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En la cama del CEO enemigo.

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Sinopse

Gianna creía tenerlo todo: el vestido perfecto, el novio ideal y una boda de ensueño a punto de celebrarse. Pero una noche de copas, una trampa de su mejor amiga y una habitación de hotel equivocada lo cambian todo.

Al descubrir la traición de su prometido minutos antes de llegar al altar, Gianna decide que no será la víctima llorosa que todos esperan. En un arrebato de furia y orgullo, hace lo impensable: le propone matrimonio al hombre más temido de la ciudad y archirrival de su ex, el magnate Luciano.

Él acepta el juego. Pero Gianna pronto descubrirá que casarse por venganza con un hombre tan peligroso como Luciano puede ser un error... o la aventura más excitante de su vida. ¿Te atreverías a dormir con el enemigo para destruir a tu ex?

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La última noche de soltera
La música en el reservado VIP del club Velvet estaba tan alta que hacía vibrar las copas en la mesa. Gianna se dejó caer en el sofá de terciopelo, riendo, con las mejillas encendidas por la euforia y el champán. —¡Basta, Dora! —exclamó Gianna, apartando suavemente la botella que su amiga intentaba servirle de nuevo—. Mañana es el gran día. Si bebo una gota más, voy a caminar hacia el altar haciendo zigzag. Dora soltó una risa aguda, pero sus ojos no sonreían. Brillaban con algo frío bajo las luces. —¡Por favor, Gianna! —insistió Dora, llenando la copa hasta el borde de todas formas—. Es tu última noche de libertad. Cinco años con Thomas y por fin te atrapó. Tienes que celebrar que te convertiste en la ganadora. Gianna miró el líquido dorado burbujeando en la copa. Suspiró con una sonrisa tonta, de enamorada. —No se trata de ganar, tonta. Lo amo. He esperado este día desde que tenía dieciocho años. —Sí, claro, el amor... —murmuró Dora, tan bajo que la música casi se tragó sus palabras. Luego alzó la voz, fingiendo entusiasmo—. ¡Entonces brinda por eso! Por Thomas. Por el futuro imperio que van a unir. ¡Salud! Dora le puso la copa en la mano con insistencia. Gianna, contagiada por la energía del momento, chocó el cristal. —¡Por Thomas! Gianna bebió de un solo trago. El líquido bajó quemando un poco más de lo habitual, dejando un regusto amargo al final de la garganta. Hizo una mueca. —Uf, esta botella estaba fuerte. —Es de la mejor calidad, cariño —dijo Dora, observándola fijamente, sin parpadear—. Solo lo mejor para la novia. Pasaron apenas cinco minutos cuando el mundo de Gianna se inclinó hacia la izquierda. Se llevó una mano a la sien. Las luces del club, que antes le parecían divertidas, ahora eran cuchillos clavándose en sus retinas. El calor en su cuerpo subió de golpe, sofocante. —Dora... —balbuceó Gianna. La lengua se le sentía pesada, como si fuera de trapo—. Creo que... creo que me cayó mal. Dora se acercó de inmediato, sujetándola por el brazo con un agarre firme, casi doloroso. —¿Estás mareada? Deben ser los nervios. —No, no son nervios. —Gianna intentó ponerse de pie, pero las rodillas le fallaron. Se desplomó de nuevo en el sofá—. Todo me da vueltas. Necesito agua. Llévame a casa. —No puedes ir a casa así, tus padres te verían fatal —dijo Dora rápidamente. Miró hacia la entrada del reservado y chasqueó los dedos. Un camarero joven, con uniforme impecable y rostro inexpresivo, apareció de entre las sombras como si hubiera estado esperando la señal. —Ayúdame —ordenó Dora—. Mi amiga bebió demasiado. Tiene una habitación reservada arriba para descansar. Gianna intentó protestar, pero de su boca solo salió un gemido ininteligible. Su mente estaba nublada, desconectada de su cuerpo. Sentía que flotaba en una nube espesa y oscura. El camarero la levantó con facilidad, pasándole un brazo por la cintura. Gianna apoyó la cabeza en el hombro del desconocido, incapaz de mantenerla erguida. Dora se acercó al camarero. Con un movimiento rápido y discreto, sacó una tarjeta magnética de su bolso y la deslizó en el bolsillo del chaleco del hombre. —Habitación 808 —susurró Dora al oído del camarero, lo suficientemente cerca para que Gianna, semiinconsciente, no entendiera nada—. Ya sabes qué hacer. Asegúrate de que el regalo esté listo. Que no salga de ahí hasta mañana. El camarero asintió levemente. —Entendido, señorita. Gianna, con los ojos entrecerrados, vio borrosamente el rostro de su mejor amiga. Parecía distorsionado, lejano. —Dora... —¿Vienes? —preguntó con un hilo de voz. Dora le acarició la mejilla con una suavidad falsa. —Descansa, Gianna. Yo me quedo aquí pagando la cuenta. Mañana será un día... inolvidable. El camarero comenzó a arrastrar a Gianna hacia la salida del reservado. Dora se quedó de pie, observando cómo se llevaban a su "mejor amiga". Tomó su propia copa, dio un sorbo lento y sonrió con malicia. —Adiós, señora de Thomas. Disfruta tu última noche. ***** El ascensor se detuvo con un suave tintineo en el piso más alto del hotel. El camarero se secó el sudor de la frente. Gianna se le resbalaba del hombro. Estaba prácticamente inconsciente, murmurando cosas sin sentido. —Maldita sea, pesa más de lo que parece —masculló él. Sacó la tarjeta maestra que llevaba en el bolsillo. Estaba nervioso. La mujer de abajo le había dicho "la 808", pero con los nervios y las prisas, sus ojos bailaron sobre los números