La iglesia estaba a reventar. Flores blancas importadas de Holanda adornaban cada banco y el aroma a lirios era tan intenso que resultaba casi sofocante.
Cuando las primeras notas de la marcha nupcial resonaron en los tubos del órgano, los cuatrocientos invitados se pusieron de pie al unísono.
Gianna avanzó.
Un paso.
Sentía la alfombra roja suave bajo sus pies, pero su cuerpo estaba rígido como el acero. A su lado, Thomas caminaba con el pecho inflado, saludando discretamente con la cabeza a los socios comerciales que quería impresionar.
—Sonríe más, mi amor —susurró Thomas sin mover apenas los labios, apretándole la mano con fuerza posesiva sobre su brazo—. Las cámaras están a la izquierda.
Gianna obedeció. Curvó los labios en una sonrisa perfecta, gélida y vacía.
Desde fuera, eran la imagen de la felicidad: el heredero apuesto y la novia trofeo. Pero por dentro, Gianna iba contando los metros que le faltaban para detonar la granada que llevaba en el pecho. Miraba los rostros de la gente: envidia en las mujeres, admiración en los hombres.
Pobres idiotas, pensó con amargura. Creen que están viendo el inicio de un cuento de hadas, pero han venido a presenciar una masacre.
Su mirada recorrió las primeras filas. Allí estaban sus padres, emocionados. La familia de Thomas, con esa arrogancia aristocrática que tanto odiaba. Y entonces, lo vio.
En la tercera fila, en el lado reservado para los VIPs de negocios, estaba él.
Luciano.
Llevaba un traje gris oscuro hecho a medida que lo hacía destacar entre la multitud de esmóquines negros. No aplaudía. No sonreía. Estaba sentado con una pierna cruzada sobre la otra, con una expresión de aburrimiento absoluto, como si estuviera atrapado en una reunión tediosa.
Pero cuando Gianna pasó a su altura, los ojos de Luciano se clavaron en los de ella.
Hubo una chispa. Un reconocimiento fugaz. Él alzó una ceja levemente, intrigado, como si pudiera oler la tensión que irradiaba ella bajo el encaje blanco.
Gianna apartó la vista y siguió caminando.
Llegaron al altar. Thomas la ayudó a subir los escalones con una galantería ensayada. Dora, como dama de honor principal, estaba parada a un lado, sosteniendo el ramo de Gianna. Le guiñó un ojo a Thomas cuando creyó que nadie miraba.
El sacerdote, un anciano de voz solemne, comenzó la ceremonia.
Las palabras flotaban en el aire: honor, respeto, fidelidad. Cada una era un insulto. Thomas asentía con cara de circunstancias, fingiendo emoción.
Finalmente, el momento llegó. El sacerdote se giró hacia el novio.
—Thomas, ¿aceptas a Gianna como tu legítima esposa, para amarla y respetarla, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?
—Sí, acepto —respondió Thomas de inmediato, con voz clara y fuerte.
Miró a Gianna con ojos triunfantes. Ya casi eres mía, decían sus pupilas. Ya casi tengo el dinero.
El sacerdote se giró hacia ella.
—Y tú, Gianna, ¿aceptas a Thomas como tu legítimo esposo, para amarlo y respetarlo, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?
El órgano calló. Los invitados contuvieron el aliento, esperando la respuesta dulce y tímida de la novia.
Gianna miró el micrófono que el sacerdote sostenía cerca de su boca. Miró a Thomas, que empezaba a fruncir el ceño imperceptiblemente por la demora. Miró a Dora, que la observaba con impaciencia.
Uno. Dos. Tres segundos.
El silencio se alargó. Se volvió espeso, incómodo. Pesado.
Thomas le apretó la mano, esta vez con dolor, clavándole las uñas disimuladamente.
—Gianna... —susurró él entre dientes, con el pánico empezando a asomar en su sonrisa falsa—. Di que sí.
