8 Los secretos de Aegan Cash tienen más secretos

3776 Palavras
Mi cara mostró un «¿qué?». Y mi boca emitió un: —¿Qué? Artie se limpió la nariz con la muñeca y entró de nuevo en su habitación, esta vez dejando la puerta abierta para que yo pudiera pasar. La vi dirigirse a su cama. Pensé que se sentaría o se lanzaría sobre ella para empezar a llorar como una princesa Disney, pero ya debiste haberte dado cuenta de que en esta historia no hay princesas ni suceden cosas buenas como las que les pasan a las princesas. Artie se inclinó, alzó un poco el colchón y cogió algo de debajo de él. Cuando soltó el colchón y vi que era un paquete de cigarrillos y un encendedor, la miré con los ojos bien abiertos de la sorpresa. —¿Fumas? —pregunté, y lo hice con tono de sorpresa porque, vamos, desde el día número uno Artie había dado toda la impresión de ser una chica buena que evitaba los problemas. ¿Ahora sacaba cigarrillos de debajo de su cama? Definitivamente, mis sospechas de que no era la chica que aparentaba eran ciertas. —Cuando tengo mucho estrés por los exámenes —suspiró mientras encendía uno— o por cosas... así. Dio una calada como si fuese lo único que necesitara, se sentó en la cama y se apoyó en el cabecero con las piernas contra su pecho. Yo me acerqué para sentarme en el borde, a la expectativa, ansiosa de escuchar lo que tenía para decir. —¿Y bien? —le animé a contarme—. ¿Qué debo saber? No dijo nada al instante. Miró el vacío por un momento con los ojos humedecidos, y luego, como si ya lo hubiese decidido, me miró, y juro que, de alguna forma, su aspecto en ese instante nada tenía que ver con la chica temerosa y nerviosa que solía ser. Parecía alguien que había estado guardando mucho dolor y que finalmente explotaba, pero sobre todo era evidente que estaba dispuesta a hablar de algo de lo que no había hablado con nadie más. —¿Has oído el nombre Eli Denvers? —me preguntó. La busqué en mis registros mentales. —Recuerdo lo que contó Dash, que los Denvers son una de las grandes familias que hacen donaciones anuales a Tagus —contesté—. Pero Eli, exactamente, no sé quién es.—Estudió aquí el año pasado, y era la novia de Aegan —me reveló—. La novia oficial, la que conocía desde que iban al colegio, con la que no tenía tiempo límite. Al escuchar esto, me quedé patidifusa (me hace gracia esta palabra y quería usarla). Es que ¿te imaginas al Aegan que te he presentado hasta ahora con una relación seria? Yo no pude hacerme la idea en ese instante, primero porque: ¿qué chica tenía la paciencia y la poca dignidad necesarias para amar a ese troglodita? Y segundo porque: ¿ese troglodita podía querer a alguien? —De acuerdo, ¿qué sucedió? —pregunté, sintiendo mucha curiosidad—. Porque de estar aquí ya la habría visto o al menos habría escuchado hablar de ella. Artie exhaló humo un momento antes de contestarme: —Pasó que, un día, Eli desapareció. —¿De Tagus? —pregunté, confundida. —De todas partes. —¿Es que se la llevaron de aquí sus padres o...? —No, simplemente un día no volvió más a clases, y nadie la ha vuelto a ver otra vez. Artie miró mi reacción con curiosidad. Seguramente pensó que un iceberg parecería menos congelado de lo que yo lo estaba en ese instante ante esa revelación tan inesperada. Y no vas a entender todavía esto que te voy a decir: pero me pregunté si era que el destino me acababa de arrojar a la cara algo que no podía ser una simple casualidad, algo como una señal, como un mensaje tipo «¿a que esto no te lo esperas, flaca?». Un montón de preguntas sacudieron mi mente, pero sentí que la primera que debía hacer era: —¿Nadie sabe a dónde se fue? Ella negó con la cabeza. —No, todo fue muy raro. —Sus cejas un poco arqueadas y el nerviosismo con el que le temblaban los dedos que sostenían el cigarrillo me indicaron que le perturbaba el tema—. Un día Eli andaba por los pasillos de la facultad de la mano de Aegan y al siguiente ya no estaba. Luego, una semana después, sus r************* desaparecieron. Todos los perfiles