Capítulo VII. Las afinidades electivas
No saben llegar al corazón sino levantando ronchas.
UN MODERNO
Los niños lo adoraban, él no los quería; tenía el pensamiento en otra parte. Cuanto pudieran hacer esos chiquillos no le hacía perder la paciencia nunca. Frío, justo, impasible, y, no obstante, querido porque su llegada había expulsado de la casa, por así decirlo, el aburrimiento, fue un buen preceptor. En lo que a él se refería, solo sentía odio y repugnancia por la alta sociedad que lo había admitido, aunque cierto es, sentado en la punta de la mesa, lo que explica quizá ese odio y esa repugnancia. Hubo unas cuantas cenas de gala en que le costó mucho contener el odio por todo lo que lo rodeaba. Un día de san Luis, entre otros, el señor Valenod llevaba la voz cantante en casa del señor de Rênal y Julien estuvo a punto de traicionarse; se escabulló y salió al jardín, so pretexto de ir a ver a los niños. «¡Qué elogios de la probidad! —exclamó—. ¡Como si no existiera más virtud que esa! Y, no obstante ¡qué consideración, qué respeto servil por un hombre que está claro que ha duplicado o triplicado su fortuna desde que administra el dinero de los pobres! ¡Apostaría a que gana dinero incluso con los fondos destinados a los niños expósitos, esos pobres cuya miseria es aún más sagrada que la de los demás! ¡Ah, qué monstruos, qué monstruos! Y yo también soy algo así como un expósito, a quien odian mi padre, mis hermanos, toda mi familia.»
Poco antes del día de san Luis, Julien, que paseaba a solas y leyendo el breviario por un bosquecillo llamado el Belvedere y que está por encima del Paseo de la Fidelidad, intentó en vano no encontrarse con sus dos hermanos, a quienes veía venir desde lejos por un sendero solitario. La envidia de esos dos obreros zafios se despertó de tal modo al ver el traje n***o de buena calidad, el aspecto tan atildado de su hermano y el sincero desprecio que Julien les tenía, que le dieron una paliza tal que lo dejaron sin sentido y ensangrentado. La señora de Rênal, paseando con el señor Valenod y el subprefecto, llegó al bosquecillo por casualidad; lo vio tendido en el suelo y lo dio por muerto. Se quedó tan sobrecogida que el señor Valenod se puso celoso.
Era una alarma prematura. A Julien le parecía hermosísima la señora de Rênal, pero la aborrecía por culpa de esa hermosura; era el primer escollo que había estado a punto de cerrarle el paso a su fortuna. Le hablaba lo menos posible para que se olvidase del arrebato que, el primer día, lo movió a besarle la mano.
Élisa, la doncella de la señora de Rênal, se había enamorado, como no podía ser menos, del joven preceptor; lo mencionaba con frecuencia ante su señora. El amor de la señorita Élisa le había valido a Julien el odio de uno de los criados. Un día oyó a ese hombre decirle a Élisa: «Ya no quiere usted hablar conmigo desde que ese preceptor roñoso llegó a esta casa». Julien no merecía ese insulto, pero, por instinto de hombre agraciado, cuidó más aún de su persona. También creció el odio del señor Valenod. Dijo en público que un sacerdote joven no debería ser tan presumido. Como un sacerdote vestía efectivamente Julien, salvo que no llevaba sotana.
A la señora de Rênal le llamó la atención que hablaba más que antes con la señorita Élisa; supo que esas conversaciones se debían a las escaseces del limitadísimo guardarropa de Julien. Tenía tan poca ropa blanca que no le quedaba más remedio que mandarla a lavar fuera con mucha frecuencia y para esos menudos menesteres le era Élisa de utilidad. Tanta pobreza, que no sospechaba, conmovió a la señora de Rênal; le entraron ganas de hacerle algunos regalos, pero no se atrevió; aquella resistencia interior fue la primera sensación penosa que le causó Julien. Hasta entonces, el nombre de Julien y la sensación de un gozo puro y del todo intelectual eran para ella sinónimos. Al atormentarla la idea de la pobreza de Julien, la señora de Rênal le habló a su marido de regalarle ropa blanca:
—¡Qué sandez! —le contestó él—. ¡Cómo! ¿Hacerle regalos a un hombre del que estamos completamente satisfechos y que nos sirve bien? En el caso de que se descuidase sería cuando habría que estimular su diligencia.
