Las dos caras

1437 Words
Santiago es puro carisma, aunque no me queda totalmente claro cómo logra pasar de los treinta sin que alguien quiera atraparlo para siempre. Estábamos en la playa caminando cuando vimos un perro, y él intentó robárselo. Sí, porque ese pequeño animalejo tiene una familia que ahora está sentada a nuestro lado. Como si fuese poco, ellos tienen tres hijos a los que Santiago decidió sobornar con un helado, o dos, porque no se decidían. —Su mamá va a odiarnos. —A veces me da un impulso de ser papá. —Ya se te nota. Espero que ahogues esas ganas en el mar y no dentro de mí. —Santi, ¿quieres hacer un castillo de arena y luego destruirlo? —Creo que me apetece competir. El que haga el mejor castillo se gana algo. —Que no sea dulce —pide su madre, atormentada. —Que no sea dulce, porque su mamá ya no va a querer que seamos amigos. —Cuando te vayas tú, nosotros estaremos aquí otra semana. Por si quieres volver a jugar —dice el del medio, que comparte nombre con el niñato con el que salí. Ya saben lo que dicen: el que se acuesta con niños, se despierta cagado. Yo los dejo jugando y me voy a comer mi helado mientras reviso las r************* . El chisme en MainVillage nunca duerme: todos están detrás de un posible embarazo de la nueva esposa de Damian Waitly. Le paso el chisme a mi hermana, y esta me responde de inmediato: Linnie: Desbloquea tu w******p, estamos preocupadas. Rinnie: No puedo entrar ahí, estoy fugada del trabajo. Linnie: Tu novio se ha vuelto loco y ha ido con papá, con Gretta y conmigo a buscarte. Para esta hora, no sé si ya habló con tu madre, pero la has liado. Papá te ha dado cinco horas para aparecer antes de que todos se vuelvan locos. Rinnie: Lo he dejado con él. Linnie: Sigue siendo tu jefe. Ya sabes lo que todos te decíamos cuando casi nos contaste. Y no voy a decirle a todo el mundo que estás bien. Llama a papá y a Gretta. Empiezo con mi hermana mayor, que es como un rayo de sol, excepto cuando se enoja. Gretta, más que enojada, parece preocupada, y yo me aprovecho de eso para evitar dar explicaciones de más. Bueno, como quien quiere que le castiguen, me presento voluntaria para que me regañen. —Lo hemos hecho en el baño, luego me fui con otro hombre, lo hice con él y, como si fuese poco, me he escapado de vacaciones. Obviamente no estoy enamorada, pero no sé cómo volver. —Regina, hay límites. Soy tu hermana mayor; hay cosas que no quiero saber. —Es que yo tampoco quiero saber —advierte. —He tenido dos pollas dentro de mí en menos de veinticuatro horas. La mamá de los niños intenta fingir que no me está escuchando, pero hablé más fuerte de lo que pensaba. Santiago me mira divertido mientras sigue jugando con el balde que se robó, y yo inhalo despacio. —Necesito ayuda. —¿Quieres que vaya por ti y te coloque un cinturón de castidad? —Quiero que me sutures el "pushaina". —Regina, me alegra que estés bien y viva. Por favor, usa métodos de barrera. Y cuando hables con papá, evita decirle que eres una guarra indecente. —Son primos, Gretta. —Bye. —Gretta. —Bye, Regina. Rinnie es una niña dulce y buena; Regina es una mujer muy zorra. Después de decir eso, me cuelga, y yo llamo a mi papá. Se escucha serio; es evidente que está preocupado. Me advierte que no está bien dejar el trabajo tirado ni la vida de los demás a lo loco. Yo me quedo en silencio, analizando su sermón, que finaliza con un clásico: —Espero que estés bien, que hayas logrado reflexionar. —Sí, estoy reflexionando. —Sabes que siempre puedes volver a casa, Rinnie —comenta—. Sé que estaban viviendo juntos, sé que es una relación de años ya, y que le quieres, pero, por complicado que sea con un hombre, tú y tus hermanas siempre pueden volver a casa. ¿Te queda claro? —Sí. —Te amo. —Gracias por lo de volver, pero roncas muy fuerte. Y