Yo no sé si han escuchado que tener tres varones seguiditos, juntitos como hermanos, crea un desequilibrio de testosterona en la vida de una mujer, que tiene que estar separando niños locos y desalmados. Bueno, mi papá es un hombre con tres hijas, y ninguna está normal de la cabeza. Especialmente Linnie. Esa mujer ama a su papá, cree que es de su propiedad, exclusivo de su amor y su vida.
Voy a dejar claro esto: Linnie es celosa conmigo, pero con su papá es una perra territorial. Así que no le cayó bien la noticia, porque por alguna razón, es la persona que ve todos los defectos de Kristen, mi hermana de casi treinta años con un bebé de casi ocho meses, pero quiere matar a su madrastra.
—Linnie, nos estás avergonzando un poco, y hay público —comenta Gretta mientras juega con Raúl. Él la ve divertido y le sonríe.
—Sí, Linnie, me da un poco de pena, la verdad. La mamá de Santiago te estaba hablando y tú estabas matando con la mirada a su hermana.
—No me cae bien. Seguro planea morirse primero para que mi papá sufra.
—Deja la locura —la amenaza Gretta y yo no puedo evitar reírme.
Lleno de besos a Raúl, quien se ríe, y voy a buscar a mi novio, el cual tiene su propio problema de hermanos. Galilea y Domenic, aparentemente, desean ser sus siameses hoy y estar encima de él todo el tiempo. Le doy un beso en la mejilla y me siento a su lado. Thom regresa del baño y su hermano le pregunta:
—¿Te lavaste las manos?
—Sí —responde, antes de meterle los dedos en la boca. Los dos se dan manotazos y su mamá se acerca de inmediato y los ve como si estuviesen locos.
—¿Cuántos años tienen ustedes dos?
—Cinco —responden al unísono.
—No me avergüencen.
—Técnicamente, Tom es el único que te está avergonzando. Santiago es problema de Regina.
—No, no, no, socia. Sin anillo no es mío, y no es como por meter carbón ni nada, pero yo volé desde Francia pensando que iban a darme un anillo y que iba a haber una celebración enorme.
—La verdad, tuve intenciones, pero después de arreglar los problemas en tu familia... mi tía y su novio —que es tu papá, ambos sexagenarios— se comprometieron y se van a casar.
—Muy lento, Santiago —se burla su hermano, y todos nos reímos. Le doy un beso.
—Y dijiste que no cuando yo te lo pedí.
—Definitivamente te esperas a mi tiempo —responde, y me río.
—Regina, vamos a jugar algo, pero tú no puedes jugar.
—¿Qué será? ¿Cómo se llama el juego? Porque yo no tengo pipí, pero estoy segura de que podría ganar.
—Regina —me advierte mi padre, y asiento.
—Gran banco.
—Socia... tu hermano es dueño de un banco.
—Tú lo diriges. Él, básicamente, no es nada —lleno de besos a Domenic—. Eres mi cuñado favorito por mucho, y no le tengo miedo ni a Galilea ni a Tom.
—Regina y Domenic, de verdad —nos regaña Santiago, y los dos seguimos abrazándonos.
Ellos se sientan en el suelo y Gretta toma el lugar de mi novio en el sofá. Lo observa con los ojos entrecerrados, y Nick le pregunta si quiere jugar. Tom le da un golpe a su hermano, y este se gira.
—Explícame, ¿por qué insistes en llamarla Regina?
—Porque Rinni es una niñata mandona, Linnie una mocosa enojada, y Titi... Gretta, nada de eso existe. Las tres son unas huevonas.
—Mira, Santiago, ¿tú quieres morirte...? Pide disculpas con mi hermana —le digo.
—Mi casa siempre está abierta para que vivas ahí durante cualquier berrinche, siempre y cuando me dejes como el mejor marido y yerno —comenta Ramón.
—Llevarme corajes me sienta muy mal. Pero si fueses a pedir la mano de Rinnie a mi papá o a mí, la respuesta sería no.
—Mira, Santi, mis hermanas y yo planeamos el día de nuestra muerte. Nos intoxicaríamos las unas a las otras, nos pegaríamos, y si una mata a la otra, la tercera iría a esconder el cadáver e intentaría matar a la que sobrevivió. Pero así, como huevonas, somos tercas y nos encanta pelear juntas —asiento—. Hasta la muerte.
—Mmmju...
—Pensándolo bien, ¿por qué piensan que esos apodos están bien?
—Es lo único en lo que Gretta y su madre estaban de acuerdo —comenta Raúl—. Estaban las niñas recién nacidas, tal vez con tres meses, y las dejamos en la guardería del hospital como hacíamos con Gretta cuando era bebé. Y les dio coxsackie a las tres. Su mamá se sintió mal porque debió haber estado cuidándolas. En fin, las cuatro estaban en la cama, y Gretta se exasperó por los gritos de Linnie y el nombre tan grande para una personita tan pequeña.
—Mi mamá dijo: “Es que van a crecer, Gretta. Pero por ahora, creo que Linnie y Rinnie...” y se quedaron así.
—Creí que eras mi hermana favorita —comenta Linnie.
—La mía también —reconozco, y ella asiente.
—Gracias a Dios solo tienen un papá —responde Raúl, y las tres reímos—. No maten a nadie juntas.
—No hace falta, la verdad —respondo de acuerdo, y le guiño un ojo a Santiago.
—¿Entonces van a matar a mi hermano o qué? Porque nosotros somos tres también —comenta Galilea.
—Mira, Galilea, yo no planeo defenderte de esas tres —comenta Tom.
—Ni yo —responde Domenic.
