Recuerdo una vez cuando estaba pequeña, mis papás estaban hablando con unas copas de vino en medio, mirando el cielo, cuando él le dijo:
—Llevas tanto tiempo preparándote, construyéndote y corriendo por alcanzar la próxima oportunidad, subir el siguiente escalón, que ahora que lo has conseguido, ¿te sabe a poco? ¿A nada?
Ella lo miró y asintió algo asustada. Recuerdo que mi papá la rodeó con sus brazos, los dos, le dio un abrazo sincero y le dijo:
—Felicidades, lo lograste.
Mi mamá tenía tres especialidades, era una de las médicos más exitosas en su rama, una de las más solicitadas, pero nunca se permitía sentirse orgullosa.
Yo me fui a beber agua y después me dormí.
Esa conversación ni pensé que mi cerebro la tenía registrada, hasta que Hank dijo lo del puesto y me sentí preparada, pero no emocionada. No como lo hubiese recibido todo hace un año, con emoción genuina y descontrolada. Santiago estaba pasando por su propio shock; su padre y su esposa estaban teniendo una acalorada discusión basada en reproches que tenían que ver con todo el tiempo que Laura y George habían sido amantes, con todo el tiempo que habían compartido sabiendo que no eran tío y sobrino. La mujer estaba frenética.
—Ana, es mi hijo, ¿qué pretendes que haga? —pregunta.
—Lo aceptas o te vas.
—¿De qué putas estás hablando? —grita George Jr. a su padre—. ¡¿Cómo tienes un hijo y se lo endosas a tu hermano?!
—Todos en esta casa mentimos y hacemos cosas deplorables. Tú estás casado con ella para que no te quite la custodia de tu hijo, y le mentiste a tu novia por años diciéndole que estabas divorciado. Seguro le ofreciste una casa y un felices para siempre porque amaste a alguien más y la vas a amar toda la vida, y ella va a tener hijos preciosos. Entonces pensarás: "Todo eso pudo haber sido mío, pero no lo es", porque te tocó elegir, y elegiste.
Santiago parece congelado por el dolor. Le acaricio el pecho y le pregunto si quiere irse. Él asiente, y yo le tomo de la mano y me alejo sin despedirnos, sin dar explicaciones, sin pelear, sin nada. Cuando llegamos al auto, le abro la puerta del copiloto. Él me asegura que está bien. Yo conduzco lejos de ahí, lejos de todo. Conduzco como por una hora en silencio hasta que Santiago se da cuenta de que parece que estamos huyendo.
—¿A dónde vas?—pregunta Santiago y me doy cuenta de lo que estoy haciendo. Estoy con el sistema de huída activado, probablemente borracha en adrenalina
—No sé.
—Vale, regresa, Regina.
—No... porque hasta yo estoy confundida.
—Sí, ya... Yo pensé que mi papá solo era egoísta y que le valía una mierda todo.
—Parece que tiene sentimientos.
—Mi mamá tiene un esposo al cual amamos mucho—recalca Santiafo.
—Lo sé, lo sé. Él es loco con Uno, pero es una buena persona y un papá increíble.
—Sí.
—Sí... Al final, todos tenemos esa persona que se escapó.
—Yo no.
—Tu persona es George. Creíste que tendrías una vida con él, planeaste varios escenarios y ninguno va a hacerse realidad.
—Vale... Entonces, ¿estás listo para hablar sobre Xiomara? —pregunto—. Todo el mundo tiene una opinión sobre ella.
—Lo dejamos, ya está.
—¿Ves? Entonces, si ella apareciera por la puerta mañana, ¿a quién elegirías?
—Regina... No tiene nada que ver, no puedes hacer una competición con esto.
—Te quedarías conmigo pensando en ella, o te irías con ella.
—Es diferente.
—Solo dímelo.
