CAPÍTULO 6. UNA SORPRESA INESPERADA Apenas me quedaba unos pocos días para volverme a casa, y tenía la sensación de que iba a echar de menos el levantarme por las mañanas y admirar esa ciudad al abrir la ventana llena de un olor singular, en donde los reflejos de sol iluminan uno u otro detalle de aquel casco antiguo que le hace tan peculiar. Con el ajetreo de sus gentes andando por las calles, el chillido de las madres a sus hijos por la ventana, la conversación de las vecinas a las puertas de los edificios. Extrañamente parecía que fuesen de una gran familia, pues todos se saludaban y conocían. Incluso cuando paseaba ya me había acostumbrado a un gesto tan común como era el saludar a mis vecinos, el hombre que vende el pan en la esquina, la señora que vende las flores, el cartero que

