usted le hablará con el lenguaje de la razón. En una ocasión, su padre quiso pegarle y el niño estuvo enfermo una semana entera, y eso que fue un golpe bien pequeño. «¡Qué diferencia conmigo! —pensó Julien—. Mi padre me pegó ayer sin ir más lejos. ¡Qué feliz es la gente rica!» La señora de Rênal estaba ya dispuesta a percatarse de los mínimos matices de lo que le pasase por dentro al preceptor; tomó ese arranque de tristeza por timidez y quiso darle ánimos. —¿Cómo se llama, caballero? —le preguntó con un tono y un agrado cuyo encanto notó plenamente Julien sin darse cuenta. —Me llaman Julien Sorel, señora; estoy temblando al entrar por primera vez en mi vida en una casa extraña, necesito su protección y que me perdone muchas cosas los primeros días. Nunca me dieron estudios, era demasiado pobre; no he hablado con más hombres que mi primo, el cirujano mayor, m*****o de la Legión de Honor y con el señor párroco, el padre Chélan. Él le dará razón de mi persona para bien. Mis hermanos siempre me pegaron, no los crea si hablan mal de mí; perdone mis yerros, señora, nunca tendré mala intención. Julien se iba tranquilizando durante ese largo parlamento e iba mirando atentamente a la señora de Rênal. Es tal el efecto que causa el encanto perfecto cuando es natural e inherente a la forma de ser y, sobre todo, cuando la persona a la que orna no intenta ser encantadora que Julien, que entendía de hermosura femenina, habría jurado en ese instante que la señora de Rênal no tenía más de veinte años. Se le ocurrió en el acto la atrevida idea de besarle la mano. No tardó en darle miedo esa idea; un momento después se dijo: «Sería una cobardía por mi parte no llevar a cabo una acción que podría resultarme de utilidad y mermar ese desprecio que siente seguramente esta señora tan guapa por un pobre obrero recién salido del aserradero». Es posible que a Julien lo animase un tanto esa expresión, «guapo mozo», que llevaba seis meses oyéndoles a algunas muchachas. Mientras duraron esos debates internos, la señora de Rênal le estaba diciendo dos o tres cosas sobre la forma de iniciar el trato con sus hijos. Julien, al forzarse, volvió a ponerse muy pálido; dijo, con expresión cohibida: —Nunca pegaré a sus hijos, señora; lo juro ante Dios. Y, al decir estas palabras, se atrevió a cogerle la mano a la señora de Rênal y a llevársela a los labios. A ella la asombró este gesto y, al pensarlo, la escandalizó. Como hacía mucho calor, llevaba el brazo descubierto del todo bajo el chal, y el ademán de Julien, al llevarse su mano a los labios, se lo dejó completamente al aire. Al cabo de unos momentos se reprendió a sí misma porque, a su parecer, había tardado demasiado en indignarse. El señor de Rênal, que había oído voces, salió de su gabinete; con el mismo porte majestuoso y benigno que adoptaba cuando celebraba bodas en el Ayuntamiento, le dijo a Julien: —Es esencial que hable con usted antes de que lo vean los niños. Hizo entrar a Julien en una estancia e impidió que se fuera su mujer, que quería dejarlos a solas. Tras cerrar la puerta, el señor de Rênal se sentó, muy solemne. —El señor párroco me ha dicho que era usted una buena persona; todo el mundo lo honrará en el trato, y si quedo satisfecho lo ayudaré más adelante a establecerse dignamente. Quiero que no vuelva a ver ni a parientes ni a amigos, pues tienen un tono que no puede resultar adecuado para mis hijos. Aquí tiene treinta y seis francos del primer mes; pero le exijo que me dé su palabra de que no le dará a su padre ni cinco céntimos de este dinero. El señor de Rênal estaba picado con el anciano que, en aquel asunto, había andado más avispado que él. —Ahora, señor, porque tengo dispuesto que aquí todo el mundo lo llame señor y notará las ventajas de entrar en una casa de personas como es debido, ahora, señor, no es conveniente que los niños lo vean con una chaqueta. ¿Lo han visto los criados? —le dijo el señor de Rênal a su mujer. —No, mi buen amigo —contestó ella con expresión muy pensativa. —Mejor. Póngase esto —le dijo al sorprendido joven, dándole una levita suya—. Y ahora vámonos a ver al señor Durand, el pañero. Pasada más de una hora, cuando el señor de Rênal regresó con el nuevo preceptor todo vestido de n***o, se encontró a su mujer sentada en el mismo sitio. La tranquilizó la presencia de Julien; al pasarle revista se le olvidaba tenerle miedo. Julien no estaba pensando en ella; pese a desconfiar mucho del destino y de los hombres, en aquellos instantes no tenía sino alma de niño; le parecía que había vivido años desde el momento en que, tres horas antes, estaba tembloroso delante de la iglesia. Notó la expresión gélida de la señora de Rênal, se dio cuenta de que estaba enfadada porque se había atrevido a besarle la mano. Pero la sensación de orgullo que sentía con el contacto de ropa tan diferente de la que solía llevar lo sacaba de tal modo de sus casillas, y tenía tanto empeño de disimular su alegría, que en cuantos movimientos hacía había un toque brusco y alocado. La señora de Rênal lo miraba con ojos