en los que solía estar activa se borraron. Si buscas ahora, no hay ni rastro de Eli Denvers desde el año pasado. De sus familiares sí, pero sobre ella, nada. Mi cara demostró mayor confusión, y no me molesté en ocultarlo. —Es muy raro —admití. —A mí también me pareció muy raro —concordó conmigo—. Pero creo que fui a la única que se lo pareció, porque solo se habló de ella un par de días. Después pasó como suele ocurrir con todo aquí: apareció un nuevo y mejor chisme y la gente fue olvidando lo sucedido. Me levanté de la cama e hice un gesto de «espera un momentito, Artemis». —Pero ¿y si se fue a otra universidad o se mudó a otro país? —consideré—. A veces la gente se larga sin... —No hizo nada de eso —me interrumpió—. Lo investigué. —¡¿Lo investigaste?! —solté, atónita, y solo porque me sorprendió mucho que ella, la chiça temerosa, hubiera hecho algo así. —Sí, porque... Se interrumpió con brusquedad. La vi apretar los labios como si dudara en decirme lo que había querido decirme al iniciar la frase, como si una parte de ella le hubiera dicho: «No, cállate. Piénsalo mejor...». Pero, por Dios, no podía dejarme con esa intriga. —¿Qué? —la animé a completar. Artie apretó más los labios y negó en silencio con aflicción. Sin paciencia, me puse frente a ella, la tomé por los hombros y la miré a los ojos. Traté de dedicarle una mirada de apoyo, de complicidad, quería que entendiera que el hecho de que me estuviera contando eso acababa de marcar un después en nuestra relación de compañeras de apartamento. —¿Qué, Artie? —insistí—. Dímelo. Suspiró sonoramente, y su expresión se mezcló con la preocupación y la valentía. Lo susurró: —Creo que Aegan la hizo desaparecer. Madre santa de todas las madres santas. ¿Aquello en verdad estaba pasando? ¿De verdad Artie acababa de decir eso? Tampoco vas a entender esto aún: pero se me aceleró el corazón de una forma extraña, como si esas palabras me emocionaran, asustaran, sorprendieran y confundieran; todo al mismo tiempo, todo en el mismo nivel. —Es una acusación muy seria... —fue lo que salió de mi boca. Artie asintió con aflicción y volvió a dar una ansiosa calada a su cigarrillo, para evitar echarse a llorar de nuevo. —Lo sé, lo sé, pero es que... Entonces me lo contó. Un día del año anterior, ella había salido del campus con un chico. Fueron al restaurante de un hotel popular fuera de Tagus. Justo antes de entrar, Artie vio a Aegan salir del hotel con una chiça desconocida. Salir de un hotel con alguien puede no ser sospechoso, pero verlos besarse, que fue lo que ella presenció, fue una confirmación de que no habían estado ahí solo hablando. El día anterior a eso, Eli no volvió a verse por las facultades. No regresó a sus clases habituales. Había desaparecido de Tagus y no se la había vuelto a ver en ningún sitio. —Pues no me sorprende que Aegan le fuese infiel —admití, porque, a ver, ¿tú te lo imaginas fiel? Yo no—. Es posible que Eli se fuese al descubrir ese engaño. —Que se fuese de Tagus por eso, sí, es posible, pero ¿que desapareciera por completo? — enfatizó Artie—. Porque te puedes ir enfadada, pero ¿borrar todas tus redes, que no aparezca nada sobre ti aun cuando tu familia es muy activa socialmente, que ellos no te mencionen nunca? Como... como si te hubieras muerto. «Muerto». La palabra me causó un escalofrío. Se hizo un silencio en la habitación, que olía al humo de cigarrillo. Artie fumó con las cejas arqueadas, presa del miedo y la duda. Veía que continuaba luchando contra sus emociones, y eso me indicó que podía seguir explotando, lo cual era bueno porque, más que nunca, estaba segura de que tenía más cosas que revelar. Y que hubiera más en todo ese nuevo e intrigante tema de Eli estaba aumentando mi nivel de adrenalina... Oh, sí... Oh, sí.... Estaba m*l, pero necesitaba saber el resto. De ahí no se iba nadie hasta que me lo contara todo. Presioné. —Pero no hay ningún indicio de que lo que tú crees sobre que Aegan le hizo algo malo sea cierto... —Me encogí de hombros—. Así que solo podemos pensar que se fue enfadada al saber que él le había engañado, ¿no? Los dedos de Artie que sujetaban el cigarrillo temblaron más mientras daba otra profunda calada. —¿O hay más? —me atreví a preguntarle con cautela. Dudó, asustada. Yo puse una mano sobre su pierna para transmitirle mi apoyo. —Puedes contar conmigo —agregué—. Sabes que jamás estaré del lado de ellos. Además, si se trata de secretos, créeme que sé guardarlos muy bien. Tras un silencio en el que pensé que no diría nada más y que fracasaría, ella apagó con rabia el cigarrillo en un cenicero de la mesilla. De nuevo parecía decidida. Se levantó de la cama y otra vez alzó el colchón. Pero, por Voldemort, ¿cuántas cosas guardaba ahí? Sacó algo diferente a los cigarrillos: una memoria USB. Me quedé algo confundida por el rumbo que iba a tomar el tema, sin embargo, esperé mientras que de su mesilla de noche cogió su portátil, lo encendió y conectó el dispositivo. —Te mostraré un vídeo —me dijo—. Es una grabación de una cámara de vigilancia instalada en la biblioteca de Tagus, pero no en la actual que todos conocen, sino en la antigua biblioteca, que el año pasado fue cerrada a los estudiantes normales para que solo fuese usada por profesores, personal administrativo o estudiantes pertenecientes al consejo. Tras buscar el archivo, Artie me pidió que nos sentáramos juntas para ver las imágenes. Intrigada a un nivel que me tenía moviendo el pie compulsivamente contra el suelo, miré. La grabación apareció en la pantalla. Se veía a color, pero con esa calidad característica de las cámaras de vigilancia. Apuntaba a una fila de mesas con ordenadores algo pasados de generación y una impresora. Frente a uno de los ordenadores estaba sentada una chica. Su cabello era rojizo, rizado y muy largo. Sus rasgos faciales no eran completamente claros, pero se captaba un rostro con forma de corazón, nariz pequeña y labios carnosos. Sospeché que Dash hubiera dicho: «Es una diosa de piel caramelo». Sin embargo, lo que más resaltaba era su expresión, porque parecía muy nerviosa. Estuvo un momento moviendo el ratón ansiosa, después se levantó de la silla y, con prisas, fue hacia la impresora. Esperó un instante a que la impresora le diera una hoja y a continuación corrió hacia su silla de nuevo, hizo algo en el ordenador y cogió su mochila. Se la puso muy rápido mientras miraba a todas partes. Finalmente se fue. Artie cerró la ventana del vídeo y quitó el USB del portátil. —Esa era Eli el día antes de que no se la volviera a ver más —me informó, mirándome ahora con inquietud—. ¿Notaste algo importante? —Pues que tenía cara de asustada, que imprimió algo con mucho nerviosismo y que luego se fue corriendo —resumí. Miré a Artie con cierta confusión—. Pero ¿de dónde lo has sacado? Ella se rascó la nuca con aire apenado. —Hay un chico con el que me he estado divirtiendo desde el año pasado. —Su voz demostró que no le enorgullecía mucho eso—. Estudia Informática. Es de los pocos que ha entrado con beca, y trabaja en el área de vigilancia de Tagus por las noches. Me lo contó también: Tres días después de que Eli desapareciera, Artie fue al área de vigilancia a, digamos, pasar un buen rato con ese chico, ya sabes, a manosearse, besarse, entrar en calor... Bueno, la Artie pasional llegó por sorpresa mientras el chico estaba haciendo la inspección de la grabación de la biblioteca. Se le subió encima en la silla giratoria, frente a las pantallas, y comenzaron a besarse. Artie se separó del beso un instante para quitarse la camisa y fue entonces cuando sus ojos se encontraron con el momento exacto en el que Eli estaba imprimiendo algo. —Y robé la grabación —me explicó, poco orgullosa de ello—. No iba a delatarla. Oculté el vídeo porque creí que Eli estaba haciendo alguna broma o algo para mejorar sus notas. No sabía que luego desaparecería y que la grabación me haría pensar lo que ya te he dicho que pienso sobre Aegan. Estaba muy sorprendida, en serio, porque Artie guardaba