A la señora de Rênal le pareció humillante esa forma de ver las cosas; no le habría llamado la atención antes de la llegada de Julien. Nunca veía la extremada pulcritud del atuendo, muy sencillo por lo demás, del joven sacerdote sin decirse: «Este pobre muchacho ¿cómo se las arregla?».
Poco a poco se fue compadeciendo de todo aquello de que carecía Julien, en vez de escandalizarse.
La señora de Rênal era una de esas provincianas a quienes, al conocerlas, se puede tomar perfectamente por tontas los primeros quince días. No tenía experiencia alguna de la vida y no tenía empeño en hablar. Poseía un alma exquisita y desdeñosa y, por ese instinto de felicidad propio de todos los seres, las más de las veces no se fijaba en absoluto en el comportamiento de las personas zafias entre quienes la había colocado el azar.
Habría destacado por la espontaneidad y la viveza de su ingenio si la hubieran dado la mínima instrucción. Pero, en su condición de heredera, la habían educado unas monjas adoradoras, devotísimas del Sagrado Corazón de Jesús y en las que había hecho presa un odio violento por los franceses enemigos de los jesuitas. La señora de Rênal había mostrado suficiente sentido común para no tardar en olvidarse, por absurdo, de todo cuanto le habían enseñado en el convento; pero no lo sustituyó por otra cosa y acabó por no saber nada. Los halagos precoces, debidos a su condición de heredera de una gran fortuna, y una inclinación decidida por la devoción fervorosa le proporcionaron una forma de vivir volcada por completo hacia dentro. Con la apariencia de la condescendencia más consumada y de una abnegación voluntaria que los maridos de Verrières ponían de ejemplo a sus mujeres y que era el orgullo del señor de Rênal, el comportamiento habitual de esa alma era efectivamente resultado del humor más altanero. Princesas hay, de esas a quienes citan por su orgullo, que están infinitamente más pendientes de lo que hagan a su alrededor sus gentileshombres de lo que lo estaba aquella mujer tan dulce, tan modesta en apariencia, a todo cuanto dijera o hiciera su marido. Hasta que llegó Julien, solo se había fijado en realidad en sus hijos. En sus menudas enfermedades, sus penas, sus menudas alegrías estaba volcada toda la sensibilidad de esa alma que en la vida no había adorado sino a Dios cuando estaba en el Sagrado Corazón de Besançon.
Aunque no se dignaba decírselo a nadie, un acceso de fiebre de uno sus hijos la ponía casi en el mismo estado que si el niño se hubiera muerto. Una carcajada grosera o un encogimiento de hombros acompañado de algún dicho trivial acerca de lo locas que estaban las mujeres habían sido la acogida constante de las confidencias de esta clase de penas que la necesidad de desahogarse la había movido a hacerle a su marido en los primeros años de su matrimonio. Ese tipo de bromas, sobre todo cuando tenían que ver con las enfermedades de sus hijos, eran el puñal que hurgaba en la herida del corazón de la señora de Rênal. Eso fue lo que se encontró en vez de los halagos solícitos y almibarados del convento jesuítico en que había pasado la juventud. La educó el dolor. Demasiado orgullosa para hablarle de esa clase de penas a nadie, ni siquiera a su amiga la señora Derville, se figuró que todos los hombres eran como su marido, el señor Valenod y el subprefecto Charcot de Maugiron. La tosquedad y la insensibilidad más brutal para todo cuanto no fueran intereses que tuvieran que ver con el dinero, la prelación o las condecoraciones y el odio ciego contra cualquier razonamiento que los contrariase le parecieron cosas propias de ese sexo, lo mismo que calzar botas o t*****e con un sombrero de fieltro.
Habían transcurrido largos años, pero la señora de Rênal seguía sin acostumbrarse a esa gente, a quien solo le importaba el dinero, entre la que tenía que vivir.
De ahí le venía el éxito a Julien, el aldeanito. La señora de Rênal halló dulces deleites que resplandecían por el encanto de la novedad en la simpatía de esa alma noble y orgullosa. No tardó en perdonarle su extremada ignorancia, que era un atractivo más, y la rudeza de sus modales, que consiguió enmendar. Le pareció que merecía la pena escucharlo, incluso cuando hablaban de las cosas más corrientes, incluso cuando se trataba de un pobre perro al que había atropellado al cruzar el camino la carreta de un labriego, que iba al trote. Ante el espectáculo de ese padecimiento, el marido soltaba las risotadas de rigor, pero la señora de Rênal veía cómo Julien fruncía el arco armonioso de las cejas, que eran bonitas y negras. Poco a poco, le fue pareciendo que solo había generosidad, alma noble y humanidad en aquel joven sacerdote. Solo él le inspiró toda la simpatía, e incluso la admiración, que esas prendas despiertan en las personas de bien.
En París no habría tardado en allanarse la posición de Julien con la señora de Rênal; pero en París el amor es hijo de las novelas. El joven preceptor y su tímida enamorada habrían visto en tres o cuatro novelas, e incluso en las canciones de los vodeviles de Le Gymnase, la aclaración de la situación en que se hallaban. Las novelas les habrían indicado qué papel tenían que desempeñar y enseñado el modelo que debían imitar; y a dicho modelo la vanidad habría obligado a atenerse a Julien, antes o después, y aunque sin gusto alguno, y quizá de mala gala.
En una población pequeña de Aveyron o de los Pirineos, el ardor del clima hubiera convertido en decisivo el mínimo incidente. Bajo nuestros cielos, más oscuros, un joven pobre, y que no es ambicioso sino porque su delicadeza de corazón requiere alguno de esos goces que da el dinero, ve a diario a una mujer de treinta años, sinceramente virtuosa, entregada a sus hijos y a quien ni se le ocurre tomar de las novelas ejemplos de conducta. Todo va despacio, todo ocurre poco a poco en provincias, hay más espontaneidad.
Con frecuencia, al pensar en lo pobre que era el joven preceptor, la señora de Rênal se enternecía tanto que se le saltaban las lágrimas. Julien se la encontró un día llorando a más llorar.
—Pero, señora, ¿le ha sucedido alguna desgracia?
—No, amigo mío —le contestó ella—; llame a los niños y vamos a dar un paseo.
Lo cogió del brazo y se apoyó en él de una forma que le pareció singular a Julien. Era la primera vez que lo llamaba «amigo mío».
Terminaba ya el paseo cuando Julien se fijó en que la señora de Rênal estaba muy ruborizada y acortaba el paso.
—Le habrán contado —dijo sin mirarlo— que soy la única heredera de una tía muy acaudalada que vive en Besançon. Me colma de presentes… Mi hijo va progresando… de forma tan asombrosa… que querría rogarle a usted que aceptase un regalito mío, como señal de mi agradecimiento. Solo se trata de unos pocos luises para que se encargue ropa blanca. Pero… —añadió, ruborizándose más aún; y dejó de hablar.
—Pero ¿qué, señora? —dijo Julien.
—No merece la pena —añadió ella, agachando la cabeza— que le diga nada de esto a mi marido.
—Soy pequeño, señora, pero no soy bajo —respondió Julien, deteniéndose, con los ojos brillantes de ira, y enderezándose cuanto pudo—; no se ha parado usted lo suficiente a pensar en eso. Sería menos que un lacayo si me colocase en la circunstancia de ocultarle al señor de Rênal cualquier cosa que tuviera que ver con mi dinero.
La señora de Rênal estaba aterrada.
—El señor alcalde —siguió diciendo Julien— me ha entregado treinta y seis francos en cinco ocasiones desde que vivo en su casa; estoy en disposición de enseñarle mi libro de gastos al señor de Rênal y a cualquier otra persona; incluso al señor Valenod, que me aborrece.
Tras esta salida, la señora de Rênal se quedó pálida y trémula, y el paseo concluyó sin que ninguno de los dos pudiera dar con algún pretexto para reanudar la conversación. Querer a la señora de Rênal se tornó cada vez más imposible en el corazón orgulloso de Julien; ella, por su parte, lo respetó y lo admiró; la había reprendido. So pretexto de reparar aquella humillación involuntaria, se permitió las atenciones más afectuosas. La novedad de esos modales hizo dichosa ocho días a la señora de Rênal. Tuvieron el efecto de mitigar en parte la ira de Julien; distaba mucho de ver en ello nada que pudiera tener algo que ver con una inclinación personal.