Pré-visualização gratuita Cicatrices del Pasado
Gael Ferraz caminaba lentamente por la orla de Copacabana, pero apenas percibía el mar, el cielo o a las personas a su alrededor. Aquel día, que se repetía todos los años como una maldición, traía consigo un dolor sofocante, un recuerdo imposible de borrar. Era el aniversario de la muerte de su madre.
A diferencia de todos los demás días, hoy había decidido prescindir de sus guardaespaldas. Necesitaba estar solo, sentir el peso de la soledad que siempre lo había acompañado, incluso en medio de la fortuna, de los negocios millonarios y de la adulación constante de quienes lo rodeaban. Hoy, nada de eso importaba. El CEO billonario, siempre visto como frío e implacable, volvía a ser Gael, el niño que, a los nueve años, vio a su madre ser brutalmente asesinada frente a sus propios ojos.
El recuerdo era tan vívido que lo hacía estremecerse.
Podía ver con claridad el diminuto apartamento donde vivían, el olor a cigarrillo y alcohol impregnado en las paredes, y a su madre, que siempre hacía todo lo posible por protegerlo. Ella era una prostituta, y por eso la sociedad la despreciaba.
Pero para él, ella era todo lo que tenía.
No era cariñosa, pero había una cierta forma de amor en la manera en que lo defendía, en cómo intentaba mantenerlo alejado de los peligros de la vida que llevaba.
Aquella noche, uno de sus tantos clientes había bebido demasiado y se volvió violento. Gael, escondido detrás de la puerta, observaba impotente.
Cuando el hombre comenzó a gritar y empujar a su madre, algo dentro de él se quebró. Salió corriendo, gritando para que se detuviera, colocándose entre los dos, intentando, con toda la inocencia y el valor de un niño, proteger a la única persona que le importaba en el mundo y a la única que tenía.
La bofetada llegó tan rápido que Gael apenas tuvo tiempo de reaccionar.
El impacto lo lanzó contra la pared, su visión se volvió borrosa, pero aun así logró ver a su madre correr hacia él.
—¡Deja a mi hijo en paz! —gritó ella, con la desesperación de una leona protegiendo a su cachorro.
Pero antes de que pudiera hacer algo más, el hombre le propinó un golpe brutal en el rostro, un golpe que la lanzó violentamente contra la esquina de la cómoda.
Gael vio cómo su cuerpo caía al suelo, inmóvil.
La sangre comenzó a escurrirse, formando un charco alrededor de su cabeza.
Gritó, corrió hacia ella, pero ya era demasiado tarde. El hombre huyó sin mirar atrás, y la policía ni siquiera se molestó en investigarlo. Para ellos, ella era solo otra prostituta muerta, un caso insignificante en una ciudad donde tragedias como esa eran rutinarias.
Los años pasaron desde aquella noche, pero la culpa nunca lo abandonó. Se culpaba por no haber sido lo suficientemente fuerte para protegerla. Creció cargando con ese dolor, con esa rabia, siendo luego enviado a un orfanato, donde aprendió de la manera más dura que el mundo no era amable.
Solo cuando su padre biológico, un hombre al que nunca conoció, estaba al borde de la muerte, fue cuando descubrieron su existencia.
El hombre, un billonario, lo reconoció como su único heredero, y sus abuelos paternos lo sacaron del orfanato. Pero no por amor.
No lo querían. Solo querían el control de la fortuna que ahora, técnicamente, pertenecía a Gael. Lo criaron con frialdad, sin cariño ni afecto, como un instrumento, una pieza que manipulaban. Y Gael creció endurecido, aprendiendo a confiar solo en sí mismo, escondiendo su dolor y amargura bajo una fachada impenetrable de poder e indiferencia.
No lo querían.
Todo lo que deseaban era únicamente el control de la fortuna que ahora, técnicamente, pertenecía a Gael.
Tampoco sentían amor por su propio hijo. El padre de Gael siempre lo vio como un banco ambulante después de que el abuelo de Gael perdiera todo lo que tenía en carreras de caballos, un pasatiempo que terminó convirtiéndose en un vicio y lo arruinó.
Así, él y su esposa terminaron yendo a vivir con el padre de Gael, Arthur Ferraz.
Criaron a Gael con aún más frialdad que Arthur, principalmente por ser un bastardo, como muchas veces lo llamaban cuando lo reprendían.
Fue criado sin cariño ni afecto, como un instrumento, una pieza que manipulaban. Y Gael creció endurecido, aprendiendo a confiar solo en sí mismo, escondiendo su dolor y amargura bajo una fachada impenetrable de poder e indiferencia.
El presente se mezclaba con el pasado mientras caminaba, perdido en sus recuerdos. Hasta que algo lo sacó de sus pensamientos: un hombre se acercaba rápidamente. Gael percibió el peligro demasiado tarde.
El asaltante sacó un cuchillo y exigió su cartera, pero el instinto de lucha de Gael habló más fuerte. Reaccionó, como siempre lo había hecho en la vida, sin dudar.
Sin embargo, a pesar de su habilidad en defensa personal y artes marciales, el ladrón era ágil. La hoja cortó su brazo antes de que pudiera desarmarlo.
El hombre huyó poco después, al avistar una patrulla que pasaba, dejando a Gael de pie, observando cómo la sangre escurría por su brazo.