Duele

1280 Words
Santiago La gente en medicina tiene sus filosofías sobre la muerte, que si el corazón deja de latir, que si los pulmones no llevan más intercambio de oxígeno o si el cerebro tiene poca o nula capacidad de respuesta. Esa gente está divagando, para mí es tan simple como un cadáver: ves un saco de huesos y carne inerte y entiendes que, por más que pelees, ya no van a estar ahí. No queda nada. Para mí, la mayor muestra de muerte es un cadáver, y jamás vi el cadáver de Xiomara. Solo sé que la enviamos a una operación, todo empezó a salir mal, le costaba comunicarse, estuvo en peligro más de una vez, y entonces, el día que íbamos a extraerla de su posición como agente encubierto, hubo balazos, explosiones, y la dimos por muerta. —Santiago, Santiago —escucho que me llaman y me siento sobre la cama. Veo a Regina muy asustada, y esta me sostiene la mano. —Estás bien, cariño, estás en casa. Estás conmigo —dice Regina y me abraza con todas sus fuerzas. Yo le abrazo de vuelta y le doy un beso en la mejilla. Le pido que vuelva a dormir, pero ella se levanta de la cama, me trae una toalla humedecida con agua tibia y otra para secarme el sudor. Me busca una pijama fresca y acepto. Me cambio, y mientras lo hago, Regina va a preparar una infusión. Trato de detenerla, pero ella está concentrada en cuidar de mí un momento, y yo acepto. Me quedo en silencio en la habitación unos minutos antes de cambiar la ropa de cama y mandarles un mensaje a mis amigos. Santiago Tengo una teoría. Josh Yo igual, me vine a la oficina. ¿Vienes temprano hoy? Sergio Estoy despierto. ¿Quieren reunirse? Los tres escribimos y llamamos a Gabin, y este no contesta. Santiago No puedo salir, Regina está despierta. Sergio Gabb está dormido, seguro. Mejor reunámonos todos más tarde. Desayunamos juntos, 5:45 a. m. Santiago Vale, sí. Josh Duérmanse, yo voy a seguir trabajando y conversamos más tarde. —Mi amor, ¿por qué no dejas el trabajo en el trabajo y descansas un poquito? Tómate el té y la galletita —pide, y le da unos golpes a las almohadas para alejar las pesadillas. Me río un poco, me pongo en pie para ir a abrazarla. Regina me da un par de besos en las mejillas. —¿Qué estabas soñando? —No quiero hablar de nada de eso. ¿Por qué no me meto en la cama y me chupas la polla? Eso me haría feliz. —Voy a soplarte la nariz para que te sientas mal y dormirme, perro, cabronazo, interruptor del descanso femenino —se queja, y me río. Regina me acerca la taza de té a los labios y después se mete en la cama. Hace un espacio en el que cree que es su lado para que duerma junto a ella. Obediente, tomo la bebida con tal de no decir que estaba soñando con el día en que murió mi exnovia. Y ella no parece interesada en el sueño, sino en el efecto del mismo en mí. Le doy un beso en los labios, y ella me abraza, me acaricia la espalda y busca que me quede dormido. Susurra en mi oído antes de que me duerma: —Estoy aquí para lo que necesites, cariño. Me despierto con el primer rayo de sol y hay un grupo táctico en mi habitación. —Capitán Bradford, buenos días. Regina abre los ojos y ve a los hombres. Luego me ve a mí. —El presidente ha enviado por usted y la señora Rigott. —Señorita, que el capitán a mí no me ha dado ningún anillo —corrige Regina mientras se frota la cara con ambas manos. —¿Qué le reportaron, Teniente? —Lo que me indicaron es que debo llevarlos a una casa segura. No computadores, celulares ni aparatos electrónicos. Intento tomar mi celular, pero uno de sus hombres es más rápido. Les pido un momento para cambiarnos. Regina no pregunta nada, solo hace una maleta, escribe un par de notas para su familia y la mía y se viste rápidamente. Es como si entendiera que existen protocolos para protegernos. Me toma del brazo, y caminamos juntos hacia el exterior de nuestra casa. Nos llevamos a los perros y nos escoltan a un auto. Después de que nos abrochamos el cinturón, el coche se pone en movimiento. Es una camioneta blindada, escoltada por seis coches. Lo que no entiendo es la ruta, porque me ha paseado por media ciudad en esta cosa. Cuando finalmente llegamos al hangar, Sergio está esperándome. Dejo a Regina en el auto y camino hacia mi amigo. Él me abraza, me abraza con todas sus fuerzas y yo le abrazo de vuelta. Sergio está llorando contra mi cuello. Siento las lágrimas calientes. Su pecho vibra tan fuerte, que no importa la contención, el dolor es tan grande que se le escapa por los poros. Trato de consolarlo, pero sé que algo ha pasado. Sé que estamos solos en ese hangar, que estamos cubiertos al máximo por todo el equipo de seguridad que ha contratado, pero es evidente que falta gente. Sergio llora e intenta decírmelo varias veces, pero está furioso, está dolido, y no son necesarias las palabras. Estoy llorando antes de que él pueda decir lo que ha pasado: —Gabbien... —niega con la cabeza. —Gabb... —llora y se limpia la cara con la mano. Las lágrimas están mojando su camisa y la mía. Suspira impotente. —¿Está muerto? —pregunto, no porque tenga dudas, sino porque el dolor de la realidad me golpea como si fuese una placa de metal contra mi cabeza. Me siento como un bicho cuando es azotado con una rama mortal. Sergio se cubre la boca y asiente. Yo le abrazo de vuelta. Él me abraza con todas sus fuerzas y lloramos. —¿Dónde está Josh? —Mataron a Gabb y a su familia... María, las niñas... —niega con la cabeza. —¿Dónde está Josh? —pregunto asustado. —Envié... envié a la gente. —Sergio, dime si está vivo o no —le exijo. Él solloza, se limpia las lágrimas, y uno de los tipos se acerca a nosotros. Le exijo explicaciones con los ojos llenos de lágrimas y la voz temblorosa. Regina corre hacia nosotros y me abraza. Entrelazo mis dedos con los suyos mientras escucho, con tristeza, cómo mi amigo batalló contra cinco hombres, quienes se encargaron de torturarle a él y a su familia hasta su último suspiro, todos tienen evidencia de tortura, esas pobres niñas.. Gabbin, María... no van a regresar, me duele tan to como a Sergio, pero el hombre, en medio de tantas dolorosas noticias dice que Josh logró pedir ayuda en cuanto entendió lo que estaba pasando, alertó al equipo de Sergio quien envió a hombres a su casa, sus hijos y su esposa estaban bien, escondido en el cuarto de pánico, con la casa destrozada y los nervios pendientes de un hilo, y él, Josh estaba golpeado, muy mal herido, pero no estaba muerto, había esperanzas. —Tengo un plan, solo... necesito respirar. —Es Xiomara, la persona que está haciendo esto es Xiomara —respondo y Sergio asiente. —Josh lo subió a una nube, tengo todo su reporte. Isabela camina hacia nosotros, abraza a su esposo lo consuela, yo veo a mi lado a Regina quien no ha soltado mi mano y entonces me juro que no puedo dejar de protegerla, no puedo dejar de cuidarle.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD