Yo estaba trabajando cuando mi novio llegó con la comida para almorzar. Sonreí y me puse en pie para saludarlo. Me llenó de besos y me reí mientras le acariciaba la espalda. En el pasillo veo a George pasar junto a su padre y me aparto un poco. Santiago me acerca de vuelta y me da un beso ligero sobre los labios.
—Vengo con comida, con chisme y preguntas.
—Ugh... eres la bomba. ¿Quieres comer aquí o en la terraza?
—En la terraza suena genial. Traje vino y vasos de plástico.
Le lleno de besos y abro una de las gavetas de mi escritorio. Saco una caja de plástico en la que guardo cubiertos, copas y servilletas. Mi novio sonríe y toma la caja. Yo me guindo de su brazo y me voy junto a él a comer, ansiosa por saber más del chisme y las preguntas.
Mi novio y yo arreglamos el espacio para comer, como si no hubiese otros empleados. Algunos nos ven curiosos, otros aprovechan para señalar el chisme evidente: que soy mujer y con quién duermo. La verdad, no me importa, porque me lo he currado años. Santiago me mira y pregunta bajito:
—¿Te puedo besar?
Sonrío y lo beso yo a él. Los dos nos reímos con las bocas todavía rozándose.
—¿Chisme o pregunta?
—Chisme. Mis hermanos quieren entender cómo tuviste un game night sin ellos y exigen ser tratados dignamente, así que vendrán a pasar el fin de semana con nosotros. Así mis papás tienen un ratito.
—Vale, nos viene genial la práctica.
—Son adolescentes, son la peor idea.
—Sí, pero así tal vez se nos antoje solo tener un hijo en el futuro.
—Yo fui hijo único y me lamenté mucho.
—Yo siempre he tenido compañía y me parece que tener un hermano, a veces, en temas de caprichos es innecesario —respondo mientras nos sirvo.
Santiago se ríe y me asegura que no vamos a dejar a nuestro hijo con la responsabilidad de lidiar solo con nosotros dos de por vida.
—Vale... Me encantó el chisme e intentaré lucirme con esos peques.
—Sé que lo haremos. Soy su hermano favorito, ¿qué tan difícil puede ser? —responde y choca su copa con la mía.
—¿Has visto a Claudia? Tom lleva dos días sin venir a entrenar, no responde, no sé dónde está.
—Nos dejó plantadas el otro día. Fuimos, no nos abrieron. Le he escrito y llamado y está pasando de mí por completo.
—¿Qué tal si vamos juntos hoy después del trabajo?
—Sí, definitivo.
—¿Estarán peleados?
—¿Enfermos?
—No creo, Nico es más sano que nadie.
Santiago me da un beso en la mejilla y yo le acaricio la espalda.
—¿Te molesta si termino nuestra cita ya para poder ir a trabajar y escaparnos románticamente a la hora de salida? —pregunto y él se ríe.
—Nunca sacas provecho de salir con el jefe.
—Te amo —respondo y me inclino hacia su oído—. No, solo les cupo la polla debajo de la mesa si se portan bien.
Le guiño un ojo y Santiago me ve embobado un par de segundos antes de preguntar si necesito ayuda con algo.
—No, cariño, recoge tus regueritos.
Santiago se gira para observarme caminar hasta el elevador. Presiono el botón hacia mi piso y agito mi mano hacia él.
Santiago llega a la oficina unos quince minutos más tarde y cierra con picaporte. Me levanta de mi silla y toma asiento mientras se desabrocha la faja. Lo miro indignada.
—¿Estabas bromeando? —pregunta asustado.
—No, pero al menos dame un beso, sabes, como encender la llama.
—Perdón, no sé tener sexo en la oficina. Tengo una oficina de solo hombres.
—Mmm, vale, tienes buenos instintos —respondo mientras le desabrocho el botón y le doy un beso en la mejilla, lamo su barbilla y él suspira pesado meintras espera. Le invito a tocarme y me río meintras asiente, sus manos suben desde mi trasero, por mis costados hasta mie spechos, me desabrocha la blusa y saca uno de mis pechos, lame mi pezón y yo le caricio la polla, un poco más lento, él sonríe, me inclino un poco más y le lamo, lo introduzco por completo en mi boca y Santiago gruñe, me río y le miro a los ojos pero está tan concentrado que no creoq ue recuerde que estamos en la oficina, le cubro la poca con mi mano disponible, y santiago niega con la cabeza, antes de cargarme y bajarme la falda y las bragas.