Gianna soltó la mano de Thomas lentamente, dejando que cayera al costado de su cuerpo. Levantó la vista y, por primera vez, su sonrisa llegó a sus ojos. Pero no era una mirada de amor. Era la mirada de alguien que acaba de encender la mecha y está a punto de disfrutar de la explosión.
El "sí" nunca llegó. En su lugar, Gianna levantó la mano derecha y se escuchó el ¡Plaff!
El sonido fue seco, nítido y violento. Resonó en la acústica perfecta de la catedral como un disparo.
La cabeza de Thomas giró bruscamente hacia la izquierda. El impacto fue tan fuerte que un mechón de su peinado perfecto se soltó, cayendo sobre su frente sudorosa.
El silencio que siguió fue absoluto. Ni una tos, ni un susurro. Cuatrocientas personas se quedaron petrificadas, con la boca abierta.
El sacerdote dio un paso atrás, boquiabierto, casi tirando la Biblia. Dora soltó un chillido ahogado, llevándose las manos a la boca.
Thomas se llevó la mano a la mejilla, donde la piel ya empezaba a arder con un rojo furioso.
Miró a Gianna, parpadeando, incapaz de procesar lo que acababa de ocurrir. Sus ojos no mostraban ira todavía, solo un shock puro y estúpido.
—¿Gianna...? —balbuceó él, con la voz temblorosa.
Gianna no esperó. No le dio tiempo a recuperarse.
Con un movimiento rápido, le arrebató el micrófono de la mano al sacerdote aturdido.
Se giró hacia la multitud. Su pecho subía y bajaba con fuerza, pero su voz salió firme, amplificada por los altavoces para que hasta la última persona en la fila de atrás la escuchara claramente.
—No acepto —declaró Gianna.
Un murmullo colectivo recorrió los bancos como una ola. ¿Qué dijo? ¿Dijo que no?
Gianna miró a Thomas, que la observaba con horror. Luego, volvió a mirar al público, clavando sus ojos en la cámara de vídeo que transmitía en vivo para las r************* de la empresa.
—No puedo casarme con este hombre —continuó, con un tono de falsa lástima que cortaba como un cuchillo—. Porque un matrimonio requiere honestidad y... capacidad. Y lamentablemente, el hombre que está frente a mí es impotente y no puede darme la felicidad que quiero.
El caos estalló.
Gritos de sorpresa. Risas nerviosas. Exclamaciones de incredulidad. La madre de Thomas se desmayó en la primera fila, siendo sostenida por su marido, que estaba rojo de furia.
Thomas reaccionó. El shock desapareció, reemplazado por una humillación insoportable.
—¡CÁLLATE! —bramó Thomas, olvidando su papel de novio perfecto. Se abalanzó sobre ella para quitarle el micrófono—. ¡ESTÁS LOCA! ¡MIENTES!
Pero Gianna retrocedió un paso, esquivando su mano torpe.
—Declaro unilateralmente que renuncio a este matrimonio —gritó ella sobre el alboroto, lanzando el micrófono al suelo con desprecio.
El micrófono golpeó el mármol con un boc sordo, provocando un pitido agudo en los altavoces que hizo que todos se taparan los oídos.
Thomas la agarró por la muñeca, apretando con fuerza bruta. Su rostro estaba desfigurado por el odio.
—¡Me las vas a pagar, maldita zorra! —siseó él, lo suficientemente alto para que los invitados de las primeras filas lo escucharan, rompiendo para siempre su máscara de caballero—. ¡Acabaste con mi reputación!
Gianna no forcejeó. Simplemente lo miró a los ojos con una frialdad que lo heló.
—Tú acabaste con la mía anoche —respondió ella en un susurro letal—. Estamos a mano.
Se soltó de un tirón, dejándolo allí, humillado y expuesto, mientras los flashes de los periodistas estallaban como una tormenta eléctrica, capturando cada segundo de la caída del "heredero de oro".
