9. Hay un plan en mi sopa

4989 Palavras
Seré sincera, después de lo que sucedió la noche anterior en el coche, no creí que Aegan y yo volviéramos a hablar. Pero se presentó al día siguiente. A las siete de la mañana. Como el buen grano en el culo que era. Abrió la puerta de mi apartamento y entró con esa irritante seguridad que lo caracterizaba, como diciendo: «Soy el rey de todo». Además, iba vestido estilo gángster de los años veinte: con tirantes, camisa blanca de manga corta dentro de un pantalón gris de lino que le llegaba a la altura de los tobillos, zapatos de vestir de punta reluciente y gafas oscuras. La sonrisa ancha le marcaba los hoyuelos. Y no, sus hoyuelos no eran angelicales. Los suyos eran los hoyuelos del mismísimo demonio. Yo, que estaba en pijama, todavía con legañas e iba justo a entrar al baño, me le quedé mirando con los ojos bien abiertos. —¡¿Qué demonios haces?! —le chillé. Él ladeó un poco la cabeza, como un cachorro que no entendía algún ruido. —Entro por la puerta. —¡Ya sé que entras por la puerta, Stephen Hawking! —solté aún más alto con algo de exasperación—. ¡¿Por qué entras tan campante por mi puerta?! —¿Será porque es la única manera de entrar en el apartamento? —respondió, igual de incrédulo. Y solo le faltó hacer ese gesto de la chica de «Reatziona, Justin, reatziona». ¿Recuerdas? Esa chica que se hizo viral hace años por dedicarle un vídeo a Justin Bieber pidiéndole que reaccionara. Si no lo recuerdas, googlealo, es un clásico. —Maldición, sabes muy bien lo que quiero decir, Aegan —bufé entre dientes. —Puedo entrar donde quiera en todo Tagus, no es ningún secreto —me explicó, como si fuera lo más normal del mundo. Luego fijó sus llamativos ojos en mí con un aire juguetón y c***l—: Sin ninguna excepción. En su solicitud para las universidades debía de tener resaltado en rojo «habilidad especial»: «joder vidas sin motivo alguno». —Si vas a hablar de en cuántas cosas o personas te has metido, abandonaré esta conversación más rápido de lo que seguro acabas —repliqué con decisión. Su risa fue tranquila, pero enérgica. —Vengo a buscarte para ir a clase —aclaró con naturalidad— como te prometí. —No voy a ir a clase —le mentí. Aegan me miró como si fuera una pobre cosita ilusa que no entendiera nada de la vida. —¿Y en qué universo de Marvel tú decides si vas o no a clase? —resopló él, con ese tonito que se usa con alguien con grandes problemas para comprender las cosas. —Es que tengo la regla —mentí de nuevo, encogiéndome de hombros—. Un grifo de regla. Suelto tanta sangre que dejaría un camino tan largo como el de las baldosas amarillas en El mago de Oz. Evidentemente, no quería ir en coche con él, pero mi regla no le pareció un problema. —Podemos comprar tampones —contestó sin inmutarse. —No uso tampones. Leí que una modelo perdió las piernas por usarlos —repliqué. En realidad, cualquier excusa me servía en ese momento, aunque fueran mentiras. Pero eso de la modelo no era mentira, en serio. Aegan alzó los hombros como si todavía no viera cuál era el inconveniente. —Bueno, podemos demandar a la empresa de tampones —dijo como una obvia solución. Luego me dedicó esa sonrisa amplia y triunfante que me causaba tres tipos de dolores de cabeza—. ¿Por qué tanta negatividad hacia la vida? No hay nada imposible para un Cash y menos para la novia de un Cash, así que anda, ve a vestirte, yo te espero aquí. No se iría. Aegan no aceptaba un bendito «no» por respuesta cuando se trataba de algo que quería para él. Cuantas más excusas le diera, más soluciones propondría. Lo creía capaz de sacarme del apartamento en pijama con tal de salirse con la suya. —Eres un grano en el culo —solté, conteniendo un montón de groserías. —Espero que sea en el culo de Kylie Jenner —canturreó con un perverso entusiasmo. No, más bien en el culo peludo de un mono. Así que