—Me quedaría contigo, pensando en que te elegí a ti y que lo que sea que pensé que podría tener con Xiomara no es real porque ella no existe, porque ella no lo quiso y porque fue una etapa de mi vida. No es el amor de mi vida.
—Yo también...
—¿Tú también le dirías esto a George?
—No. Yo también estoy enamorada de ti.
—Bien.
—¿Cómo que bien?
—Está bien.
—¡Está bien! —repito.
—Sí, me alegra.
—Santiago, se dice "yo también" "¡ah, te amo o algo, sabes!"
—Estás partiendo de la base de que te amo, por eso usaste el "yo también". ¿Lo sabes?
—Dímelo.
—Te amo.
—Te amo. Ya.
—Ahora desacelera, que no planeo matarnos.
No entiendo por qué la vida no es como en las películas. Le dices a alguien que lo amas, sonríen y caminan juntos. Pero Santiago y yo no tuvimos eso. Creo que alguien llamó con una mala noticia y después estaba en casa tomando una maleta preempacada sin decir demasiado.
—Santiago, ¿puedo ayudar en algo? —pregunto.
—No, solo... solo no salgas sin seguridad —me pide. Me da un abrazo y me besa en el pelo. Lo abrazo de vuelta y me agarro tan fuerte como puedo para que no me deje.
—Regina...
—Déjame llevarte al aeropuerto.
—Tengo que ir a casa de Sergio. Un auto nos recogerá e iremos por el cuerpo de uno de nuestros amigos.
—Santiago, lo siento.
—Sí, yo también. —Le acaricio la espalda y Santiago solloza un poco. Dice que no le parece justo ni real, pero se recompone.
Su chofer nos lleva. Entrelaza sus dedos con los míos y trato de reconfortarlo. Sergio y sus amigos lo están esperando en el jardín con sus maletas. Santiago me da un beso en los labios y me mira a los ojos.
—Te amo.
—Yo también te amo —respondo, y él sonríe.
—Y cuando regrese, más te vale invitarme a una cita.
—Muy bien —respondo, y él se ríe. Me da un beso y me abraza con todas sus fuerzas.
Alguien toca la ventana y nos separamos. Vemos a sus amigos rodeando las ventanas, y Santiago bufa antes de tomar el maletín y bajarse del auto. Yo me bajo con él, saludo a los chicos y después subo a mi auto.
Paso tres días sin saber nada de Santiago y, de verdad, me estoy enloqueciendo. Así que llamo a la persona más loca que conozco para que me ponga en contacto con Isabela. Ella me aclara que no puede decir demasiado, pero que están bien.
—Es expropiar un cadáver.
—Sí, sí, pero el papeleo, y todo el asunto, y creo que algo de reconocer el cadáver... No me meto con Sergio, la verdad. Dijo que estaban bien, tristes, normal, pero no mucho... No pregunto mucho de eso porque es clasificado y nos pone a ambos en un spot en el que no estamos cómodos.
Aparentemente, hay mujeres en el mundo que dan espacio a sus parejas, yo siento que el espacio y el silencio son equivalentes a olvido, abandono, no es por comparar a nadie pero he tenido novios que me ponen un mensaje, un emoticón y sé que estamos juntos.
Bien por Isabela.
A mí que me llamen.
Estoy viviendo mi propia crisis existencial, cuando tocan la puerta de mi casa suena y resuena, y yo voy corriendo a abrir.
Veo a Hanks. Él me mira serio y dice:
—Te he escrito, llamado y ahora estoy tocando la puerta de tu casa.
—Ey, Abuelo de mi novio... Tal vez, solo tal vez, estoy ignorándote.
—Increíble. —Responde y se invita a pasar. — Traje la cena, vino y una propuesta de negocios. Y cuando acabes de leerla y firmarla, solo entonces me iré.
—¿Te preparo una cama o estás bien con el sofá?
—Já. ¿Dónde estará la cocina por acá? —dice mientras busca por mi casa.