Santiago y yo regresamos a casa después de la fiesta de mi hermana, y había rosas en la sala. Yo sabía de quién eran. Él asumió de quién eran. Entonces me acerqué y leí la nota. Me mira mientras toma una botella con agua y suspira para tranquilizarse.
—¿Tu novio te mandó flores?
—La verdad, estoy considerando... tener una relación más seria con él —comento, y él se frota el rostro en señal de frustración. Me mira mientras se acerca—. O sea, una cosa es irse y otra cosa es no mandarme ni un solo mensaje. No puedes simplemente dejarme desatendida y creer que no voy a conseguirme a alguien nuevo.
—¿Estás follando con mi abuelo, hipertenso y sin próstata?
—¿No tiene próstata? —pregunto, y él asiente.
—Un cancersillo.
—Qué bien por él.
—Sí...
—¿Cómo sabes que son suyas?
—El tipo de flores, la tienda de donde vienen y su sobre personalizado —responde Santiago divertido—. Soy excesivamente celoso. Le arrancaría la cabeza a cualquiera que se metiera contigo, y no estoy bromeando, así que no me provoques.
—Yo también soy celosa. No voy a arrancarle la cabeza a nadie por ti, pero podría arrancarte algo a ti.
Santiago pasa su brazo alrededor de mi cintura y me da un beso casto sobre los labios.
—No eres celosa, le tienes miedo a la soledad. Te dejé, y eso te asusta.
Siento algo que se encoge dolorosamente en mi pecho y decido ignorarlo, decido no entrar a resolverlo. Le doy un beso a mi novio y le aseguro que solo hay una forma en la que podríamos arreglar lo sucedido. Santiago se deshace de mi vestido, y yo le ayudo con su ropa. Nos besamos y nos devoramos en el sofá. No hay tiempo de romance o de subir las escaleras. Todo se torna más físico, algo bruto, con su gracia, por supuesto. Somos nosotros conectando, y no puedo evitar dejar de pensar que quiero que sea para toda la vida.
Me levanto y voy corriendo a mi habitación. Me visto con lo primero que veo. Santiago sigue en la parte de abajo, preparándose un sándwich. Yo estoy a dos segundos de huir cuando veo que hay alguien en la puerta de mi casa. Grito, doy un salto. Santiago regresa armado con el cuchillo del pan y otro cuchillo gigante, que para mí pasa por un machete. Su padre y yo le miramos.
—¿Vives aquí o estás de visita, Regina?
—Vivo aquí.
—Vine a hablar contigo, Santiago. No tengo intenciones de invitarme a tu casa, pero si lo permites, me gustaría invitarte a comer y hablar un momento.
—No, gracias. Me has negado por años, George. Engañaste a mi mamá, la utilizaste y la abandonaste con tu hijo en brazos. Y le has faltado al respeto verbalmente a mi mujer. ¿Qué crees que quiero hacer yo contigo? —pregunta y le mira decepcionado—. Por favor, aléjate de mi casa y de mi familia.
—Santiago, la que tomó la decisión de alejarte fue tu madre. Dijo que todo lo que tocaba lo jodía, y tiene razón. Todo lo que toco lo jodo. Entonces le di dinero, porque eso es lo que sé hacer, y a cambio recibí fotos, videos y visitas a través de mi padre.
—Con Regina he sido un imbécil, pero a Laura... A Laura la he amado cada segundo de mi vida desde que la conocí. Y cuando lo dejé todo, que puedes ir y preguntarle a mi mujer y a mi hijo, ella dijo que conoció a alguien mejor, un buen papá para su hijo, alguien de quien estaba enamorada. Era bueno e incapaz de ser infiel, así que se quedó con Alexis, tuvo hijos y está feliz.
—Según el registro, tienes un hijo y una esposa. Puedes ir a contarles esto —responde Santiago y cierra la puerta.
Yo le quito los cuchillos de las manos y le acaricio los brazos. Busco su mirada y está tan tranquilo... No hay signos de tensión en su cuerpo, pero de todas formas le abrazo. Santiago me abraza de vuelta y me da un beso en los labios antes de preguntar si me apetece ir a comer.
—¿Mal si quiero cenar acá en casa?
—Me gusta el plan.
Santiago ha tenido una de esas semanas en las que, si fuese yo, habría tomado una maleta y me hubiese subido a un crucero como mínimo. Así que busqué algo que podía gustarle y acabó siendo eso: un paseo en yate por la costa, solos los dos. No está tan mal.
Voy a su oficina a las cuatro de la tarde y le entrego una caja con dulces, unas cajetitas especiales. Me mira sorprendido y camina hacia mí.
—Ey... —me saluda con un beso en la mejilla. Sus amigos se acercan a saludar.
—Regina, cuida a nuestro hombre.
—Prometido —respondo y le abro la puerta a Santiago. Él me mira divertido y sonríe al encontrar la caja de dulces. Luego me da un beso cuando me subo y me pregunta por el detalle.
—Llamé a tu secretaria. Muy guapa y muy joven, pero inteligente y maja. Me ayudó, entonces creo que se merece un uniforme que la haga lucir fea y un aumento de salario para ayudarle con la universidad.
Santiago responde y me da uno de los dulces para que pruebe.
—Aparte de sobornar a mi secretaria y reacomodar su vida a tu favor, ¿hiciste algo hoy?
—Le pedí a tu suegro que me prestara su yate y nos vamos a ir por la costa todo el fin de semana.
—¿Vamos a navegar? —pregunta emocionado, y asiento.
—Básicamente, tenemos que estar atentos, pero estaremos solos y juntos. Y sé pescar, entonces pensé que podemos pasar unos días interesantes.
—Navegas, pescas y quieres secuestrarme.
—Sí.
—Me encanta —responde y pasa su mano por mi pierna—. ¿Conduzco o ayudo en algo?
—No, eres mi cita. Y me traje tu clóset de escape, tus cosas de andar en la playa, otras cosas que tuve que ir a traer a casa de Gretta y Ramón, otras a casa de mi papá e hice el supermercado para que tengamos todo lo necesario siempre.
—Eres la mujer más sexy que he conocido.
—Tú estás guapo, muy sexy.
—Lo sé, nena, lo sé —responde, y me río.