Nuevo candidato

1711 Words
Una de esas cosas en las que Regina decidió fingir cuando conoció a George fue su interés por el béisbol. Aunque sabía de qué se trataba el juego gracias a las tardes que pasaba viendo partidos con su padre, la realidad era que lo que le atraía no era el deporte en sí, sino los jugadores musculosos. Sin embargo, George era un apasionado del béisbol. De esos que no solo apoyan a su equipo a muerte, sino que también entienden las estadísticas y aceptan una derrota sin que el equipo contrario pise el campo. El "gracias" que le dio Regina esa mañana le dejó claro a George que estaba perdiendo terreno. Necesitaba actuar rápido. Lo primero que hizo fue llamar para consultar por qué el contrato que le habían ofrecido a Regina era tan desfavorable. Quería saber quién había tomado esa decisión sin su autorización. No necesitaba investigar demasiado para intuir que había sido su padre, pero antes de confrontarlo quería estar seguro. Intentó llamarlo, pero su padre no respondió al móvil. Sin embargo, había un número que nunca quedaba sin contestar: el teléfono fijo de la casa familiar, atendido siempre por la empleada. —Anne, ¿puedes pasarme con mi papá? Al otro lado de la línea escuchó la voz de su madre. —Hola, querido. —Hola, mamá. —¿Cómo has estado? —Bien. Quería hablar con papá. —Está descansando. —Ponlo al teléfono, mamá. —Estoy tratando de evitar una pelea. —De eso precisamente se trata. Quiero dejarle claras algunas cosas a papá. Y ya que estás en la línea, te adelanto algo: no voy a volver con Sophie. La quise, pero nuestra relación terminó hace mucho tiempo. Ahora estoy saliendo con una mujer a la que amo y quiero que lo respetes. Regina tiene un lugar en mi vida, y tú también deberías dárselo. —Te paso con tu padre. Definitivamente no quiero discutir este tema contigo. George senior tomó el teléfono, y su hijo fue directo al grano. Le pidió encarecidamente que no volviera a interferir en sus asuntos profesionales ni personales. Lo advirtió de que cualquier ataque hacia Regina tendría consecuencias. No le dio tiempo de responder, finalizó la llamada y se aseguró de que los documentos correctos estuvieran en el escritorio de Regina antes de que terminara su jornada. Ella agradeció los papeles y prometió dar una respuesta antes del fin de semana. George, tomando asiento en el borde del escritorio, extendió su mano hacia ella. —Encuéntrame a mitad de camino, ¿sí? —George, estoy un poco saturada. —Lo sé. Solo quiero que no mandes todo al diablo. —Estoy aquí. —Esta mañana dijiste "gracias". —Y esta mañana me sacaste como a una niña pequeña de la cafetería porque estaba conversando con dos compañeros. —Vale... No estamos bien. ¿Y si tú me encuentras con dos mujeres hablando y riendo? —¿Desde cuándo eres un tipo celoso? —Desde que te vas de casa, no contestas y piensas en renunciar. —George, las inseguridades no te sientan bien —respondió ella, poniéndose de pie—. Me voy. No me pagan lo suficiente para hacer horas extra. —Cena conmigo —le pidió, y ella asintió. —Vamos a casa. —No. Salgamos. Tengamos una cita. Nos hace falta. Mañana estaré fuera y no quiero seguir peleando, mi amor. Regina quería que las cosas funcionaran, así que aceptó. Una cita a solas les vendría bien. Pero a mitad de la cena, George recibió una llamada urgente y tuvo que salir del país. Ella, sola, decidió empacar sus cosas y volver a su casa. Regina había llorado lo suficiente como para no querer levantarse de la cama. Afortunadamente, su hermana Linnie llegó como siempre, irrumpiendo en su espacio como si fuera suyo. Linnie apareció con desayuno, porque ninguna de las Riggot amaba cocinar, e invitó a su padre. Cuando Raúl Riggot entró a la casa y vio las cajas apiladas, pensó que Regina estaba por huir del país. Ambos se miraron extrañados antes de que Linnie subiera a comprobar si su hermana seguía viva. —¿Qué tal si tú pones la mesa mientras yo reviso los signos vitales de mi hermana? —Sí, sí... Y si está en el país. —Prometió que no se iría. —Claro, es una mujer de palabra... con todas sus cosas empacadas. Regina, al escuchar las voces, recordó los días de colegio cuando su padre la despertaba llamándola "princesa". Arrastrándose fuera de la cama, bajó las escaleras a trompicones, hasta que un mal paso la hizo caer de los últimos escalones. Raúl y Linnie corrieron en su ayuda, pero ella se levantó de un salto. —Hola. —Hola, princesita —respondió su padre antes de abrazarla y llenarla de besos—. ¿Cómo has estado? —Bien. —Gretta me contó sobre un ascenso. —Gretta es demasiado chismosa. —Es una mamá gallina cuando se trata de ustedes dos. Pero estoy más orgulloso que ella, aunque eso suene imposible. —¡Chicos, el desayuno se enfría! —interrumpió