Aventuras

1502 Words
Yo creo que tus elecciones dicen muchísimo sobre ti. Por ejemplo; un hotel nos da hora de entrada y de salida a ambos. Mi casa para mí es un territorio sagrado, creo que George ha pasado apenas unas horas en ese espacio, y su casa… Bueno, no sé lo que significa para el, pero sé lo que estoy viendo en él. Una mansión, yo esperando el piso para follamigas, o un departamento de lujo y me ha traído a casa, creo que la congoja me ha bajado un poco el calentón que llevo, Es enorme, esta alejado de casi todo, una hora y media de viaje en al que los abatimos a besos, caricias, risas y todo lo que pueda parecernos un preludio, nos hemos torturado con las manos, en un juego que no deja de satisfacernos porque nada más entrar estuvimos tentados a comernos y arrancarnos la ropa. Le miro a los ojos, y él me mira los labios con hambre y deseo, pero ante todo es un traición, y me pregunta si quiero beber algo o si necesito comer algo. Yo niego con la cabeza y él sonríe, definitivamente he elegido el peor momento para no llevar bragas porque estoy muy húmeda, mojada, caliente y él me carga sobre su espalda. Renuncio a negarme a hacer esto, a disfrutar y le acaricio la espalda, Santiago ríe y me contagio de su emoción, la casa se inunda con el aroma a promesa. Me lleva por la casa vacía hasta su habitación, me lanza sobre la cama y me jala de los pies al borde de vuelta y me río. Él me quita los tacones rojos y besa la planta de mis pies, me mira mientras sus manos acarician mis piernas y me dejan expuesta. Yo me quito el vestido color vino que cubría mi cuerpo y me desnudo ante su mirada ansiosa, sus ojos azules toman un tono más oscuro, uno más pasional, uno cargado de deseo.le Envuelvo con ambas piernas y pego mi pelvis contra la suya, muevo mis caderas y Santiago se inclina para besar mi pecho, yo Sigo Moviendo mis cadderas, le siento en cada parte de mi cuerpo, lo deseo tanto que nada importa. Mi vida se reduce a ese espacio, a ese momento y a esa persona, haciendo todo lo que no suelo hacer. Nada de esto es habitual en mí; no suelo ser la mujer que engaña a su novio, no suelo tener sexo con un total desconocido, tampoco voy a casa de extraños y mucho menos me quedo a dormir. De verdad, la persona al lado de la cama, con Santiago rodeándole los pechos con ambas manos, no soy yo. Me quedo quieta unos minutos antes de intentar huir. Santiago no afloja su agarre, como niño chiquito con su juguete favorito, pero logro ingeniármelas para salir. No le reclamo, aunque sé que está despierto. Me voy directo al baño, orino y me quedo sentada unos segundos mientras decido si meterme o no en la ducha. La verdad es que no lo hago. Me quedo encerrada, esperando a que el sueño le gane a Santiago. Me quedo ahí, oculta varios minutos, hasta que escucho golpes y su voz. —¿Estás bien? —pregunta. Me quedo en silencio en un rinconcito, intentando buscar una salida. Veo la ventana y me da miedo caer desde esta altura. —Regina. —Sí, sí... —Hice que nos subieran café y algo de comer. Abro la puerta y niego con la cabeza. —Tranquilo, muchas gracias, eh... muy amable —respondo mientras voy en busca de mis cosas—. Gracias, gracias, ya me marcho. —Mi chofer está dormido, y yo he bebido. No voy a conducir, y tú no vas a marcharte a las tres de la mañana. Ven, come esto —replica y me da la mitad del croissant que está comiendo—. Ya metimos las patas, es mejor seguir follando y evadir la responsabilidad de nuestros actos el resto de la mañana. Tal vez quieras acompañarme; me voy de viaje en unas horas. —Santiago... —¿Qué? Mira, si le dices que echamos un polvo, se va a enojar. Pero si le dices que pasamos un fin de semana juntos, puede que entienda que fue mi culpa. Es fácil para las mujeres ser infieles. —Técnicamente no soy infiel porque lo hemos dejado. —¿Y él no estuvo dentro de ti antes de que yo lo estuviera? —Bebo un sorbo de café y él asiente—. Para él, no han terminado. —Entonces puedo