CAPÍTULO ONCE Contento y con el estremecimiento que le producían sus asesinatos, se sentó cerca de la ventana del «Café de la Tía Betty» y dio un sorbo a su café. Desde allí, podía ver el mundo pasar y percibir el estado de ánimo de la ciudad. Escuchó conversaciones, todas sobre el mismo tema. A esas alturas, la noticia de sus actividades había llegado a las masas y parecía que todos los que pasaban por su lado tenían una opinión que compartir. Se compadecía de la camarera que se lo mencionaba, pero en secreto se deleitaba con su angustia. Era una sensación adictiva, algo que no esperaba. En su mente, se trataba de asesinatos por necesidad, para librar al mundo de aquellos que le habían hecho daño. Las semanas que había pasado armándose de valor ahora parecían estar a años luz, y si hubi

