―¡Marta, el jefe te llama!, ¡es urgente! ―escuché que me decía, extrañada de que me hubiera él venido a buscar. ―Pero ¿qué sucede? ―le pregunté―. ¿Qué puede ser tan urgente como para que tú vengas corriendo?, con tus piernas, esas a las que tienes que pedir permiso, primero a una para que se mueva y después a la otra, ¡bueno, perdona!, no es que me burle, eso es al menos lo que tú dices siempre, que no puedes ya dar ni un paso y que te vas a tener que servir dentro de poco de una silla de ruedas, pues mira, ¡cuando quieres bien que corres! ―¡Bueno chica, calla y vete!, a ver qué quiere de ti, me ha dicho que era urgente ―estaba diciendo Carlos, mientras me empujaba con su mano en mi hombro. Y sin decir nada más, salí al pasillo y eché a andar. ―¡Oye!, si yo he venido corriendo, creo que