yo te amo el doble, papá. Él se ríe. ¿Qué hacen tres varones cuando otro está haciendo un mejor trabajo? Unirse y destruir a su nuevo enemigo en común. Y Santiago, el de más de treinta años que no tuvo la madurez para dejar ganar a tres niños de menos de diez años, fue bombardeado con arena y recibió patadas mientras destruían su castillo. Yo me río mientras veo a la mujer que los parió, completamente agotada, y trato de rescatar a mi niño grande. —Santiago, ya. Madura, por favor. —Están castigados, los tres —les advierte su madre. —Entonces no ha ganado nadie, porque mi castillo ha resistido más —comenta el menor, y Santiago y yo intentamos no reírnos. —Me lo he pasado muy bien. ¿Qué tal si les doy diez dólares a cada uno y le compran algo rico o lindo a mamá? Eh, que se lo merece. Santiago en realidad les da veinte a cada uno, y los tres le guiñan antes de pedirle una disculpa, lo que anima a su madre a seguir maternándolos. Nosotros nos despedimos y les prometemos volver a ese sector de la playa. La mujer se despide de nosotros, y sus hijos abrazan a Santiago. Él intenta nuevamente robarse al perro, y los niños lo amenazan con arena. Yo me lo llevo. —¿Te apetece hacer algo de adultos? —¿Uh, quieres follar? —me pregunta, y trato de no reírme. —Hay un lugar muy bueno con baile y comida. Si te apetece ir, vamos, pero si me vas a dejar sentada, entonces prefiero quedarme en casa viendo una película. —Follo bien porque bailo bien. Vamos a cambiarnos —responde, súper gallito. Santiago no estaba vacilando. Bailamos tanto que me duelen los pies, y termino quitándome los zapatos. Hacemos amigos, comemos, bromeamos, y creo que este es el mejor descanso que me he tomado en la vida. Voy a la barra por unas botellas de agua. Santiago insiste en acompañarme, pero me rehúso. —Voy al baño y traigo el agua. Nada me va a pasar. —Puedo ir perfectamente contigo —no me quedan claras sus intenciones, pero le aseguro que puede quedarse tranquilo con sus nuevos amigos. —Te acompaño yo —me dice una chica. Santiago niega con la cabeza, y escucho a ambos hombres quejarse de que no entienden la técnica de ir al baño en grupo de las mujeres, pero según ellos la respetan. Vamos al baño, y ella aprovecha para orinar toda la cerveza que ha bebido. —Quizá podamos ir a cenar mañana, más sobrinas —propone, y yo me río. —Claro, cambiemos números porque ese par no van a lograrlo. —Las dos salimos mientras vamos intercambiando nuestros números de teléfono en el celular de la otra, cuando un hombre nos aborda. Intenta coquetear descaradamente, pero lo que más me molesta es que ha intentado meter su mano bajo mi falda. Le doy una cachetada, y tan solo unos segundos después veo a Santiago a mi lado. —¿Qué está pasando aquí? —dice, y la música baja. —La putita no ha querido jugar. —Yo considero que me enojo fácil, pero enojarse más rápido que yo solo lo ha logrado Santiago. Le sostiene del cuello y le exige disculparse por lo que ha dicho y hecho, casi teniéndolo en el aire. Intento tranquilizarle, y por primera vez me doy cuenta de lo grande que es. No es normal, porque soy una mujer de casi metro ochenta, pero se me hace gigante y súper sexy ese lado feroz y salvaje de Santiago. Probablemente también se trate del alcohol y su pose de macho alfa. —Perdón —dice el hombre, y Santiago le suelta un par de cachetadas antes de lanzarlo a volar. Poco después, nos echan del lugar. Yo le acompaño a la salida. Santiago está agitado, muy molesto. Le abrazo, trato de contenerle, y él me abraza de vuelta. Me pregunta si estoy bien, y reconozco que estoy asustada. —Lo siento. —No tienes que sentirlo. —Nos he arruinado la noche —insisto, y Santiago me obliga a mirarle. —Tú no has arruinado nada —me asegura, y me abraza.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD