"¿Va en serio?" preguntó Portia Pierce por milésima vez en lo que llevábamos hablando.
"Sí."
"¿Ahora sí vas a dejar al galán ese?"
"Lo decidido, lo hago."
"¿Y yo cómo sé que sigues siendo tú? ¿Y si son aliens que te reemplazaron?" gritó mi mejor amiga por teléfono. "¡Vuelve, C original! ¡Por el amor de Thor, sal del cuerpo de mi amiga!"
Fruncí el ceño, tumbada en el sofá de mi nuevo piso, y alejé el teléfono para no quedar sorda. "¿Otra vez viendo El Exorcista?"
"Si sabes cuál es mi peli favorita, entonces puede que sí seas tú." Portia aceptó rápido mi decisión y, como buena cómplice, cambió de tema. "¡Esto hay que celebrarlo! The Verve, a las once. Maquíllate como si fueras a conocer a tu futuro ex y ponte lo más atrevido que tengas. Hoy sales del club con el tipo más guapo de todo el lugar." Ni me dejó protestar antes de colgar.
Y la verdad, tampoco quería impedirlo.
Los clubes ya no eran mi ambiente, pero sabía que firmar un papel no era suficiente para sacudirme a Cary Grant. Según su mamá, casarse con un multimillonario era como entrar en una fusión corporativa: trámites y tiempo de gracia.
Ella pedía esperar treinta días, supuestamente para no afectar el negocio familiar. Bien, ya tenía dos copias firmadas. Fingir de esposa obediente un mes no me costó tanto.
Pero ahora tenía que ir pensando en qué hacer después. Buscar un nuevo trabajo... no era urgente. El trato me dejó bien parada, al menos económicamente.
Lo difícil sería cómo contárselo a mis padres.
Lo más conservadores que existen. Nunca estuvieron de acuerdo con mi matrimonio exprés. Juraban que lo hice por la enfermedad de mamá y la billetera de Cary.
Solo se tranquilizaron cuando él pagó todos los gastos médicos. Aunque todo fue puro teatro.
Pero bueno, eso vendrá luego. Por ahora, solo quiero sentir que respiro otra vez.
Me levanté, seguí las instrucciones de Portia y me maquillé los ojos como para un videoclip, labios en modo "ataquen", pero pasé del vestidito revelador.
Claro que tenía minifaldas tipo cinturón, de las que apenas cubren, y tacones de vértigo. Pero no quería parecer otra más detrás de un apellido famoso. Quería que, si alguien me veía, supiera que la curva más peligrosa con la que contaba estaba en mi cerebro.
Portia me recibió con ojos de cazadora. Intentó cambiarme de ropa como si fuera su muñeca, pero la frené. "Primero quiero probar los tragos caros, luego ya vemos lo del chico guapo."
Refunfuñó pero accedió. Me arrastró hasta el entrepiso. Por fin, un lugar con alfombra y paredes gruesas que bajaban el volumen ensordecedor.
"La fauna guapa llega a medianoche," dijo al tirarse sobre un sofá velvet. "Tenemos una hora para chismear, olvidarte del tarado de Cary, y luego lanzarte a la caza del primer beso real."
Un camarero se aclaró la garganta, esperando el pedido.
Portia fue directa: martini francés para ella, cosmo para mí y una botella burbujeante solo porque sí. Cuando se fue, me miró fijamente.
"Ahora suelta todo."
Así lo hice. Portia fue ideal: comentarios mordaces, insultos para la intrusa y más odio aún para Cary.
"Seguro son las tetas", remató. "Tu cara es preciosa—eso lo ve cualquiera. Así que el problema deben ser las tetas."
Le lancé una mirada. "¿Estás sugiriendo cirugía?"
"Eh, tengo la Clínica Seraphina. Y nuestros pechos literalmente cambian vidas." Se empinó el busto como si estuviera en un comercial.
Solté una carcajada. "Cuidado, que te salen volando y alguien los atrapa."
"Triunfo tuyo y premio para él." Le echó una mirada al camarero que acababa de volver. Pobre tipo.
No quería que Portia se lo llevara al baño en plan experimento social, así que lo despaché. Entonces, escuché mi nombre.
Nuestra zona no estaba del todo cerrada, una simple pantalla nos separaba de otra mesa. Las voces se oían clarito.
"¿En serio?" dijo un chico joven, voz ebria o algo peor.
"Más real que Netflix. Hay quien la vio entrar a la oficina de Cary y no salir en media hora. Cuando Hyacinth entró, la otra seguía ahí," dijo otra voz, ronca, en onda fumador vintage.
Portia me miró como si quisiera matar a alguien. Yo me encogí de hombros.
"Sexo ejecutivo, qué nivel tiene Cary," celebró el ebrio.
"Ya sabíamos que odia a su esposa plebeya. Ella debería agradecer su nueva vida. Igual perdió dignidad, pero se forró, ¿no?"
"Ella lo pilló en plena faena. Debe estar llorando en su casa ahora mismo. Pobre," dijo el borracho. "Me dan ganas de ir a abrazarla."
El otro se rió. "¿Abrazar? ¿O clavar?"
"¿Y si hago ambas?" respondió el borracho entre risas. "Tengo su número. Siempre quise ese trasero desde que la vi."
Sin pensarlo dos veces, activé el panel y volví la pared transparente. Rick Hatchett, completamente en shock.
Portia me pasó su gas pimienta.
Negué con la cabeza, pedí ayuda a un camarero y caminé hacia ellos. Cuatro pares de ojos me miraron.
Miré directo a Rick. "Hola, Rick."
El año pasado nos conocimos en un evento social y él se hizo el caballero. Pero resultó ser solo un más con obsesión por mi trasero.
"Oh—hola, Hyacinth. No sabía que estabas aquí. Cary…" balbuceó, nervioso como pez fuera del agua.
"Claro que no está. ¿Pero no es eso lo divertido?"
"¿Qué?"
"Acabas de decir que querías ‘follar con mi trasero’, ¿no?" le recordé con una sonrisa tranquilamente aterradora.
"Era broma." Rick quiso zafarse. "Puedo disculparme."
¿En serio? Entonces, si tanto te gusta mi trasero, ¿por qué no me invitas una copa?"
Se sorprendió, pero mi tono tenía miel. "Claro. Lo que tú digas," aceptó.
"Perfecto." Agarré la botella de whisky más cara y caminé hacia él como en cámara lenta.
"Déjame—" quiso decir, aún con aire de caballero.
Sin dudarlo, estallé la botella sobre su cabeza. El cristal se hizo polvo y el licor mezclado con sangre lo bautizó ahí mismo.
Nadie alcanzó a reaccionar.
Yo estaba serena. Giré hacia el camarero más próximo. "Cárgalo a la cuenta de él. Insistió en invitarme."
Rick reaccionó. "¡Zorra!" y se lanzó como toro hacia mí.
Vi la ventana al fondo, pero una voz poderosa lo detuvo de golpe:
"¿Acabas de llamarla zorra a mi esposa?"