irme y fingir que esto nunca pasó. —No es tan fácil. Si pasas el fin de semana conmigo, es probable que yo quiera fingir que nunca pasó, por un tiempo, mucho tiempo. Será nuestro secreto. Pero si te vas ahora, tendré que reunirme con él por la mañana y contárselo. Le daré mi versión, bastante descriptiva, de cada uno de los hechos vividos en las últimas horas. —Responde, y los dos nos miramos. —¿Me estás chantajeando? —pregunto. —¿Está funcionando? —Si esto es un secuestro, la verdad, me lo estoy pasando por el culo, como tus amenazas. Ya quiero irme. Santiago deja la bebida en la mesa de noche, se pone de pie, se acerca a mí y me planta un beso en los labios. —¿Quieres que sea claro? —pregunta, y siento mi corazón latir con tanta fuerza que creo que se va a escapar por mi boca. Estoy medio desnuda, con un hombre espectacular que folla impresionantemente. Santiago me acaricia el pelo, me toma de la nuca y me obliga a mirarle a los ojos. Toma mi mano y entrelaza cada uno de mis dedos. —Quiero que te quedes. Estoy pidiéndote que te quedes y nos saquemos todas las ganas, porque tenemos que trabajar juntos, porque ya lo has arruinado con tu pareja y porque suelo obsesionarme. De pequeño, comí pollo hervido con sal durante seis meses porque me supo maravilloso. La primera vez que me enamoré, intenté eliminarme cuando ella se aburrió de mí. ¿Sabes qué tienen en común el pollo hervido y Melissa? —pregunta, y yo niego con la cabeza—. Ambas historias se convirtieron en obsesiones cuando una mujer me dijo que no. Así que facilítame la vida, facilítate la vida, porque si te vas, pasaré el fin de semana planeando cómo obsesionarte conmigo. Me río. Mi estómago suena ferozmente porque no recuerdo bien la última vez que comí ni tengo el dato exacto de calorías quemadas. La lluvia resuena contra el techo; veo las gotas enormes contra el ventanal de la habitación y vuelvo a dirigir mi mirada hacia la de Santiago. Sus ojos azules, impresionantemente familiares, me besan sobre los labios, un par de piquitos. —A falta de auto y por la comida, puede que me quede hoy. Pero tendrás que convencerme con algo más que la historia de un pollo mal condimentado y una adolescente caprichosa. —Excelente, pediré que nos alisten el jet. ¿A dónde quieres ir? A mí se me antoja playa. —Sorpréndeme —respondo, y me besa antes de ir por su teléfono a escribir un mensaje de texto. Luego lo tira, va a su armario, me pasa un pijama y me lo coloca como si fuera una niña pequeña. Me dejo echar a perder solo un poco porque me contagia de alegría la sonrisa traviesa que tiene en los labios, y me emociona simplemente pensar en el nivel de travesura. Escribo un correo desde mi cuenta administrativa a mi jefe inmediato y a recursos humanos. Pese a estar iniciando nuevas labores en un puesto, dejo las indicaciones para los proyectos asignados para mi equipo. Me tendré que ausentar del país por motivos de fuerza mayor; espero lo descuenten de mis vacaciones con gozo de salario... Cuando termino de escribirlo, pienso que, en realidad, no tengo un contrato y me doy cuenta de que estoy en una zona gris. Básicamente, no estoy en una relación y no requiero de vacaciones porque estoy desempleada. Santiago me ofrece de su café y yo apago mi teléfono. Le doy un sorbo a la bebida y preparo un sándwich con lo que le han subido. Él me mira con atención mientras lo preparo, y yo le doy un mordisco. Él ríe y le da otro mordisco desde el otro extremo, me toma de la mano y me hace una seña para acostarme a su lado. Apaga la luz y deja una lamparita encendida antes de tomar un puño enorme de uvas y engullirlas. —¿Fiji, Aruba, Puerto Rico? —¿Necesitas salir del país? —Bueno, casi no conozco Mainvillage. —Yo conozco un lugar... —Santiago me da un beso en la mejilla, otro en la oreja y otro en el cuello. Le siento; está listo para algo más. Le pone muchísimo la idea de ser libres por la vida.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD