No dormí sola, amanecí con él pegado a mi cuerpo. A diferencia del sexo delirante de la otra vez, ese fue casi tierno. Casi, porque lo hicimos como animales, pero despacio. Después le sonó la alarma, a las 6 y el fin de semana se terminó. Lo vi desperezarse, tenía algunas marcas mías en la espalda. —Buenos días —saludé. —Hola —respondió con la voz adormilada, mirándome por arriba del hombro—. Tengo que ir a trabajar. Cierto que teníamos vidas, horarios, rutinas. La burbuja se pinchó. Se levantó de la cama, desnudo, buscando la ropa que habíamos tirado por todos lados. El bóxer en la silla, el pantalón en el piso, la remera hecha un bollo junto a la cama. Lo miré mientras se vestía. Me gustaba esa naturalidad para estar sin nada frente a mí como si lleváramos años haciéndolo. —¿Quieres