Nosotras nos reímos, y yo analizo el juego de Santiago. Es que, de verdad, ninguno de los tres hijos de Laura parece hijo de una economista. Ella es la primera en quejarse de la jugada en la que Tom saca sus destrezas de empresario. Su mujer le aplaude cuando logra hacerse de su tercera casa.
—¡Eso, mi amor, gánales!
—Hipoteca —le susurro a Santiago.
—¿Estás segura...?
—Sí...
—Bueno, a mí o me ayuda mamá o me ayuda Regina, porque no me dejan salir de la cárcel. O sea, ¿qué clase de juego es ese?
—Por pobre te pasan esas cosas —comenta Galilea, quien no ha temido en mandar a su hermano a la cárcel por caer en su propiedad.
Yo me bajo para ayudarle a Tom. Que en realidad se convirtió en que yo sea una jugadora activa y él mande mensajitos y sonría embobado con el celular. Todos le esperamos a que juegue, tanto que su hermano se pone a payasear, beber y bailotear por el salón. Galilea toma una pausa activa para ir a traer unos snacks, y él sigue en su teléfono, tranquilito. Le regaño porque eso es lo que realmente lo tiene perdiendo. Su hermano le quita el celular y su primo le da un empujón divertido. El teléfono cae sobre el regazo de Santiago, y los cuatro vemos la pantalla.
No sé el nombre de esa posición, pero esa chica está demasiado desnuda y es demasiado flexible. Se me escapa un grito horrorizada. Santiago se ríe y Ramón se cubre la boca antes de reírse. Tom intenta rescatar el teléfono, pero Nico le cubre la cara mientras se inclina para intentar entender lo que estamos viendo.
—¿Qué es eso? —pregunta Tom. Y Ramón, quien está en el sofá, rescata el teléfono porque mi suegra está decidida a matar a su hijo. Es que ser madre de Santiago no parece fácil. Pero ser mamá de Santiago, Tom, Domenic y Galilea, estoy segura que te activa instintos inigualables. La mujer se acerca y nos pregunta a todos qué hay en ese celular. Gretta nos observa en silencio, que sé que lo ha visto todo, pero su marido paniquea. Yo, la verdad, creo que a Tom nadie lo ha pescado con las manos en la masa, y por consiguiente sus opciones son: gritar, empujar a una mujer (que no le da el corazón ni la vergüenza para hacerlo), o tirar el teléfono. Y su instinto natural y salvador protege a Tom, porque Ramón, por muy loco que parezca, tira el celular contra la pared más lejana y con todas sus fuerzas. Lo que nos hace reír con más ganas a Santiago y a mí.
—Ramón...
—¿Qué pasó? ¿De qué me perdí? —pregunta Domenic, y todos los adultos negamos con la cabeza. Mi suegra y mi padre intentan entender qué mosco ha picado a Ramón. Su mujer ríe hasta ahogarse en el sofá, y Santiago le sigue. Nick y yo también nos reímos y dejamos a Tom morirse un rato de vergüenza.
—Desbloquéame ese teléfono —exige su madre.
—Estaba haciendo trampa, y Regina paniqueó.
—Yo voy a pagar por los daños.
—Siento que deberían castigarte, Ramón —comenta Galilea—. Pero me encantaría más que desbloqueen el teléfono, porque si es una foto guarra de las que recibes, mamá te va a cortar el pipí. Ya te lo advirtió.
—Yo sé a quién voy a castigar yo más tarde —responde su madre mientras toma el teléfono y se acerca a Santiago.
—Enciende esto.
—Mamá, yo estoy en contra de la violación de la privacidad.
—Este es mi objeto privado que le compré a tu hermano, así que desbloquéalo.
—Mamá... todos en esta vida hemos visto porno.
—No... no... —respondemos mis hermanas y yo.
—No en público. Y ya tu hermano y yo hemos hablado de eso, de verdad.
—No tengo culpa de lo que me mandan.
—Vale, no tengas culpa.
—Yo le regalo el celular al sobrino —responde Krista, con una sonrisa de esas que nos dejan claro que alguien no va a estar feliz—. Al final él necesita llamarte a ti, a Alexis y, de vez en cuando, a sus hermanos.
—Dime que tienes un ladrillito.
—Sí.
—Vale, no me importa. Pero no es porno, son nudes. Hay una diferencia.
—Galilea, entretén a tu hermano —le pide su padre.
—No voy a enseñarle mis chichis —responde, y Alexis le señala a Domenic.
—Vamos a buscar animales exóticos para regalarle a Tom en la noche, por arruinarnos el juego.
—Sí que nos estaba yendo muy bien —se queja Domenic.
Santiago quiere que yo imite esa posición, pero aunque lo intente en esta vida, no me va a dar. Linnie lo tiene más claro, se le iluminan los ojos y asiente.
—Padāsirsāsana. Sí, sí... muy flexible la nena —comenta con una sonrisa y todos reímos—. Hay que darle el punto de creatividad.
—Le he conocido la creatividad a una adolescente. Si fuese su padre, la castigo.
—Vale, sí, deberías acusarla —concuerda Santiago con su madre.
—¿Ven todas las cosas que tengo que animarme a vivir? —responde Laura.
—¿Por qué no hablan un poco con Tom? —pregunta Alexis.
—Si yo tuviese un hijo, no le dejaría conversar con Santiago —comento, y todos ríen de vuelta—. Ni con Linnie, ni con Gretta. Yo los llevaría al área de infectología del hospital, como hacían antes los colegios, y les enseñaría qué les sale del pipí y cómo se les va a caer —respondo, y todos asienten...