Un consejito

1127 Words
George conocía las intenciones de Claudia, quien, sí, había pasado bien temprano por su amiga, pero se iban a desayunar y a tomarse un café mientras reflexionaban sobre la vida e intentaban comerse el mundo a punta de ideas locas. Eso le daba el tiempo suficiente para reunirse con su padre y tener una conversación que estaba evitando. La apertura de la sucursal en Mainvillage estaba sonando en todo el mundo, pero le parecía una especial locura poner al frente a alguien tan joven, una mujer, nada más y nada menos que su amante. —George, en este tipo de negocios no hay tiempo para caprichos. —No es un capricho. El crecimiento de esta empresa se lo debemos a ella, y hay que reconocérselo. —Mándale flores, cómprale joyas y, la verdad, si te hace feliz, vete y disfruta de Dubái, las Maldivas, Fiji, pero no vengas a decirme que le vas a dar la sucursal más grande a tu novia cuando no está preparada. —Papá, no la conoces y no sabes de lo que es capaz. El teléfono suena e interrumpe la tensión dentro de la oficina. George oprime el botón del altavoz y escucha a su secretaria: —La señorita Rigott ha ingresado al edificio. —Pídale que venga, por favor. —No es necesario —comenta George en un intento por disuadirlo. —Dígale que George Senior la está esperando —exige, y su hijo aprieta la mandíbula. Unos segundos después, escuchan los golpes en la puerta por parte de Regina. Esta ingresa y el sonido de sus tacones se hace presente. Ambos hombres fijan su mirada sobre la impecable mujer que entra a la sala. George Senior pone atención a la mujer que cautivó a su hijo: rostro serio pero dulce, delicadamente maquillada, cabello sedoso, lacio, largo y perfectamente acomodado. Su cuerpo precioso, delgado, atlético, con unas piernas largas impresionantes escondidas en la falda tubo que lleva. Verdaderamente espectacular, muy guapa y, sabía, una mujer inteligente, pero podía apostar a cualquiera que no estaba lista. —Caballeros, es un placer compartir este tiempo con ustedes. Me gustaría discutir la propuesta respecto a la dirección que voy a asumir. —Adelante —insiste su novio. —Estaba diciendo... —Vas a escucharla, papá —lo amenaza, y ella les entrega sus informes con sus planes de servicios. —Claro que va a escucharme, porque el puesto es mío. He firmado un contrato, del cual tengo una copia, y, si me dan menos, me despiden o me sacan, voy a hacer el berrinche moderno. Me voy a pegar al feminismo como si fuera un oso perezoso, voy a iniciar campañas por el mundo y, no sé si ha escuchado el término cancelar, pero lo más parecido es que voy a incinerar todo su nombre y apellido. Después de pintarles el panorama, abre las carpetas y les explica cuáles son sus objetivos de trabajo, no anuales, sino para el primer trimestre. El dueño del banco la escucha, estudia cada movimiento y sonríe cuando ella detalla que planea mantener una productividad del 45%, mejorar la ciberseguridad de los clientes un 60% más de lo que se trabaja en el país y un 30% más de lo que tienen ahora en sus sucursales. Las negociaciones con empresas locales eran la parte más jugosa: lo que planeaba arrebatarle a la competencia. —Como les decía, deseo empezar de inmediato. —He decidido volver a Londres, tomar el control de mi compañía. Tú puedes quedarte aquí, vigilando a la feminazi, por si dejan de follarse bien y se enojan. Al menos solo caerá una sucursal y no todo mi imperio —comenta mientras se pone de pie. Camina hacia Regina y le dice: —Eres inteligente, demasiado para tu propio bien, pero es de estúpidas bajarse las bragas con cualquiera —anuncia y señala a su hijo. Gabriel estaba acostumbrado a que su padre lo tratara como si fuese lo más inferior del universo, cuando la realidad era que se esforzaba por hacer todo bien, dejar su propia huella en la vida. Claro, que su matrimonio no funcionara, que tuviese que compartir la custodia de su hijo y que no todo le saliera de color de rosa no era exactamente su culpa, pero era su realidad. Y así como Regina no tenía la culpa de no ser lo que él tenía en mente, él había trabajado lo suficiente como para ser destituido por un capricho de su padre. Le siguió en silencio, y su novia observó al toro que llevaba dentro: decidido, molesto y muy serio, pero trató de no intervenir. No consideraba que fuese una lucha que le tocaba pelear. George detuvo las puertas del elevador justo antes de que se cerraran y su padre lo retó con la mirada. No se limitó solo a ello; en tono calmado, el sexagenario le dijo: —Ten cuidado con lo que vas a hacer y decir —comentó, señalando la cámara sobre sus cabezas. George ingresó al elevador y oprimió el botón que lo llevaba al parqueo. —Voy a escoltarte a la salida —respondió, y su padre lo miró divertido. Su hijo se mantuvo en silencio por el resto del viaje, y ambos caminaron por el parqueo en busca del auto del mayor. Gabriel tocó el hombro de su padre y le advirtió: —No vas a quitarme como si fuese un empleado. Soy el accionista de esta compañía, soy tu hijo, te guste o no. He trabajado y me he preparado por años para este puesto, y no voy a dejarlo ir porque tú estés aburrido en casa o creas que no estoy tomando decisiones correctas. —George, estás pensando muy poco. Piénsalo bien. No puedes tener sexo con la persona que maneja tu dinero, no puedes dejar una familia por una mujer menor que tú. Te felicito, está guapísima, ya te la follaste; vuelve a tu casa. Te quedas, le damos el trabajo a un cerebro, pero creo que ni tú ni ella están pensando bien las cosas. Esto es una aventura, no una relación. —No es una aventura, papá. —Sí lo es, porque cuando uno mete la polla en un coño ajeno al de la esposa, siempre elige ponerse un preservativo. Tú seguro estás yéndote en toda. George, eres un hombre maduro, tienes una mujer y un hijo. Deja a esta mujer ser feliz, déjala triunfar en su carrera y, por el amor de Dios, no nos dejes en la calle. No es necesario arruinarle la vida a ella ni a nosotros. —Siempre es bueno saber que soy una decepción para ti. —No lo eres, pero eres una decepción para mí. Tienes un hijo y no deberías serlo para él.
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