Me despertó el sonido del agua. Me estiré, tenía su olor pegado en la nariz. La suavidad de su piel pegada en mis dedos y la tibieza de su cuerpo todavía en el colchón. Esa noche marcó un antes y un después en todo. Sabrina. La bajista que me dio vuelta la cabeza con una sesión de sexo sucio, visceral, encantador. Miré el techo, seguí repitiendo cada una de sus caras en mi mente: la expresión de alegría, los ojos brillándole con travesura, la sonrisa y las carcajadas. Y las otras. Las que le desfiguraban la cara con placer, mojándose los labios con la lengua, apretándoselos con los dientes. La expresividad vocal de sus palabras que me inflaban el ego y el m*****o. ¡Carajo! Era la criatura más sensual y erótica del mundo. Ese pedazo de idiota nunca supo valorar lo que tenía. Sentí toda l

