―Sí, de eso sí que me he enterado, desde Málaga, aunque no sé muy bien, por qué no vamos directamente desde el aeropuerto de aquí ―contestó ella pensativa. Y cayendo de pronto en algo dijo―. ¡De uniforme!, ¿cómo, que no puedo ir de uniforme?, pero ¿qué dices?
―Mira ―dijo Jenaro interrumpiéndoles―. Ahora te lo cuento por el camino, ¡vamos, que nos estarán esperando!
―¡Ah, sí, en Los Remedios! ―dijo Antonio―. ¡Pues venga!, no le hagáis esperar, ¡adiós! ―Y dando la media vuelta se alejó de ellos andando por el largo pasillo.
―Los dos se quedaron allí parados ―él la preguntó―. ¿Te pasa algo? ―Al verla tan seria.
―¡No, nada! ―le contestó ella―. Pero necesito unos minutos para asimilar todo, ¿qué te parece si antes de ir damos un paseíto por el Parque de los Príncipes?, así charlamos un poquito de todo esto y en vez de ir por República Argentina subimos por Virgen de Luján.
―¡Bien!, así aprovechamos para hablarlo, pero recuerda que nos esperan, ¡vamos ligeritos! ―la dijo.
Bajaron los escalones de la comisaría, esperaron que el semáforo se pusiera en verde, y cuando estaban cruzando, Marta se paró de pronto y dijo:
―Pero ¿cómo vamos a preparar un viaje así tan de repente?, ¡eso es imposible!
―¡Mira! ―dijo Jenaro―. ¡Sigue andando y no te agobies!, se me ocurre una cosa, para no tener complicaciones y puesto que ya se han encargado de los billetes del avión y de la reserva del hotel, nosotros solo tenemos que informarnos del trabajo, lo más que podamos y luego echar solo lo necesario en una bolsa de viaje y ya está, si te parece bien, y allí nos compramos lo que sea, ya que no sabemos, ni que tiempo hace, ni cuantos días vamos a estar, y además si llevamos maletones es más difícil de movernos.
―Sí, ¡para ti todo es facilísimo!, ¿cómo vamos a viajar solo con lo puesto?, ¡no digas disparates!, ¿sólo una bolsa?, ¿y que cabe en una bolsa?, además, si vamos allí a trabajar, ¿cómo vamos a irnos de compras?, pero ¿te has escuchado todo lo que me has dicho?, ¡creo que no!, además, a mi hasta me hace falta ir a la peluquería, ¿no ves lo mal que tengo el pelo? ―contestó ella al tiempo que se pasaba la mano por la cabeza.
―¡Anda coqueta!, ¿cuándo te ha preocupado a ti eso?, si lo tienes bien ―le dijo él acercándose un poquito a su cara, para hacerla una caricia, gesto que ella rechazó inmediatamente, pues los dos iban de uniforme, y ella tenía mucho cuidado “de no dar la nota”, como decía, y es que cuando estaban de servicio, eran solo unos compañeros.
―¿Cómo que bien?, eso es que no me has mirado ni tan siquiera, si hasta necesito una mano de tinte, ¿no ves la de canas que tengo ya? ―estaba diciéndole ella muy seria.
―Pues eso está resuelto, ¡ves a la peluquería!, pero mira, ¿qué te parece si primero vamos a hablar con el sacerdote?, que nos está esperando en los Remedios, aunque si no corremos nos encontraremos la Parroquia cerrada y él se habrá marchado pensando que ya no vamos a aparecer ―estaba diciendo y al mismo tiempo empezó a apretar el paso.
―¡Escucha!, pero ¿te ha dicho el jefe al menos el nombre de ese señor? ―preguntó Marta, pues hasta ese mismo instante no se había dado cuenta de ello.
―¡Claro, espera, que ya no me acuerdo!, menos mal que lo he apuntado, si no con todas estas cosas, no sé ni dónde tengo la cabeza ―dijo Jenaro mientras se echaba la mano a los bolsillos, buscando en ellos algo.
―¡Bueno!, tú sigue con esa costumbre de apuntar todo, que ya sabes lo bien que nos viene ―le dijo ella sonriendo ya más relajada.