me llevó a clase. El viaje en coche fue raro. Durante casi todo el trayecto fuimos en silencio. No fue un silencio incómodo, sino espeso, como el de dos contrincantes. Para aligerarlo,decidí poner algo de música. Encendí el reproductor y fui descartando canciones de rap, de rock y de reguetón hasta que milagrosamente encontré una de Adele. La dejé, pero de inmediato Aegan la cambió. —No me gusta —dijo. —Pero está en tu lista de reproducción —rebatí, volviendo a ponerla. Él presionó la pantalla del reproductor para que sonara la siguiente. —Seguramente la puso Adrik. ¿Adrik escuchaba a Adele? Ohmaigá. Daba igual, la puse otra vez. —Suena bien, la dejaré. Y él la cambió de nuevo. —Que no me gusta. Por la mañana siempre prefiero oír a Mick Jagger, de los Rolling Stones. Me da energía. Es mi favorito. Volví a poner a Adele. —Podemos oírlos cuando termine esta canción. Aegan la adelantó. —No. Y punto. Me negué a seguir esa ridícula batalla, así que apagué el reproductor y miré por la ventana. Lo de Eli llegó a mi mente de inmediato, porque la verdad era que no había salido de mi cabeza en toda la noche. Lo siento, pero sí era raro. No, era muy raro. No, era tan raro que pasaba a ser también interesante. ¿A qué conclusiones había llegado con esa historia? Que Tagus tenía tantos secretos como extintores. Uno en cada pasillo. A la vista, pero al mismo tiempo invisibles. Y hago esta comparación porque, dime, ¿quién les presta atención a los extintores? Nadie, hasta que los necesitas. Artie necesitó un extintor la noche anterior y lo usó para apagar su llama de la ira. Pero, sin saberlo, encendió mi llama de la curiosidad. ¿Qué había pasado con Eli? ¿Cómo fue que un día dejó de ir a Tagus y nadie la había vuelto a ver? ¿Acaso ahora yo estaba en su lugar? ¿Estaba sentada donde ella se había sentado? Y más importante: ¿el injustamente atractivo espécimen que iba a mi lado mordiéndose con distracción el interior de su labio había tenido algo que ver con su desaparición? Quería saberlo. Quería saberlo todo. Mi cuerpo exigía al menos intentar encontrar una pista. De no existir el vídeo que Artie tenía guardado habría sido muy difícil, pero la grabación me daba un punto de partida: la antigua biblioteca. Esa era la otra parte del plan que no le había contado a Artie para no asustarla. Si no podía decirle a nadie que había algo raro en relación con Aegan y la desaparición repentina de su exnovia, lo investigaría por mi cuenta. Buscaría pistas, cualquier cosa que me pudiera ayudar a comprobar si Artie tenía razón al pensar que Aegan le había hecho algo a Eli. Por otro lado, que Dash y Kiana creyeran que solo quería humillar a Aegan me serviría para recabar información adicional sobre él. Estaba todo cubierto. La única complicación era que solo tendría los noventa días que duraban sus noviazgos para lograrlo. Aegan detuvo el coche frente al edificio de mi facultad y yo detuve el hilo de mis pensamientos, y procedí a abrir la puerta para irme sin despedirme, pero... —Recuerda avisarme de dónde estarás —me dijo. Solté una risa y no me lo tomé en serio. —Claro. —Solo un mensaje; iré a cierto sitio —insistió. De acuerdo, me giré hacia él, todavía burlándome con la sonrisa. —Me encantaría ver cómo una turba feminista te oye decir eso. Su cara impasible demostró que no lo decía solo para molestarme. —Hablo en serio. —Y yo también. —Eso forma parte de las indicaciones para nuestra relación que no me dejaste decirte —me recordó. —Y que no pienso dejar que me digas ahora porque no me importan —sonreí. No tuvo más paciencia. Clavó su mirada intimidante en mí, esa que probablemente usaba para meterles miedo a los demás y que cumplieran sus órdenes, esa que no era de Aegan, sino de «Aegan Cash, miembro de la legendaria y poderosa familia Cash». —Escúchame, Jude —pronunció cada palabra muy despacio