A mí me disgusta que me regañen, pero la vida parece no estar colaborando conmigo, porque todo está mal. No he parado de sentir ese malestar feo que le da a uno en el estómago cuando todo va a salir mal. Es que, tras de que voy tarde, llevo los nervios de punta. Me siento fatal, avergonzada. Voy corriendo por el lugar y pido que me informen dónde está ubicada la sala en la que nos vamos a reunir.
No sé si Hank planeaba tener sexo con esa mujer o qué, pero una cita en el último piso del edificio más grande de la ciudad... Este señor.
Me llama de nuevo, y trato de no contestarle la llamada porque nos vamos a pelear y no puedo hacer más. No puedo hacer más que esperar a llegar, y el elevador es increíblemente lento. Cuando llego al piso, un host me recibe y me dice que tengo una llamada en el teléfono esperándome, antes de llevarme a mi salón. Lo veo incrédula, me acerco y veo un teléfono antiguo, rojo. Tomo la llamada.
—Hank, no es mi culpa que haya dificultades para llegar de un lugar a otro. Llama al presidente. Y si esta mujer no puede entenderlo, qué pena.
—Cariño...
—¿Tu abuelo te llamó?
—No. Yo le llamé para pedirle el favor de que te hiciera venir.
—Me ha llamado a regañarme —respondo—. Me ha gritado porque voy tarde, como si no viera que este país se está llenando de autos y descontrol. Honestamente, siento que deberías quejártele un poco a Sergio. Todo mal. ¿De qué nos sirve un país medianamente seguro si no se puede transitar?
—Yo tenía un tema personal pendiente... —interrumpe Santiago.
—Mi amor, estás buenísimo, eres súper inteligente, pero tengo que ir a trabajar. ¿Te importa si llamo en la noche a insultar a tu familia y a tus negocios, y probablemente a tus antepasados? Pero esta mujer suena mega interesante, y quiero al menos conocerla y que me odie con este vestido.
—Regina, yo fui quien te citó.
—¿Estás fuera del país y esperas que cene sola? —pregunto, algo decepcionada—. No entiendo esto, Santiago.
—Si me escuchas, puede que entiendas.
—Vale. Estoy escuchando.
—Eres la mujer más fabulosa que he conocido. Horneas bien, estás guapísima, eres demasiado inteligente y fuerte para tu propio bien. Pero son las cosas pequeñas las que te hacen extraordinaria, como cuando finges que no te gustan nuestros perros. Eres nerda en una forma sexy, como cuando estás jugando sudoku o intentando descifrar cómo ganarme en los videojuegos. Son años de práctica.
—Ya, pero estoy en un buen nivel.
—Lo estás. Estás en el mejor nivel de todos. Estás en el nivel adecuado para ser el amor de mi vida para siempre, mi compañera, confidente, amiga, la mamá de mis hijos. Pero primero quiero que seas mi esposa. Así que hazme el hombre más feliz del mundo y cásate conmigo, por favor.
Siento la mano de Santiago en mi cadera, su mejilla se pega a la mía. No necesito girarme. Solo la forma en que sus dedos presionan mi cuerpo, el aroma de su colonia, el calor de su piel contra la mía, el sonido de su voz contra mi oído… Y tengo que decir que la forma inusual en la que late su corazón contra mi espalda me hace entender.
—Ja... ¿de eso va esto? —le digo. Él me mira y asiente—. Muy interesante... porque llevo horas debatiéndome entre venir o no, en nombre de tu salud, y he hablado de popó en esta grabación. Ve, devuélvete y lo hacemos de nuevo.
—Cortaré las partes en las que dices cosas inapropiadas… si planeas decir que sí.
—Claro. Está bien.
—¿Eso qué significa?
—Que sí. Acepto.
—¿Sí?
—¡Sí! —respondo. Él se ríe, me da un beso en los labios y finaliza la llamada. Escucho a un grupo de mariachis tocando al ritmo de "Si nos dejan", miro a Santiago sonriente, y él me lleva a bailar junto a él. Lo rodeo con los brazos y digo:
Creo que desde el primer segundo que vi a Santiago supe que era el amor de mi vida. Supe que no era algo pasajero cuando volvía a casa. Entendí que no era pasajero cuando intenté encontrar hasta el mínimo de los aspectos que, como él diría, lo hacen extraordinario. La forma en la que me hace sentir con solo una mirada. Lo segura y refugiada que me siento cuando me toma de la mano.
Santiago y yo finalmente vamos a la azotea, la cual está llena de rosas, velas y luces. Tiene una mesita para los dos. Observo algunas fotos nuestras en un rincón, junto a las promesas que escribimos en nuestras servilletas en Nueva York, nuestras firmas incluidas. Santiago se pone en una rodilla y trato de detenerlo, pero, por un segundo, esto es perfecto. De todas formas, abre la cajita roja y veo un anillo precioso, con tres aros que rodean un diamante redondo. Me queda perfecto y no tengo duda de toda la ayuda que ha recibido Santiago. Me da un beso en los nudillos y yo me inclino y lo lleno de besos. Santiago me abraza.
—¿Estás bien? —pregunta Santiago.
—Sí, solo... creo que estoy infartando y necesito como hacerlo sentada, para que sea más fácil... —respondo mientras me quedo sin aliento. Yo le ayudo, le sirvo una copa de champán de urgencia y él la bebe de un sorbo. Vivimos juntos, llevo semanas quejándome porque no tengo un anillo, ¿y él creía que le iba a decir que no? Bocanadas de aire, agua, me siento y logro tranquilizarme.
—¿Estás mejor?
—Sí, sí... solo... esto es muy de adultos. Como que me mató.
—Sí, así me sentí cuando vi ese montón de anillos. O sea, ninguno era lo que quería. No iban con la temática.
—¿Cuál es la temática de nuestra relación? —pregunto, y Santiago se ríe.
—El tres se relaciona con la prosperidad, protección y la trinidad… Los círculos son infinitos.
—Ahh sí, sí… me caso con un chamán.
—Obvio, mujer. Pero lo que quería saber era si de verdad quieres casarte hoy, ya, conmigo.
—¿Hoy? ¿No ocupamos una licencia?
—Uno de mis mejores amigos es el presidente.
—Qué cool eres.
—Bueno… me da un poco de lástima no tener a la familia, pero nunca he sido de los eventos grandes, y mientras planeamos una boda y todo, podría ser complicado —respondo ya sintiendo. Él sonríe emocionado y llama al abogado, el cual ingresa. Nosotros firmamos los documentos y lo veo un par de segundos.
—No deberíamos separar bienes.
—Tenemos la cita para un postnupcial en un mes.
—Vale. Estamos oficialmente casados —respondo antes de extender mi mano hacia Santiago. Este arruga la cara antes de darme un apretón de manos y acercarme a él para besarme.