Gianna se dio la vuelta, dándole la espalda al altar, al sacerdote y a su exprometido. Quedó sola en medio del pasillo central, una figura blanca y desafiante en medio del huracán que acababa de desatar.
Pero sabía que no podía salir corriendo. Si huía, parecería una loca. Necesitaba un final. Necesitaba una salida maestra.
Sus ojos barrieron la multitud agitada, buscando un punto fijo. Y entonces, lo encontró de nuevo.
Luciano.
Él ya no parecía aburrido. Estaba inclinado hacia adelante, con los codos en las rodillas, mirándola con una intensidad depredadora. Una leve sonrisa curvaba sus labios. Parecía el único hombre en toda la iglesia que estaba disfrutando del espectáculo.
Gianna respiró hondo. La adrenalina corría por sus venas como fuego líquido. Ignoró los gritos de Thomas a su espalda. Ignoró los jadeos de su madre y los murmullos de los invitados.
Su mundo se redujo a un solo objetivo: el hombre de traje gris en la tercera fila.
Se recogió la falda del vestido con una mano, no con delicadeza, sino con la determinación de una guerrera marchando a la batalla. Bajó los escalones del altar.
Los invitados se apartaron instintivamente a su paso, abriendo un camino entre el caos. Nadie entendía qué estaba haciendo. ¿Iba a salir corriendo? ¿Iba a desmayarse?
Gianna no se detuvo hasta llegar a la zona VIP.
Se plantó justo delante de Luciano Sterling.
Él no se movió. La miró desde su asiento, con esa arrogancia relajada de quien tiene el control absoluto. Sus ojos oscuros recorrieron el rostro de Gianna, notando el fuego en su mirada, la respiración agitada y la furia contenida.
Había curiosidad en su expresión. Y algo más... ¿Diversión?
El silencio volvió a caer sobre la catedral, más pesado que antes. Todos estiraban el cuello para ver qué hacía la novia despechada frente al enemigo mortal del novio.
Gianna clavó sus ojos en los de él. Sentía el corazón golpeándole las costillas como un martillo, pero no dejó que la voz le temblara.
—Cásate conmigo —dijo ella.
Sus palabras fueron claras, firmes. No fue una súplica. Fue un desafío.
Un jadeo colectivo recorrió la sala. Thomas, que venía corriendo por el pasillo para detenerla, se frenó en seco, pálido como un papel.
Luciano parpadeó lentamente. La comisura de su labio se curvó hacia arriba.
Lentamente, como un rey levantándose de su trono, Luciano se puso de pie.
Era inmenso. Mucho más alto que Thomas, que ella, incluso con sus tacones. Su sombra cayó sobre Gianna, envolviéndola. Irradiaba un poder oscuro y magnético que hizo que el aire se sintiera eléctrico.
Se inclinó ligeramente hacia ella, invadiendo su espacio personal. Olía a peligro y a venganza.
—¿Sabes lo que me estás pidiendo, Gianna? —susurró él, solo para que ella lo escuchara. Su voz era grave, vibrante.
—Sé exactamente quién eres —respondió ella, sosteniendo su mirada sin pestañear—. Quiero venganza. Tú quieres destruir a Thomas. Úsame.
Luciano la analizó un segundo más. Vio el odio en sus ojos. Vio la desesperación. Y vio la oportunidad perfecta servida en bandeja de plata.
Sonrió. Una sonrisa depredadora que prometía el infierno y el cielo al mismo tiempo.
—Trato hecho —dijo Luciano en voz alta.
Extendió su mano grande y tomó la de ella. Se giró hacia la multitud estupefacta, hacia las cámaras, hacia el destruido Thomas.
—Lo acepto —declaró Luciano con voz potente.
Entrelazó sus dedos con los de Gianna y tiró de ella suavemente, pegándola a su cuerpo.