con tono amenazador—. Puedes soltar todos los comentarios sarcásticos que quieras y alardear de tu lado de chica superpoderosa, pero respeta mis reglas porque son lo único que va en serio entre tú y yo. Lo miré por un momento con los ojos medio entornados. Él me sostuvo la mirada. Si en ese momento hubiésemos tenido cinco años —y tal vez parecía que era así—, habría sido una estúpida guerra de miradas intimidantes. Finalmente, recurrí a todas mis fuerzas, le mostré una sonrisa «dulce» y asentí. Abrí la puerta del coche, y apenas salí y la cerré, él arrancó y se fue. Me quedé en la acera un momento, mirando cómo se alejaba. Me di cuenta de que estaba apretando demasiado fuerte mi mochila contra mi cuerpo. ¿Sus reglas? ¡¿Sus reglas?! Ya vería lo que haría con sus reglas. Era hora de empezar a actuar. Antes, claro, tuve que asistir a mis clases como una buena estudiante para poder mantener mi lugar universitario. Ya sabes, primero los estudios y luego los planes macabros. No, no, mentira. Esta historia es el ejemplo de todo lo que no debes hacer en la vida. No pretendo enseñarte nada más que eso, así que no sigas mis consejos. Después de mis clases, me reuní con mi equipo. Porque sabemos que ningún malvado ha sido derrotado sin ayuda de un equipo, ¿no? Harry tenía a Ron y a Hermione. Yo tendría a Kiana, Dash y Artie, que no eran tan inteligentes como Hermione ni tan... ¿para qué servía Ron? Bueno, no eran el cuarteto de oro, pero servirían de mucho porque tenían algo valioso: información. Sabían todo sobre Tagus y, más importante aún, todo sobre la gente de Tagus. Nos encontramos en los jardines del campus, esa área verde y despejada en la que los estudiantes pueden poner sus mantas y estudiar, hacer pícnics, reuniones o, en nuestro caso, tramar planes. Allí no correríamos el riesgo de ser escuchados por oídos indiscretos, ya que con ese tema había que tener discreción al estilo de la CIA. Una vez allí, la información empezó a fluir: —Aegan es el que tiene el control —declaró Kiana. —Aleixandre es el más débil —señaló Dash—. Es como ese robot de limpieza que aparece en la película de Wall-E que va detrás de todo aspirando. Él se esfuerza demasiado por mantener la reputación de sus hermanos y al mismo tiempo por ser como Aegan, pero no le sale muy bien. Si te fijas, no tiene ni voz ni voto cuando están juntos. Sí, lo había notado aquel día en la prueba para el periódico. En cuanto a Adrik... —Es muy difícil saber algo sobre él —admitió Dash, pensativo—. Parece un fantasma. Pocas veces lo ves en fiestas y en raras ocasiones te enteras de algún chisme en el que esté involucrado. Adrik, de nuevo, todo un misterio. —Mira, para que esto funcione, tendrás que convencer a Aegan y a todo el mundo de que en verdad estás babeando por él —resumió Kiana—. O sea, que tendrás que meterte en el papel de chica enamorada como Joaquin Phoenix se metió en ese papel de Joker: magistralmente. Y lo que he visto cuando Aegan tiene una novia nueva es que ella deja de pensar por sí sola para pensar como él, y que siempre andan juntos. —Excepto en el club —se acordó Dash de repente. Alterné la vista entre ambos, ceñuda. —¿Qué club? Dash ladeó la cabeza, incrédulo. —¿No has oído hablar del club? —Por algo les estoy pidiendo información —enfaticé con obviedad. Me lo explicaron. Por lo visto, el club era un sitio tan viejo como la historia de Tagus, donde ya los tatarabuelos de los actuales alumnos pasaban su tiempo libre. Algo así como la sala común de las casas de Hogwarts, pero más grande, muchísimo más grande. Irónicamente, era un espacio exclusivo dentro de lo exclusivo. Al club solo podían acceder los Cash y algunos chicos de las familias más importantes. ¿Recuerdas que te hablé de ellas? Pues esas. Dentro, tenían una regla fundamental al estilo Las Vegas: «Lo que pasa en el club se queda en el club», así que, fuera de sus miembros, nadie sabía lo que ocurría allí. ¿Qué parecía? El sitio perfecto para esconder más secretos. —Casi nadie puede entrar —complementó Artie, que había estado callada—. Y para tener acceso necesitas ser o miembro permanente o miembro temporal. Para hacerte miembro permanente, alguien te debe proponer, y para ser temporal, algún miembro debe llevarte al menos un día. Interesante. Muy interesante. Los Cash tenían una guarida. —Entonces, ¿ese sería el sitio al que debo entrar si realmente quiero formar parte de su círculo?—quise asegurarme. Kiana y Dash asintieron al mismo tiempo. —Creo que debes hacer la ruptura públicamente en la feria de aniversario de los fundadores —sugirió Kiana—. Nadie va a faltar, todo el mundo estará allí. Será el lugar y momento perfecto. —¡Cierto! —exclamó Dash, iluminado por la genialidad de esa idea—. ¡En la tarima! Kiana asintió, ansiosa de presenciar ese suceso. —Subirse a una tarima me parece demasiado dramático —opinó—, pero a Aegan le encantan los escándalos y las noticias a toda voz. Había escuchado a Artie hablar de esa feria varias veces. Era grande. —¿Cuánto falta para ese día? —Dos meses —contestó Kiana. Bien, si me esforzaba, era tiempo suficiente. Debía empezar. Paso 1: entrar en el club. Se lee fácil, ¿no? Pues convencer a Aegan de llevarme a ese club no fue tan sencillo como podía parecer; no, no, no, amiguitos y amiguitas. Se lo mencioné por primera vez al día siguiente después de salir de clase mientras íbamos en su auto. Algo irritante de Aegan era que no decía a dónde nos dirigíamos porque le parecía suficiente con saberlo él. Eso demostraba que, aunque a simple vista parecía ser solo un tipo guapo, en realidad ser el líder de los tres hermanos, el que había construido la reputación que los precedía, le había hecho desarrollar una impecable habilidad para ser un excepcional i****a. —Bueno, ¿a dónde vamos? —pregunté con mis falsos ánimos de novia feliz de estar junto a él. —A comer algo —decidió él, sin derecho a réplica—. Nada picante, por supuesto. Qué graciosito. Desde luego no me quedaban ganas de nada picante. Mi pobre boca había quedado traumatizada. —¿No se supone que eres un caballero? —le pregunté—. ¿Por qué nunca me preguntas a dónde quiero ir yo? Él forzó una sonrisa con un tono suave: —¿A dónde quieres ir, Derry? —¿Qué tal a ese club al que vas con tus amigos? Con la misma voz suave dijo: —No. Así pasamos cuatro días. Él aparecía en su auto, tocaba el claxon unas veinte veces para meterme prisa, yo entraba en el coche, él conducía y no nos decíamos más de tres palabras. Lo curioso era que los silencios entre Aegan y yo no eran incómodos. Ni siquiera queríamos hablarnos, así de simple, y cada uno lo entendía y lo aceptaba. Al llegar a nuestro destino, yo salía del auto muy rápido y solo por fastidiarlo me despedía con un: «Gracias, amorcito». Aegan sonreía con cierta malicia y contestaba: «Siempre para ti, preciosa». Sobre el club todo era: no, no y no. Era obvio que no quería que yo fuera, pero Aegan no me conocía ni un poquito. Negarme algo solo hacía que tuviera más ganas de conseguirlo, sobre todo porque su negativa a invitarme al club me llevaba a pensar: «¿Acaso hay algo que no quieres que vea, Aegan? Pues lo veré». Pero primero quería saber más sobre Eli, por lo que fui al lugar en el que tal vez podía haber una pista: la antigua biblioteca. Te preguntarás cómo entré si ahora a esa biblioteca solo podían ir los alumnos pertenecientes al consejo estudiantil o los líderes de grupos estudiantiles. Bueno, ¿recuerdas cuando estábamos en el Bat-Fit y le pregunté a Kiana qué era esa llave tan rara que colgaba de su cuello? Ella dijo que era una llave maestra para salas especiales de Tagus. Entonces, ¿qué fue lo que tuve que hacer? Podría decirte que se la pedí prestada, pero