Yo siempre soy, en mi familia, la que se inventa un feriado que no existe y organiza vacaciones. Gretta pensaría que le dejo la responsabilidad de organizar un montón de cosas, pero la verdad, plana y simple, es que me gusta muchísimo viajar con gente entusiasta. Y, para mi fortuna, Santiago es de esa gente. Puede que se me haya ponchado la llanta, pero él se bajó, se arremangó las mangas y me preguntó por la llanta de repuesto.
—¿Regina? —me llama nuevamente mientras rebusca entre las cosas que empaqué—. Mi amor, la llanta.
—No... no hay.
—Sí, el coche es mío y sé que esta camioneta anda su llanta de repuesto y su kit de emergencias.
—Me pareció que estaban bien de aire y todo, así que saqué la llanta de repuesto y las herramientas.
Me mira serio y me pregunta dónde están los conos señalizadores.
—En serio, no planeé esto... quedarnos varados.
—Sí, guapa, porque eso no se planea, pasa. Entonces, dejas la llanta.
—¿Sí todo el mundo?
—Sí, todos en el mundo —responde y abre la hielera, encuentra las uvas y se come unas tres sin lavarlas.
—Te va a dar diarrea.
—Tú sacaste la llanta de seguridad, yo voy a tomar este riesgo —dice mientras cierra la cajuela, me da un beso en la frente y me pide que encienda el carro para orillarnos.
Santiago busca la manera de resolver mi cagada, y gracias a Dios no quedamos en una zona tan escandalosamente rural, por lo que conseguimos comprar una llanta en una tienda virtual para que nos la vinieran a dejar y colocar. Eso tardó aproximadamente una hora, con calor, pero el atardecer estuvo precioso. Santiago y yo lo vimos mientras comíamos uvas que terminé lavando con un poco de agua embotellada porque me parece un acto criminal no lavar las frutas del supermercado.
—Entonces, si se cae una manzana del árbol, ¿la tomas y te la comes o la lavas?
—Me la como si es del jardín de la casa, que uno no le echa pesticidas, pero si se trata del árbol en una finca de manzanas, entonces sí ocupo lavarla. O en el supermercado, en el que trabaja Juan, el que caga y no se lava las manos, pero las tiene que acomodar, y después llega María y las toma con sus manos sucias y... ¡ahg!
—No te creo, eres muy fresa.
—No, soy una mujer decente y normal —respondo, y él se ríe.
Finalmente, llegan a arreglarnos las llantas. Santiago decide que, después de lo que acaba de vivir, se siente más seguro conduciendo y cuidando de mí. Me río, me muevo de asiento y me pongo a ver el celular. Santiago va acariciándome la pierna, le doy una caricia en el pelo y me mira de reojo con una sonrisa.
—Gracias por invitarme —comenta.
—Siempre que lo necesites.
Una hora más tarde, llegamos a nuestro destino. Vamos a comer por el puerto y, finalmente, nos vamos al yate. Santiago y yo acordamos una ruta y navegamos tan pronto como preparamos el yate. Por dicha, mi papá piensa en todo y le pidió al encargado que nos dejara todo surtido y limpio para cuando llegáramos, incluidas unas rosas con una tarjeta.
"El mar siempre lo cura todo. Un abrazo, papá."
Santiago se acerca a mí y me da un beso corto sobre los labios. Yo lo abrazo y él sonríe mientras sigue haciéndose cargo del timón. Siento su mano acariciando mi espalda y mi cabello, y continúo besándole el cuello y el pecho. Santiago suspira pesado y me aparta.
—Si empezamos así, no vamos a llegar a ningún lado.
—Vale, tú navega y yo preparo algo de cenar.
—Yo preparo la cena, y tú navegas.
—Sé cocinar.
—Sabes, pero dejas el desorden y luego es peor.
Le miro, ligeramente ofendida, y él me da un beso en los labios antes de irse a la cocina.
Estar todo el día con Santiago en el mar, solos, medio desnudos, con el sol caliente dándonos sobre la piel, sin casi preocupaciones más que la siguiente comida y mantenernos llenos de bloqueador solar... Se acuesta a mi lado, me acaricia el costado, me da un beso en la mejilla y me acaricia la pierna despacio mientras lee desde su dispositivo. Yo le miro. La verdad, Santiago es increíblemente guapo, totalmente mi tipo. Debería ser ilegal encontrarse de frente con tus fantasías sexuales. Es tremendo.
Reviso mi celular y encuentro una foto que envió Gretta antes de que saliéramos de la ciudad. Estamos Linnie y yo abrazándola en nuestro primer día de clases de primer grado.
—¿Qué miras? —pregunta Santiago.
—Mi primer día de escuela con Linnie —respondo y le enseño.
Le enseño al foto y él ríe, antes de señalar:
—¿Se les cayó el mismo diente?
—Sí, el mismo día —respondo.
—Las tres son muy unidas, ¿cierto?
