Santiago va por las compras, y después de esperarle una hora, aparece con todo menos lo que le pedí, viene con unos vestidos demasiado sexys, coloridos, de telas especiales, quién lo ve, jura que es diseñador de modas, básicamente me va a llevar por la vida como si fuese su modelo.
Veo los tres vestidos y Santiago insiste en uno rojo, con escote pronunciado, veo el azul rey y quiero entender como pretende que salga con algo tan ajustado y por último hay uno bronce, por delante parece apropiado y detrás es lo suficiente escotado como apra compensar.
—Oh, perdón —dice mi jefe—. Ese rojo se te verá espectacular.
—Me van a ver las tetas y el culo, no puedo ir apretada de los dos lados.
—Eres joven y guapa, ¿por qué no puedes ir así? —pregunta Mike.
—Gracias, te vas a ver buenísima y es mejor que esas cosas todas sobrias que compraste.
—Voy en nombre de la empresa.
—Vas como mi amiga, que necesita hacer contactos y salir del papel de víctima —responde Michael y revisa la otra bolsa con vestidos—. Modélanos.
—Sí, modélanos —insiste Santiago.
—Sabes, solo para esto entiendo que Dios creara a las mujeres —comenta y Santiago niega con la cabeza.
—Hay otras razones... como dar vida, creo que las mujeres tienen el papel protagónico en la Biblia y no lo supimos entender.
—Ve a probarte estos —insiste y toma asiento junto a Santiago. Les veo incrédula antes de ir a cambiarme de ropa y probarme el vestido. Salgo unos minutos más tarde con el más aceptable de los tres, es un color bronce, casi dorado, con un escote en la espalda bastante pronunciado y bien pegado al frente, pero sin parecer vulgar y en casa tengo los tacones perfectos para esto.
—Vale, preciosa.
—Sí, espectacular —replica Santiago.
—Vete temprano para que te arreglen el cabello —me dice y sale divertidísimo.
—Eres preciosa —dice Santiago—. Muy guapa...
Me cambio y le pregunto a Santiago si puede llevarme las cosas a casa, él asiente y me da un beso en la mejilla antes de irse. Yo voy al salón, me arreglo las uñas, el pelo, y les pido de una vez que me maquillen. Cuando llego a casa, Santiago está terminando de vestirse.
—Voy tarde, tarde —grito y él sonríe mientras se arregla el cabello hacia atrás.
Yo entro en la habitación y él me tiene preparada una sorpresa, sobre la cama hay joyería a juego con el traje que hemos elegido, y unos tacones preciosos, mega altos, así como una cadena de diamantes que caería sobre mi espalda.
—¿Esto es para mí?
—Sí.
Me cambio en tan solo segundos después de una ducha rápida, una especie de enjuague. Me coloco las joyas mientras Santiago me ayuda con los zapatos y salimos apurados, juntos, tomados de la mano. Yo le veo y sonrío mientras camino hacia su lado, sintiéndome mucho más segura que en... demasiado tiempo... creo que nunca en realidad, me siento especial.
Llegamos apenas a tiempo, con todas las miradas posibles sobre nosotros. Santiago se muestra seguro y tranquilo mientras nos desplazamos por el lugar para tomar nuestro asiento junto a Michael y sus hermanos. Los saludamos a todos, hacemos las presentaciones requeridas y finalmente tomamos asiento. Un mesero nos ofrece bebidas y mi jefe y amigo halaga lo espectacular que me veo.
—Eres preciosa —me asegura Ibrahim, su pareja, y le doy las gracias.
—¿Viste al feo, desgraciado de tu ex?
—No.
—Está aquí con su esposa.
—Estás conmigo —me recuerda Santiago.
El mesero nos entrega las champañas, la fiesta es en celebración de la construcción de uno de los edificios nuevos más llamativos en la ciudad. Yo escucho con atención y siento la mano de Santiago recorriendo mi espalda, le doy una mirada y él sonríe, me contagio con su alegría, y le doy un beso, uno corto y fugaz. Él sonríe mucho más y yo vuelvo a poner mi atención hacia lo importante.