considera esto: Kiana habría hecho demasiadas preguntas. No era bueno que nadie conectara nada de lo que tenía que hacer para averiguar más sobre la desaparición de Eli o ahí sí correría verdadero peligro, así que se la robé la tarde anterior mientras estaba de visita en su apartamento. Ya luego me las ingeniaría para ponerla en su lugar de nuevo. Fui a la hora después del almuerzo. Tuve que llegar en bicicleta al otro extremo de las facultades de Tagus, a un edificio que era casi exclusivo para profesores. Al atravesar las puertas, me di cuenta de que esa biblioteca sí era muy diferente a la que se usaba actualmente. Allí todo era de una madera que a leguas se notaba que llevaba muchos años siendo pulida. Los estantes de libros estaban dispuestos de forma clásica y las lámparas colgaban del techo con dramatismo. En el centro había cinco filas de largas mesas con secciones de ordenadores algo pasados de generación, y en una esquina estaba el área de las impresoras. y Para hacer lo que iba a hacer, necesitaba dos cosas: Activar al máximo mi instinto de investigación, desarrollado gracias a series de televisión como Mentes criminales, CSI y La ley y el orden: UVE, las cuales, en serio, te dan otra perspectiva de vida y te aportan mucha creatividad investigativa. Y... consultar un par de tutoriales en YouTube. Artie había visto a Eli imprimir algo con nerviosismo y luego irse muy rápido, ¿no? Así que tenía que averiguar qué había impreso. Como esos ordenadores e impresoras eran del profesorado y de la administración, debían tener instalado algún programa para registrar cualquier cosa que saliera de ellos. Y como a esos aparatos solo tenían acceso ciertos alumnos y, aun así, una parte de ellos prefería usar la otra biblioteca, no eran formateados durante largos períodos de tiempo, así que quizá podía verse aún el historial del día en que Eli había impreso algo. Claro, también existía la posibilidad de que no hubiera nada, de que ya lo hubiesen borrado todo. ¿Tendría suerte? Me senté delante de uno de los ordenadores. Lo primero que busqué fue la lista de programas instalados. Encontré el de registros de impresión y lo abrí. Me dejó ver todo lo que había salido de la impresora desde el último formateo. Filtré por fecha: 25 de febrero. Tardó en cargar. Tardó tanto que empecé a mover la pierna con impaciencia. Cuando finalmente apareció la lista, había seis impresiones de ese día. ¡Eureka! Bueno, eso es para los científicos. Lo malo de aquel programa era que no me enseñaría los archivos impresos. Me mostraba la fecha, el formato, si hubo algún fallo o si la impresión fue exitosa, y también la computadora desde la que había sido ordenada la impresión con la página web asociada al archivo. Justo esop era lo que quería. En serio, gracias tutoriales de YouTube por enseñarme, porque a decir verdad mi cerebro no era tan tecnológico. Muy bien, me incliné hacia delante, totalmente inmersa en mi investigación, y empecé acceder a todos los enlaces de cada impresión de aquel día para poder averiguar de qué se trataban. Tres eran páginas de la universidad, dos eran archivos que habían sido sacados desde una USB y la última impresión había sido hecha desde: www.agencyride.com Que era, nada más y nada menos, que una agencia de alquiler de autos. Hum... Tal vez... ¿Eli había impreso un comprobante de pago para alquilar un coche? ¿Justo el día antes de desaparecer? Si se había ido a algún lugar por alguna razón, ¿por qué lo hizo con un vehículo de alquiler? Deduje (sí, como Sherlock Holmes) que no quería que se supiera a dónde se dirigía, y eso me llevó a una pregunta preocupante: ¿por qué? Entonces no había desaparecido, sino que se había ido por su cuenta. O eso parecía... —Hola, Jude Derry —escuché de repente. Al ver el rostro que se había alzado sorpresivamente desde detrás de