―¡Mira! ―dijo él después de sacar del bolsillo del pantalón un pequeño cuaderno, “mi memoria”, que era como él le llamaba, lo ojeó y dijo:
―Don José.
―¿Qué? ―preguntó ella distraída, pues como iban andando por un paseo entre jardines, se había puesto a mirar unas flores que le habían llamado la atención, y volviendo la mirada hacia su compañero, le volvió a preguntar―. ¿Qué dices?
―¡Don José!, que el sacerdote al que tenemos que ver, se llama Don José ―repitió él, al mismo tiempo que se volvía a guardar el cuadernillo en el bolsillo.
―Bien, ¡pues no lo olvides!, mira, ¿has visto que bonitos están los jardines este año? ―le preguntó Marta, mientras le señalaba unos setos floridos, al lado de donde estaban pasando en esos momentos.
―¡Sí! ―afirmó él casi sin mirarlos, ya que no era muy amante de la naturaleza, al contrario que ella, que tenía toda la terraza llena de tiestos y en cuanto tenía un poquito de tiempo libre estaba, que si regándoles, que si podándoles, o echándoles abono, era como tantas veces le había escuchado, su válvula de escape, y además esa afición había hecho que para él, fuera muy sencillo hacerla algún regalo, por su santo, por el aniversario de la boda, para Navidad, cualquier planta la encantaba y la agradecía más que ninguna otra cosa, claro que alguna vez le había regalado alguna que ya tenía repetida, pero no había problema, la volvía a llevar a la floristería y se la cambiaban por otra, allí ya le conocían, llevaba años adquiriéndolas y era más que cliente, un amigo.
Al salir del Parque de los Príncipes, el policía, después de echarle un ojo al reloj dijo:
―¡Vamos, más deprisa!, que nos hemos entretenido demasiado, con el paseíto.
―Pero ¿qué dices? ―le preguntó ella extrañada―. Si hemos venido sin pararnos, ni una sola vez, y además me traes con la lengua fuera de lo deprisa que vas.
―¡Anda, venga, no seas exagerada! que, si ese sacerdote está allí solo esperándonos, se va a desesperar, ¡vamos! ―la dijo Jenaro, apretando más aún el paso.
Andando por la calle Virgen de Luján, ella iba mirando de reojo algún que otro escaparate de las tiendas por las que iban pasando, mientras pensaba “¿Y qué me puedo llevar?, ¿qué tiempo hará allí?, ¿con quién nos tendremos que reunir?”, se le iban ocurriendo a cada paso nuevas preguntas, parece que por fin, acababa de asimilar el trabajo que les habían encomendado y de esa forma, deprisa y en silencio los dos llegaron hasta la escalinata de la iglesia de los Remedios, antes de poner el pie en el primer escalón le dijo él a Marta:
―No se te vaya a ocurrir decirle al sacerdote que eres atea, que te conozco.
―¡Anda!, ¿y por qué se lo tendría que decir?, ¿a él que le importa? ―le contestó ella algo molesta, porque le sacara ese tema ahora.
Terminaron de subir la escalinata, cuando Jenaro ya tenía la mano en el picaporte de la puerta, escuchó a Marta que le decía:
―Creo que se lo debo de decir, para que sepa qué clase de persona soy ―Y entró decidida sin darle tiempo a él, a reaccionar y a responderla.
Ya dentro del templo, ambos miraron por todos lados, solo una vez ya hace años la habían visitado, cuando acudieron a la boda de una compañera, y poco había cambiado desde entonces, no les había gustado aquel día, y ahora que la volvían a ver tampoco les agradó mucho, esas paredes de cemento y esos techos de madera, y también les pareció que era muy oscura, pues a esas horas del día, solo por una de las ventanas que había allí, cerca del techo entraba un rayito de sol.
A ninguno de los dos le parecía una iglesia al uso. Sí, moderna era, desde luego, pero muy diferente a las demás que había por toda la ciudad, pero bueno a los que acudían todos los días, seguro que, si les gustaba, pues si no se marcharían a otra, y además ellos qué tenían que opinar, si quizás no volvieran por allí nunca más.
El templo estaba completamente vacío, mirando por allí, vieron un confesionario que estaba situado al fondo, cerca del altar, se acercaron y pudieron comprobar que dentro había un sacerdote sentado.