dorados de las puertas. Se detuvo frente a la puerta doble de caoba al final del pasillo. El número 800. La suite presidencial. —Debe ser esta —susurró, convencido de que una mujer así de elegante iría a la mejor habitación—. Da igual, mi trabajo es dejarla y largarme. Deslizó la tarjeta. La luz verde parpadeó. La puerta se abrió. El camarero entró rápido, sin mirar alrededor. Dejó caer a Gianna sobre la inmensa cama king size, tiró la tarjeta sobre la mesita de noche y salió corriendo como si lo persiguiera el diablo. La puerta se cerró con un clic automático. Gianna gimió, retorciéndose sobre las sábanas de seda fría. —Agua... —suplicó con la voz pastosa—. Qué calor... En ese momento, la puerta del baño se abrió. Una nube de vapor salió flotando hacia la habitación. Luciano salió secándose el pelo con una toalla pequeña. Llevaba solo una bata blanca, abierta en el pecho, dejando ver unos pectorales firmes y bronceados. Estaba agotado. El viaje de negocios y el whisky en la cena lo tenían al límite. Se detuvo en seco al ver el bulto en su cama. Frunció el ceño; sus ojos oscuros se entrecerraron con peligro. —¿Qué demonios...? Se acercó a la cama con paso depredador. Gianna se movió, y el vestido se le subió un poco, dejando ver sus piernas largas y perfectas. Su rostro estaba sonrojado, la respiración agitada. Luciano soltó una risa seca, sin humor. —Increíble —murmuró para sí mismo—. Uno viene a descansar y le envían entretenimiento a la habitación. Estos socios comerciales no tienen límites. Se inclinó sobre ella, agarrándola del brazo para sacarla. —Oye. Despierta. Fuera de aquí. El contacto de su mano fría sobre la piel ardiendo de Gianna fue como una chispa eléctrica. Ella abrió los ojos. No veía bien, todo era borroso, pero vio a un hombre guapo, increíblemente guapo, inclinado sobre ella. El alcohol y la droga en su sistema confundieron la realidad con el deseo. —Thomas... —susurró ella, confundida, estirando los brazos hacia su cuello—. Viniste... Luciano se tensó. —No soy Thomas. Suéltame. Intentó apartarse, pero ella fue más rápida. Con una fuerza sorprendente, se impulsó hacia arriba y pegó sus labios a los de él. Luciano se quedó rígido un segundo. Quería empujarla. Debía echarla. Pero ella olía a vainilla y champán, y sus labios eran suaves, insistentes, desesperados. El alcohol en su propia sangre nubló su juicio racional. —Maldición —gruñó Luciano contra su boca. En lugar de apartarla, sus manos bajaron a su cintura, posesivas. La cortesía de sus socios era demasiado tentadora para rechazarla esa noche. Si ella quería jugar, él no iba a ser quien detuviera el juego. —Tú te lo buscaste —le advirtió con voz ronca. Gianna, perdida en la neblina de la droga, sintió que el hombre la correspondía con una intensidad salvaje que nunca había sentido antes. Luciano la empujó suavemente contra el colchón y se subió encima de ella, apagando la lámpara de un manotazo. La habitación quedó a oscuras; solo se escuchaban respiraciones agitadas y el sonido de la ropa cayendo al suelo. ****** Un rayo de sol implacable golpeó los párpados de Gianna. Gimió y se cubrió la cara con el brazo. La cabeza le palpitaba como si tuviera un martillo dentro golpeando sus sienes. La boca le sabía a ceniza y alcohol barato. —Thomas, apaga la luz... —murmuró, girándose en la cama. Su mano chocó contra una piel caliente y firme. Pero no era la espalda delgada de Thomas. Era una espalda ancha, musculosa y desconocida. Gianna abrió los ojos de golpe. El corazón se le detuvo un segundo. El techo no era el de su habitación. Las sábanas eran de seda gris, no de algodón blanco. Giró la cabeza lentamente, con el terror subiendo por su garganta. A su lado, un hombre dormía profundamente. Cabello oscuro desordenado, mandíbula fuerte, pestañas largas. Era espectacularmente guapo. Y era un completo desconocido. —¡Dios mío! —El grito se ahogó en su garganta. Se sentó en la cama de un salto, ignorando el mareo que casi la hace caer. La sábana se deslizó, revelando su desnudez y las marcas rojizas en su piel. Los recuerdos de la noche anterior la golpearon como bofetadas: el calor, la confusión, los besos salvajes, el "tú te lo buscaste". —No, no, no... —susurró, llevándose las manos a la cabeza—. ¿Qué hice? Miró el reloj digital en la mesita de noche. 09:30 AM. La boda. El pánico la invadió. ¡Se casaba en tres horas! —¡Mierda! Saltó de la cama, buscando su ropa con desesperación. Su vestido estaba tirado en el suelo, cerca de la puerta del baño. Un tacón estaba debajo de una silla; el otro, cerca de la ventana. Se vistió temblando. Las manos le fallaban al subir el cierre del vestido arrugado. Se sentía sucia. Culpable. Una traidora. Miró al hombre en la cama una última vez. Él se movió un poco entre sueños, murmurando algo ininteligible, pero no despertó. —Esto no pasó —se dijo a sí misma, conteniendo las lágrimas—. Esto nunca pasó. Agarró su bolso del suelo. No se molestó en buscar su ropa interior; no tenía tiempo. Abrió la puerta con cuidado milimétrico para que no hiciera ruido. Echó un vistazo al pasillo. Desierto. Gianna salió corriendo, descalza, con los tacones en la mano, huyendo de la suite 800 como si hubiera cometido un crimen. Y en cierto modo, sentía que lo había hecho, pero no tenía tiempo para pensar en eso, tenía una boda que celebrar.

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