la pantalla de la computadora en la que estaba casi metida, mi cuerpo reaccionó muy rápido y llevó a cabo distintas acciones: di un salto de susto junto con un gritito mientras que desesperadamente traté de cerrar todas las ventanas que había abierto. Todo eso hizo que casi me cayera de la silla y me dejó temblando. El causante: Aleixandre Cash. Soltó una carcajada. Lo miré como si estuviese loco. —¡¿Qué pasa contigo?! —me quejé, con el susto todavía en la voz y el corazón acelerado por el temor de que hubiese visto algo—. ¡¿Por qué apareces así?! Aleixandre continuó riéndose de mí como un muchachito orgulloso de sus travesuras. Rodeó la mesa y de un salto se sentó en el borde, junto a mi ordenador. Tenía el cabello azabache peinado hacia atrás en un aire sensual pero relajado, y como siempre se veía extremadamente limpio, sin arrugas, como recortado de una página de revista de moda. —En mi defensa, diré que no he entrado de forma sigilosa, ni mucho menos, pero estabas tan concentrada que no me has visto —aclaró cuando pudo dejar de reír. Me puse una mano en el pecho. —Oh, Dios, se me va a salir un pulmón —suspiré. Él entornó un poco los ojos con divertida suspicacia. —¿Por qué te asustaste? —quiso saber—. ¿Acaso estabas haciendo algo malo? Solo tenía una opción: mentir. —Estaba leyendo historias de terror —dije con naturalidad, exigiéndole a mi corazón calmarse. —Ya —asintió él con un tonillo de «díselo a alguien más a ver si te cree». Pensé que intentaría averiguar la verdad, que insistiría, pero no preguntó nada más, solo miró el costoso reloj de su muñeca y después echó un vistazo hacia la puerta como si estuviera esperando a alguien. —¿Qué haces aquí? —me atreví a preguntarle. Me esperé una respuesta odiosa tipo Adrik o Aegan, pero contestó abiertamente: —He quedado con una chica para que me ayude con unos informes. Debería llegar en cualquier momento. Ni siquiera llevaba mochila o cuadernos o un mísero bolígrafo para hacer algo. —¿Por qué no se ven en la biblioteca principal? Él me miró de reojo, otra vez con la sonrisa de «la vida es mi parque temático». —¿Quieres que te haga esa misma pregunta? Inteligente. Muy inteligente. ¿Qué hacía yo usando una computadora de la biblioteca que era exclusiva para profesores y estudiantes del consejo? Sospechoso también. —Bien, yo ya me iba —avisé. Empecé a recoger mis cosas y a guardarlas en la mochila. Mientras, Aleixandre sacó su móvil porque sonó una notificación. No vi qué había recibido, pero noté algo raro. Hubo un ligero cambio entre el instante en el que desbloqueó el teléfono y el instante en el que miró lo que fuera que le había llegado. Se quedó como congelado un momento y después alzó la mano hacia su cabello y se lo peinó hacia atrás, aunque ya estaba bien peinado. Hum... Un gesto de nerviosismo. ¿Qué habría recibido? Imaginando las más locas posibilidades, de repente tuve una idea. Tan rápido y tan de golpe que no entendí cómo no se me había ocurrido antes. ¡Claro! Aleixandre. El menor. El que, según me había contado Kiana, socializaba con más facilidad. El que iba de fiesta en fiesta y se dedicaba a disfrutar. El de la amplia y divertida sonrisa que parecía una invitación a hablar con él, a relajarte y reírte con lo que te decía. Todo él transmitía un claro mensaje: «Acércate, yo sé cómo pasarlo bien». Con ese chico sí se podía tener una conversación, pero lo más importante: se podía lograr lo que no podía conseguir con Aegan. Jude tonta y mentirosa: activada. —Supongo que al final no me admitieron en el equipo del periódico, ¿no? —dije de repente. Aleixandre no levantó la vista de su móvil y empezó a escribir algo. —Los seleccionados se publicaron en el perfil oficial —me respondió con cierta indiferencia —. ¿No lo viste? Sí. Pero mentí: —No. —Pues esta vez no has sido seleccionada —dijo, y usó un tono suave como para no hacer duro el rechazo—, pero tal vez puedas entrar el próximo semestre, así que preséntate. Valoré que al menos no fuese c***l. Con eso me di cuenta de una cosa: era cierto que no le salía bien intentar parecerse a Aegan, pero tal vez era por su propia personalidad, que, aunque no lo creyera, salía a la luz entre los rasgos de sus hermanos. —Me lo imaginaba —suspiré, y jugué con un tono de voz algo afligido—. Aegan no quería que yo entrara, lo noté el día de la prueba, y sé que él es el que toma las decisiones. —Solo es el que mejor las toma, y por esa razón confiamos en ellas —aseguró él. Le dio una nota relajada a esa declaración, pero a mí me confirmó que no había modo de que alguien mandara más que Aegan. De igual forma me mostré de acuerdo. Falsamente, obvio. —Me da la impresión de que esa madurez es una de las mejores cosas de Aegan —fingí aceptar —. Lo único malo es... Hice una pausa dramática e intencional. —¿Qué? —quiso saber él, aún atento a su teléfono. —Es un problema tonto —chasqueé la lengua y traté de restarle importancia. Se encogió de hombros. —No tengo prisa. —No quiere pasar tiempo conmigo —dije, afectada—. Y se supone que estamos saliendo, ¿no? —Pues eso es lo que parece —asintió Aleixandre. Aunque no me estaba mirando, puse cara de duda, ya sabes, para darle pasión a mi personaje. —No lo sé, pero estoy llegando a pensar que... Tras eso, Aleixandre apartó la atención de su teléfono y me prestó atención, curioso. Vio a una chica nerviosa y angustiada por su relación con su novio. —¿Qué? —me animó a contarle. Muy bien, era mi momento. Si estaba en lo correcto, lo que iba a decir debía funcionar y alarmar a Aleixandre. Si le importaba mucho la reputación de sus hermanos, trataría de intervenir para evitar algún chisme o rumor. —Que no es como todos dicen, ya sabes, sincero, caballeroso... —dramaticé, preocupada—. Siempre está en el club, y no sé qué hace allí ni con quién está, o si es que quiere evitarme. ¿Crees que quiere evitarme? Aleixandre hizo un mohín despreocupado, ni siquiera lo pensó mucho. —No, lo que creo es que te estás haciendo una película —contestó con simpleza—. No debe preocuparte que esté en el club. Esa frase me dejó algunas dudas. Me pareció muy ambigua. Recurrí a algo más. —Bueno, tal vez esa es su personalidad —acepté, pensativa. Luego hice como si se me ocurriera algo mejor—. Quizá debería preguntarle a alguna chica con la que haya salido antes si le pasaba lo mismo, si él tampoco la llevaba a ciertos sitios. Creo que Artie sabe quién ha sido su... Aleixandre me interrumpió en un gesto de «espera, espera, baja el nivel de intensidad». Soltó incluso una risa algo forzada. —Mira, si piensas que está con otra chica, te equivocas —intentó convencerme—. Nosotros no hacemos eso. ¿No? ¿Y la chica del hotel con la que estuvo Aegan mientras salía con Eli? ¿Y la chica a la que él mismo estaba esperando en esa biblioteca solitaria cuando se suponía que tenía novia? Ay, Aleixandre, eras un niño muy acostumbrado a persuadir con las mentiras de tu boca perfecta. —Pero el club... —dije dubitativa, a lo que él me contestó con los ojos entornados: —No creí que fueras de las que necesita verlo para creerlo. Le dediqué una sonrisa de esas indescifrables. Je. —Oh, lo soy, Aleix, lo soy —admití. Me observó con cierto desconcierto. Incluso me pareció que no me miraba a mí, sino a sus propios pensamientos. Unos segundos después bajó la vista y tragó saliva. —Aleix... —pronunció en un tono más bajo, alejado, que me despertó la curiosidad—. Hace tiempo que no me llamaban así. Iba a preguntarle que quién lo había llamado de esa forma, pero tan pronto como surgió esa rara reacción, desapareció para dar paso a su habitual y coqueta sonrisa. —Yo puedo llevarte al club —me dijo, animado
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