—Gretta es más que mi hermana mayor, la verdad. Es... como una mamá, nuestra guía, la persona que siempre ha estado para nosotras. Linnie es mi gemela física, pero Gretta es nuestra guía espiritual.
Santiago se queda en silencio.
—¿Cómo acabaste en la milicia? —pregunto.
Él extiende su dedo meñique hacia mí y le sigo la corriente. Juro, en nombre de la garrita, que no voy a contarle a nadie más la historia. Santiago se deshace de los objetos tecnológicos y regresa con un par de margaritas. Le doy un sorbo y apruebo la maravilla.
—Entonces... robé un banco, como era menor de edad no me manchó el expediente. Mi abuelo hizo control de daños, y el papá de Sergio, Sebastian, me felicitó proque vi las fallas en su seguridad y lo hice más fuerte, y luego me consiguió un cupo en un colegio militar antes de que me buscara una torta más.
—Santiago... por Dios.
—Solo quería saber si la seguridad estaba bien. Me descubrieron, mi mamá casi me mata, mi abuelo resolvió con los Caine, devolví ni siquiera tomé su dinero, solo... secuestré el sistema y les dije qué estaba mal en los accesos digitales. Sergio ya estaba en la milicia y, cuando pasó eso, él estaba en un equipo de élite que se había quedado sin inteligencia digital, así que me reclutanron como algo temporal y empecé en un trabajo.
—¿Cuánto estuviste?
—Casi diez años.
—Wow.
—Sip… —responde— después de lo de Sergio, hice entrenamiento completo y seguí participando en operaciones especiales, antisecuestro, rescate, investigación.
—¿Y tus amigos?
—Mis amigos... Josh no tenía dinero para la universidad, y Gabbin pensó que era una buena idea seguirnos la corriente —reconoce, y nos reímos—. Ha sido difícil, pero creo que mucho de lo que soy se lo debo a la disciplina. Es un sistema cuadrado, muy estricto, pero creo que me hubiese perdido si no lo hubiese hecho… cualquiera de los tres.
—¿Me vas a contar algo sobre Xiomara?
Santiago suspira.
Él sabe que lo sé. Él sabe que ella siempre va a ir a donde vaya. Ese es el tema con las relaciones, buenas o malas: si más de dos personas en tu vida conocen a tu pareja, es muy probable que busquen la manera de recordarte qué pasó por ahí. Y Xiomara es una pieza importante en la vida de Santiago. No lo ha reconocido en voz alta, pero lo sé.
—Xiomara… —intenta iniciar—. Ella era la hija de un diplomático, tenía acceso a muchísima información, se mudaban, viajaban mucho, muy educada, preciosa, inteligente y muy fuerte —reconoce—. Física y mentalmente, la más fuerte de todos… y la única con tetas y v****a, lo cual me venía muy bien —asentí.
—¿Te gustaba?
—Me gustaba, nos entendíamos y, cuando me di cuenta, estábamos súper conectados, enamoradísimos.
—¿Por qué lo dejaron?
—Una operación encubierta… salió mal. Intentamos rescatarla, pero… la perdí —responde con la voz rota, y sé que su corazón está partido en mil pedazos. Y quiero saber cómo me puede amar si está tan herido.
Lo abrazo con todas mis fuerzas y me abraza de vuelta. Se queda en silencio y yo lo acuno entre mis brazos. Santiago me sienta sobre su regazo y me mira a los ojos mientras acaricia mi cabello.
—Solo importamos nosotros. Te amo.
Las caricias, los secretos… A mí, de verdad, me encanta lo fácil que se nos hace conocernos el uno al otro, abrirnos. Y antes de regresar, solo deseo que se nos haga eterno el tiempo en el mar.
Cuando regresamos a la ciudad, parece que somos dos extraños. Él pasa trabajando en sus cosas, yo en las mías, tratando de hacerle entender a un testarudo octogenario que no estoy disponible para trabajar en su empresa. Eso no es posible porque tiene acceso a mi casa. Cuando entro, está él sentado en el sofá acariciando a los perritos; Domenic está leyendo algo en voz alta para él; mi papá y Santiago están cocinando juntos; mis hermanas me miran, y mi suegra niega con la cabeza.
—Buenas noches.
—Hola, mi amor —me saluda Santiago.
—¡Rinnie! —grita Domenic y viene a saludarme.
—¿Qué es este montón de familia? —pregunto mientras me besuqueo con Domenic. Él me abraza y los dos reímos cuando Santiago nos amenaza con robarle a la novia.
Mi suegra me ve con cara de loca y me abraza como nunca para decirme:
—¿Qué estamos haciendo aquí?
—No sé nada.
—Vale, Hank me ha llamado y ha dicho que es urgente.
—¿Y qué está haciendo Santiago?
—Tiene una cita con tu papá.
—Ya, son novios.
—Nadie dura tanto abrazando a la suegra —comenta Hank—. Me acompañan a la oficina, necesitamos hablar.