demasiada información, pero mi mente estaba más conectada en ese instante con Eli. Ya entendía por qué Artie creía que Aegan tenía algo que ver con su desaparición o con lo que fuera que le había pasado. Se podían suponer muchas cosas viendo a esa chica asustada en la grabación, pero era fácil conectar su comportamiento con Aegan cuando recordabas que una de las cosas que él inspiraba era miedo, y ni siquiera de forma intencional. Su postura, su voz dictatorial, su seguridad, la fama de su familia, su capacidad para conseguir lo que quería, todo en él hacía que lo vieras como una persona a la que no podías desafiar, una persona superior a cualquiera. Una persona con un lado oscuro. ¿Eli había tenido miedo de Aegan tal vez? —¿Qué hizo Aegan cuando ella desapareció? —indagué. —Nada —resopló Artie—. Al día siguiente asistió con normalidad a todas sus clases. Y nunca se le vio afectado o preocupado, andaba por ahí igual que siempre, seguro y feliz. Nadie le hizo preguntas y él tampoco dio explicaciones. Fue como si nunca hubiese tenido una novia llamada Eli. ¿Crees que eso es normal? ¿Es normal que ignores el hecho de que la chica con la que ibas todos los días de la mano, de repente, un día desaparezca? No, no lo era. Nada de lo que estaba viendo y escuchando era normal. Había algo muy raro en la desaparición de Eli, en la grabación, en que Artie viera a Aegan besando a otra chica... Eran retazos desperdigados de un suceso que nadie se había encargado de unir. Retazos intrigantes, tentadores... —¿Alguien más sabe esto? —pregunté. —No, y nadie más debe saberlo —dijo Artie, nerviosa—. Aunque esta grabación exista no prueba nada, y los Cash tienen medios de sobra para tapar cualquier escándalo y ponerlo todo a su favor. —Pero... Fue ella quien en ese momento se puso frente a mí y me miró con gravedad. Con el delineado corrido por las lágrimas y los ojos enrojecidos, me pareció una chica afectada profundamente por cosas que nadie se imaginaba. —Yo no dije nada ni diré nada —afirmó, segura de su decisión—. Y sí, es porque soy una cobarde. Intenté animarla. —No eres una cobarde, solo te falta más valentía. —Esa es una forma amable de decirle cobarde a alguien —resopló ella, poniendo los ojos en blanco—. Pero el caso, Jude, es que decidí contarte todo esto porque él está más cerca de ti cada vez, se nota que le interesas, y tengo la preocupante sensación de que no es porque le gustes. Yo también la tenía. No le gustaba a Aegan, de eso estaba segura, pero sus razones para salir conmigo seguían siendo un misterio. ¿Tal vez solo por haberlo desafiado? —No le tengo miedo —dije. Quería dejárselo claro. —Pues yo sí —contestó ella al instante, y con las siguientes palabras su voz amenazó con quebrarse—: No quiero que un día desaparezcas igual que Eli. Tienes que alejarte de los Cash. Percibí su preocupación. Era genuina. Sin embargo, no podía pretender que después de soltarme las bombas que me había soltado, a mí, la persona más antipasividad del mundo, me quedara tranquila. No, Artie, no. —Mira, llevo solo dos semanas aquí y creo en lo que dices sobre Aegan —le dije, antes que nada—. No hay que conocerlo a fondo para notar que es todo menos lo que las personas creen que es. Artie dejó caer los brazos, vencida, se sentó de nuevo en la cama como derrotada y miró el suelo. Sus ojos amenazaron con volver a humedecerse. —No solo Aegan —dijo, sometiendo su nerviosismo por otro momento—. Los tres Cash son como un pozo de mentiras que se llena y se llena, pero nunca se desborda. —Su valentía, sin embargo, no duró mucho tiempo—. Aunque igual yo estoy exagerando y Aegan no tiene nada que ver... —¿Sientes que estás exagerando? —le pregunté cruzándome de brazos. Ella se mordió la uña del dedo índice, pensó un momento y luego se frustró. —¡No sé qué siento! —soltó, y empezó a moverse inquieta por la habitación—. No quiero que te pase nada ni que me pase nada a mí, pero también... ¡También quisiera que fuera cierto que él le hizo algo a Eli para que pague por ello y jamás vuelva a tener el poder de tratar a la gente como si fuera basura! Mi radar me dijo que Artie sabía más de lo que demostraba y eso podía ser algo peligroso, pero no era quién para juzgarla en ese momento en el que solo importaba una cosa: el misterio alrededor de Aegan. Un misterio que se había esmerado en ocultar, porque eso de no hablar sobre Eli al día siguiente de su desaparición sin duda era sospechoso. Dios, en serio todo eso no podía ser una casualidad. Y me encantó que no lo fuera. Artie se detuvo abruptamente, pálida. —Jude, júrame que no le dirás esto a nadie —me pidió de pronto, como si se acabara de dar cuenta de que me había revelado algo muy grave—. Júrame que, por más enfadada que estés con Aegan, no vas a soltárselo. Claro que no le diría nada a nadie, y mucho menos a él. Porque haría algo mejor: pensaba investigar qué había pasado. Adopté una postura seria. —Juro que no lo diré a nadie —asentí. Artie recuperó algo de color. Pero siempre ten en cuenta esto: hacer juramentos es muy fácil si sabes cómo enunciarlos estratégicamente. —Lo que no puedo jurar es que no haré nada contra él —añadí. Volvió a ponerse pálida. —¿A qué te refieres? —preguntó en un hilo de voz. Mi cabecita había forjado un plan. —¿Recuerdas la idea de Kiana? —dije—. Esa de que yo saliera con Aegan para dejarlo antes de los noventa días y humillarlo. Artie arqueó mucho las cejas, repentinamente asustada porque entendió al instante hacia dónde iba. —Ay, Jude, no estarás pensando que... —¿Puedo hacerlo? —completé—. Sí, es lo que estoy pensando. Bueno, eso y varias cosas más, pero ella no tenía por qué saberlo, y menos con esa cara de cachorro asustado que parecía dudar hasta de respirar. —Pero ¡¿por qué?! La tomé por los hombros y se lo expliqué: —Porque te trató m*l, engañó a Eli y me puso en una lista como si yo fuese ganado. Solo con eso me atacó a mí y a mi género, así que yo lo atacaré a él. ¿Cuántas veces había funcionado ese plan? Cady Heron contra Regina George. Blair Waldorf contra cualquiera que intentara opacarla. Verónica Sawyer contra Heather Chandler (este ejemplo es el peor). Esas chicas habían actuado (m*l, Jude, m*l, admitámoslo), pero habían logrado algo, al menos un cambio. Solo tenía que pensar bien los pasos que tenía que dar; si lo hacía, estaba segura de que conseguiría atentar contra el imperio Cash. —Es una misión suicida. —Artie negó con la cabeza—. No vas a lograr nada tú sola. Lo único que conseguirás será enfurecer más a Aegan, y entonces tal vez tengas que irte de Tagus. ¿Quieres eso? —Es que no lo haré sola —sonreí con seguridad—. Cuento contigo, con Kiana y con Dash. Artie sintió que necesitaba volver a fumar y empezó a sacar, nerviosa, otro cigarrillo. —No lo sé, Jude, solo somos chicas comunes y corrientes... Pronuncié lentamente cada palabra para que lo entendiera de una vez: —Somos chicas, sí, pero de las de ahora, de las que ya se cansaron. ¿O no estás cansada? —Sí... —admitió en un susurro mientras intentaba encender el cigarrillo con las manos tan temblorosas. —Te molestó cómo Aegan te trató, ¿no? —le recordé. —Sí... Entonces, ¿qué había que perder? Claro, muchas cosas, pero ¿qué sabía mi yo de dieciocho años con fantasías de Capitana Marvel? Artie se dejó caer en la cama, fumando. Suspiró con aflicción. —Esto puede salir muy m*l —murmuró. —Solo imagina la cara de Aegan humillado —lancé para mostrarle otras perspectivas—. Como tú misma has dicho, ha de dejar de creer que tiene el poder de tratar a la gente como se le antoje. Para mi sorpresa, la comisura derecha de su boca se alzó un poco. Sin duda, se lo estaba imaginando. Luego emitió una risa nerviosa y negó con la cabeza, mirándome. —En verdad eres la chica que no tiene miedo de que Aegan la destruya —me dijo. Le devolví la sonrisa con malicia y adrenalina. —Y por eso soy perfecta para destruirlo. Qué asombroso e infalible pareció ese plan en ese momento. Pareció.
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