Después de eso abren el bar oficialmente y la pista de baile.
—Vamos, te mereces que te enseñe un paso o dos —insiste Santiago y vamos por ese baile, y se convierten en tres. Es demasiado fácil estar feliz a su lado, es fácil estar a su lado.
Santiago es la persona más magnética del universo, parece que es el dueño de la fiesta y yo le sigo a todos lados, no me suelta la mano y no me importa, me presenta como su pareja y converso con desarrolladores, inversores, dueños del proyecto mientras voy con alguien encantador.
—Voy a ir un momento al baño —susurro en su oído.
—¿Quieres que te acompañe? —pregunta y niego con la cabeza.
—Tranquilo —digo antes de disculparme.
Me dirijo sola al baño y tiene muy poca fila milagrosamente, me encuentro a una de las esposas que acabo de conocer.
—Adoro estos eventos, pero definitivamente se me agota la batería social —me cuenta divertida.
—Entonces estás fumando en la ventana del baño.
—Sí —responde divertida y le pido una calada. Ella me ofrece su cigarrillo y yo le agradezco. Al baño ingresa ella, Emilia Hanks, con un vestido color azul, el cabello recogido en un moño bajo, la mujer que me saca unos veinte años de diferencia, pero es menuda y sencilla, un clásico de la belleza londinense, es alta, sin serlo demasiado.
Camina hacia mí, y me mira como un león que tiene a su presa. Yo le doy otra calada al cigarro y queda a unos centímetros de mí.
—Te quiero lejos de mi esposo —advierte—. Tan lejos como sea posible.
—Dile que no me llame ni me busque. Yo puse distancia, pero él sigue llamándome, sigue tomando vuelos hacia donde yo esté, él... sigue buscando excusas para fallarte. Tú deberías renunciar a ser la víctima, porque no lo eres. Emilia, te lo regalo, yo no lo quiero, pero haznos el favor a ambas de mantenerlo lejos y ocupado —le devuelvo el cigarro a la mujer y salgo del baño. Busco a Santiago entre la gente y en su lugar, la mirada de George se cruza con la mía, no pierde la oportunidad de dejar lo que está haciendo y acercárseme.
—Necesitas escucharme.
—No, tú necesitas que yo te perdone, pero no tengo ganas de eso. Ahora, déjame, a mi pareja definitivamente no le gustará esto.
—¿Qué haces con él? No entiendes que quiere joderme a mí. Eres un peón más en su juego.
—No te metas conmigo y con Santiago, no te atrevas —le advierto y él me toma del brazo. Santiago se acerca y me toma de la cintura.
—Haz el favor de no montar una escena —responde—. Suéltala —ordena.
—Vámonos... —le pido a Santiago y le tomo de nuevo de la mano.
Emilia se acercó a su marido y le tomó del brazo, este le miró a los ojos, estaba molesto, no había forma de ocultarlo, yo me dirijo hacia la puerta, y Santiago me toma de la mano, mientras niega con la cabeza, se acerca y me toma de la barbilla.
—No es justo que agaches la mirada ni que te vayas —Recalca Santiago. —Él eligió engañar a su mujer y meterte a ti en su relación, así que si alguien está molesto y necesita irse es él y su esposa.
Santiago me toma de la mano y me lleva de vuelta con el grupo con el que estábamos, nos ponen al día con la conversación, Santiago rodea mi cintura con su mano, puedo sentir sus dedos acariciando un poco más abajo, y le doy una mirada de advertencia, él se ríe y yo tomo sus dedos y los enlazo con los míos.
—Gracias —le digo.
—Incondicional... y eso... guapísimo —sei inclina contra mi oído y dice: — y una chica me ha dicho recientemente que tengo un vergón.
—Sí, una super grande y gorda.
—¿Ahora sí quieres irte?
—No, aguanta manos calientes.