El policía respetuosamente, después de darle los buenos días, le preguntó por un sacerdote llamado Don José, claro, antes consultó con su cuadernillo, no fuera a meter la pata.
―Sí, soy yo ―le contestó aquel anciano sacerdote―. Y usted seguramente es Don Jenaro, ¿verdad?
―Sí ―dijo el policía un poco sorprendido.
―No se extrañe, a esta hora tengo pocas visitas, y si estoy aquí es porque les estaba esperando, ¿ha venido también Doña Marta con usted? ―preguntó al no verla.
―Sí, le contestó, está ahí ―Y señaló el banco donde se había sentado ella a la espera.
―Pues si les parece entramos en la Sacristía y hablamos largo y tendido ―le dijo el sacerdote, saliendo del confesionario y comenzando a andar despacito, con evidente esfuerzo de unas piernas ya cansadas por la edad.
Detrás de él iban la pareja de policías, pensando, “¿Qué nos tendrá que decir este señor?”
Entraron en la Sacristía que se encuentra situada detrás del Altar Mayor y allí les indicó el sacerdote que se sentaran en unas sillas de madera, que había plegadas, allí apoyadas a la pared, como solo había dos, el anciano dándose la media vuelta, sin decir palabra, se marchó dejándolos solos allí.
―¿A dónde habrá ido? ―dijo Marta bajito.
―¡No lo sé! ―la contestó Jenaro también sorprendido.
Pero no tuvieron mucho que esperar, enseguida entró de nuevo Don José y en la mano llevaba una silla plegada.
―He salido hay fuera a por una, ¡ustedes dirán! ―les dijo sentándose frente a ellos.
―Mire usted, para que sepa con quien está, le diré que soy medio atea y medio comunista, y a mí, estas cosas no me van ―Y señalaba la sotana del sacerdote.
Era Marta la que había tomado la palabra rápidamente, como temiendo no atreverse a decir lo que a bien seguro estaba pensando.
El anciano sacerdote, riendo la contestó:
―¡Ah, bueno!, si es medio solo, está bien, en la otra mitad caben muchas cosas, ser buena persona, buena mujer, buena profesional y todo lo que se le quiera meter.
Ella sorprendida le preguntó:
―¿Y no le importa a usted lo que soy?
El sacerdote sonriendo la volvió a decir:
―Hija, si acabamos de aclarar las cosas bien, ese medio que es de esa forma, se queda dormido y hablamos con la otra mitad y ya está, ¡ve, no hay ningún problema!
―¡Pero…! ―empezó ella a protestar.
―¡Ni peros, ni nada! ―contestó el cura, ya un poco más serio―. Les han asignado esta misión a ustedes, porque son los mejores en su oficio y el Santo Padre les necesita.
―¡Bueno, si es así! ―dijo Marta bajito―. Teniendo las cosas claras desde el principio, luego…
―Si no hay luego Doña Marta. Usted es una profesional como la copa de un pino, y nada la va a hacer distraerse de su tarea, lo demás no importa, si es rubia o morena, alta o baja, es como es, y no hay nada más que hablar ―dijo tajante el sacerdote.
Tomando la palabra muy serio el policía dijo:
―¡Bueno, creo que nos tiene usted que contar algo!, aunque no sé muy bien de que se trata, no nos ha dicho nuestro jefe mucho, así que si le parece empezamos que no queremos robarle mucho tiempo, sabemos que estará ocupado.
―¡Pero hijo!, ¿no ha visto mi ocupación?, es estar al servicio de quien lo necesite, y ahora es el Santo Padre quien parece necesitarme, así que mejor tarea no puedo tener.
―Señor, dos veces ha nombrado usted al Papa Francisco, bueno, como ha dicho, al Santo Padre, ¿el que puede necesitar de nosotros, si no somos religiosos?, con todos los curas y monjas que tiene, ¿por qué no acude a alguno de ellos?, que esos sí que le podrán hacer un trabajo bien, a su gusto ―le estaba diciendo Jenaro, pues en el fondo era lo que se había ido preguntando todo el camino, “¿Qué querrían de ellos?, ¿para qué les necesitarían?”