Linnie. —El desayuno que tan caro le costó comprar a tu hermana —bromeó Raúl, haciendo reír a ambas. Mientras comían, Linnie preguntó: —¿Y las cajas? —Pensé en mudarme a un lugar más grande, pero cambié de opinión. Me quedaré aquí. —¿Estás bien aquí? ¿Te sientes segura? —preguntó Raúl. —Sí, fue un impulso fugaz. Ya pasó. —Quería presentarte a alguien hoy. —¿Es un hombre? —preguntó Linnie. —Sí, es apuesto e inteligente. Pero no estoy tratando de casarte con nadie, aún. —Enséñanos una foto. Quiero ver si es guapo y si encaja con nosotras como familia. —No voy tomando fotos a la gente que conozco —protestó Raúl, horrorizado. —Dame su nombre. Lo busco en Internet. —Santiago Bradford. —¿De los Bradford de toda la vida? —preguntó Linnie emocionada—. Es el partido perfecto. Regina puso los ojos en blanco mientras su padre sonreía divertido. —De verdad necesitas valorar todas las posibilidades que tienes con este hombre —comentó Raúl, dejando un tono de broma en el aire, pero con una pizca de seriedad paternal que no podía ocultar. Rinnie suspiró, se llevó una mano a la frente y negó con la cabeza mientras su hermana seguía inspeccionando la foto de Santiago Bradford en el celular, como si estuviera evaluando una obra de arte en un museo. —Papá, no estoy interesada en tus estrategias matrimoniales ni en inversiones encubiertas con aspiraciones románticas —dijo, levantándose de la mesa para recoger los platos vacíos. —No es una estrategia matrimonial, hija. Es un trato de negocios que podría beneficiarte si dejas que la gente adecuada entre en tu vida. —Raúl se cruzó de brazos y añadió—: Además, siempre he confiado en tu criterio. —¿Confías en mi criterio o estás intentando que confíe en el tuyo? —replicó Rinnie, arqueando una ceja mientras colocaba los platos en el fregadero. —¡Ay, por favor! —interrumpió Linnie, con una sonrisa traviesa—. Papá, admite que ya tienes la boda planeada y déjanos elegir los colores de las damas de honor. —No tengo ningún plan más allá de asegurar un buen socio para la empresa y un hombre respetable que no se asuste de una mujer como Rinnie —respondió Raúl, manteniendo la calma mientras su hija mayor rodaba los ojos. —Papá, ¿te has detenido a pensar que tal vez, solo tal vez, yo no necesite un hombre para ser respetada ni para manejar mis propios negocios? —preguntó Rinnie, apoyándose contra el fregadero con los brazos cruzados. —Lo sé, cariño, pero tampoco está mal tener un compañero en quien confiar, alguien que te impulse más allá de tus propios límites —dijo Raúl, acercándose a ella y colocando una mano en su hombro con genuina preocupación—. Sé lo fuerte que eres, pero a veces hasta los más fuertes necesitan apoyo. Rinnie respiró hondo. Era difícil discutir con Raúl Rigott cuando usaba ese tono calmado y protector que siempre la hacía sentir como una niña pequeña. —Está bien —cedió finalmente, con un leve gesto de exasperación—. Lo conoceré esta noche, pero solo por temas de negocios —¡Sabía que lo harías! —exclamó Linnie, lanzándose sobre su hermana para darle un abrazo que casi la hace perder el equilibrio—. Si tiene una hija primero, prometes dejarme elegirle el nombre. —Tengo un novio... ¿recuerdan?—aclaró Rinnie. —Has escuchado el dicho ojos que no ven corazón que no siete —pregunta su padre y sus gemelas le miran asombras. —yerno que yo no veo, yerno que no existe. No deberías perder el tiempo con un homrbe que sientes no puedas presentarle a tu padre, no deberías gastar demasiado tiempo. —Bueno, ya que estamos todos de acuerdo, será mejor que me vaya. Tengo una reunión que no puedo perderme. Las veo esta noche, ¿de acuerdo? —dijo Raúl, besando a sus hijas en la frente antes de marcharse. Cuando la puerta se cerró detrás de él, Rinnie y Linnie se quedaron en silencio por unos segundos, hasta que esta última rompió la tranquilidad con una risita. —¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —dijo Linnie, con una sonrisa maliciosa. —¿Qué? —preguntó Rinnie, suspirando. —Que papá tiene razón. Ese hombre está espectacular. —Linnie… —advirtió Rinnie, con una mezcla de frustración y diversión en su voz. Ambas estallaron en carcajadas, dejando atrás las tensiones de la conversación. Aunque a Rinnie no le gustaba admitirlo, una parte de ella sentía curiosidad por conocer al hombre que había logrado llamar la atención de su exigente padre, ningun hombre era bueno para nninguna de sus hijas, conocía a l novio de su hermano desdde la primaria seguía intentnado pornerlo a prueba. —Esta noche será interesante, antes pensaba escaparme con Rock, pero ahora, estoy mucho más segura de que sí asistiremos—Comena Linnie.—¿Vamos juntas de shopping?
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