perplejos. —Seriedad, caballero —le dijo el señor de Rênal—, si es que quiere que lo respeten mis hijos y mis criados. —Señor —contestó Julien—, me noto violento con esta ropa nueva; soy un aldeano humilde que nunca ha llevado más que chaquetas; iré, si me lo permite, a encerrarme en mi cuarto. —¿Qué te parece esta nueva adquisición? —le dijo el señor de Rênal a su mujer. En un arranque casi instintivo del que no se percató seguramente, la señora de Rênal disfrazó la verdad ante su marido. —No estoy tan encantada como usted con ese aldeanito; las atenciones que tiene con él lo convertirán en un impertinente y, antes de que pase un mes, no le habrá quedado más remedio que despedirlo. —¡Bueno, pues lo despediremos! Como mucho me saldrá por unos cien francos, y Verrières se habrá acostumbrado a ver que los hijos del señor de Rênal tienen preceptor. No se habría cumplido ese objetivo si hubiera dejado que Julien siguiera con las fachas de un operario. Cuando lo despida, me quedaré, por descontado, con toda la ropa negra que acabo de encargarle al pañero. Solo le quedará lo que acabo de encontrar ya confeccionado en el sastre y que lleva ahora encima. La hora que pasó Julien en su cuarto le pareció un instante a la señora de Rênal. Los niños, a quienes les habían anunciado al nuevo preceptor, agobiaban a su madre a preguntas. Por fin se presentó Julien. Era otro hombre. No habría sido exacto decir que estaba serio; era la encarnación de la seriedad. Se lo presentaron a los niños y les habló con un tono que dejó asombrado al mismísimo señor de Rênal. —Estoy aquí, caballeros —les dijo al final de su alocución—, para enseñarles latín. Ya saben en qué consiste tomar una lección. Aquí está la Santa Biblia —dijo, enseñándoles un tomito in-52 encuadernado en n***o—. Es, en particular, la historia de Nuestro Señor Jesucristo, esa parte que llaman el Nuevo Testamento. Yo les tomaré la lección muchas veces, ahora tómenmela a mí. Adolphe, el mayor de los niños, había cogido el libro. —Ábralo al azar —prosiguió Julien— y dígame la primera palabra de un párrafo. Y yo recitaré de memoria el libro sagrado, norma de conducta para todos nosotros, hasta que usted me detenga. Adolphe abrió el libro, leyó una palabra y Julien dijo toda la página con la misma facilidad que si estuviera hablando en francés. El señor de Rênal miraba con expresión triunfal a su mujer. Los niños, al ver lo asombrados que estaban sus padres, abrían unos ojos como platos. Se presentó un criado en la puerta del salón. Julien siguió hablando en latín. El criado, al principio, se quedó quieto y luego se esfumó. No tardaron en llegar a la puerta la doncella de la señora y la cocinera; para entonces Adolphe ya había abierto el libro por ocho sitios y Julien seguía recitando con la misma facilidad. —¡Ay, Dios mío, qué primor de curita! —dijo en voz alta la cocinera, que era una buena mujer muy devota. El amor propio del señor de Rênal se estaba intranquilizando: en vez de pensar en examinar al preceptor, estaba absorto rebuscando en la memoria algunas palabras latinas; por fin, pudo decir un verso de Horacio. Julien no sabía más latín que el de su biblia. Contestó, frunciendo el entrecejo: —El sagrado ministerio al que me destino me ha impedido leer a un poeta tan profano. El señor de Rênal citó bastantes versos supuestamente de Horacio. Les explicó a sus hijos quién era Horacio; pero los niños, admirados, no hacían caso de lo que decía. Miraban a Julien. Como los criados seguían en la puerta, a Julien le pareció oportuno alargar la prueba: —El señor Stanislas-Xavier [8] tiene que indicarme también un pasaje del libro sagrado —le dijo al niño más pequeño. Stanislas, muy ufano, leyó a trancas y barrancas la primera palabra de un párrafo, y Julien dijo la página entera. Para que no careciera de nada el triunfo del señor de Rênal, cuando estaba recitando Julien entraron el señor Valenod, el dueño de los hermosos caballos normandos, y el señor Charcot de Maugiron, subprefecto del distrito. Con esta escena se ganó Julien el título de señor; ni los propios criados se atrevieron a negárselo. Por la noche se presentó en casa del señor de Rênal toda la buena sociedad de Verrières para ver aquella maravilla. Julien respondía a todos con una expresión sombría que obligaba a guardar las distancias. Su fama corrió a tanta velocidad por la población que, pocos días después, el señor de Rênal, temeroso de que se lo arrebatasen, le propuso que firmase un compromiso por dos años. —No, señor —respondió con frialdad Julien—; si usted quisiera despedirme, me tendría que marchar. Un compromiso que me ata a mí y a usted no lo obliga a nada no es equitativo; no lo acepto. Tan bien supo apañárselas Julien que, menos de un mes después de haber llegado a la casa, hasta el mismísimo señor de Rênal lo respetaba. Como el párroco estaba reñido con el señor de Rênal y con Valenod nadie pudo irse de la lengua en lo referido al pasado entusiasmo de Julien por Napoleón: y él ya solo lo mencionaba con espanto.
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