—¿Recuerdas que estamos en la oficina?
—Suena terrible, pero creo que esto puede ser más rápido —responde y me acaricia. Estoy tan húmeda que sé que sí puede ser más rápido, pero me aseguro de que no sea tan ruidoso.
Después de una demostración del espectacular sexo en la oficina, Santiago y yo volvemos a vestirnos. Yo me peino bien, me retoco el maquillaje y Santiago mira la oficina. Me da un par de besos y me pregunta si me molesta que se quede a trabajar ahí. Niego con la cabeza, atiendo un par de llamadas, una reunión y estoy casi por finalizar cuando lo veo mirándome en silencio. Sonríe y yo sonrío de vuelta antes de ponerme en pie y caminar hacia el sofá en el que se encuentra. Lo beso y él sonríe.
—Eres preciosa.
—Lo sé.
Santiago ríe y vuelvo a besarlo antes de acostarme a su lado en el sofá.
—Te amo.
—Te adoro —responde. —¿Estás lista para irte? —pregunta y asiento.
—Hace unos años me hubiese sentido súper estresada con tener a alguien viéndome trabajar —Santiago sonríe—, pero tenerte a ti viéndome me da paz, me hace sentir tranquila, segura, incluso admirada.
—Porque te admiro. Estoy seguro de que empecé mal contigo, con las intenciones correctas, porque principalmente quería follarte y eso es el equivalente al paraíso. Y después lo de mi hermano y todas mis estupideces... Pero tú, Regina, eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Eres el amor de mi vida, mi corazón completo —responde.
Le veo los ojos, la sonrisa, y sé que está hablando de corazón, pero no puedo evitar molestarlo. Reparto pequeños besos sobre sus labios y él sonríe antes de sentarme sobre su regazo.
—Lo que hace un hombre por sexo en la oficina.
—Lo que hace y dice un hombre enamorado.
Lo abrazo, porque me siento igualmente enamorada, ilusionada. Lo tengo claro: lo quiero todo con él, para el resto de mi vida.
—Cásate conmigo —le pido, y él me mira horrorizado.
—No, no. Tú puedes tener el trabajo ejecutivo, dar órdenes, ser el pene de esta relación si quieres, pero yo voy a ser el hombre que te mereces y me casaré contigo cuando yo te lo pida, no al revés. Olvídalo, no vas a arruinar mi momento.
—Qué machista, qué pesado... —me quejo.
Se levanta conmigo todavía en sus piernas, me pone con cuidado en el suelo y me empuja hacia la salida. Intento llevarme la computadora, pero él se niega.
—¿Qué importa si lo pido yo?
—Mi amor, yo solo quiero vivir el momento. ¿Qué tal si vamos a una capilla?
—Ajá... Vamos al chino de la esquina y pedimos para nuestros amigos.
—Compramos un par de argollas en una joyería.
—No inventes, no inventes. Ya no me digas nada.
—Mi amor, fuguémonos. Tú ya me pediste matrimonio una vez... —comento mientras esperamos el elevador.
Santiago toca los botones.
—Te voy a decir algo: yo, cuando quiero algo, lo quiero ya. Uy, se me podría ocurrir casarme con el próximo que pase.
Santiago eleva las cejas y las puertas se abren. Me deja pasar primero y George se sube al elevador con nosotros. Ruedo los ojos.
—¿Con cualquiera? —murmura Santiago en mi oído y me da un beso en la mejilla.
—Sabes, todo en el tiempo de Dios, y en tu tiempo, guapo —respondo y él se ríe.
Llegamos al primer piso y George se despide de mí, pero no de Santiago. Lo veo y vamos hacia el auto de mi novio. Le pregunto si me va a traer al trabajo mañana y él asiente. Santiago me abre la puerta y luego se va al lado del conductor. Pide comida en un restaurante chino y más. Luego vamos al edificio de su primo y mi amiga.
Entramos por el lado del servicio, subimos hasta su piso. Gracias a Dios viven en el sexto, porque no sé cuánto puedo querer a Santiago y sus locuras. Nos colamos en el apartamento y encontramos a Claudia dormida en el sofá y a Nico en el suelo, a su lado. Él se despierta solo con escuchar nuestros pasos. Nos quitamos los zapatos y Nico se pone en pie. Viene hacia nosotros, abraza a su primo con todas las fuerzas y yo sé que no es una estupidez, que no es un resfriado o una pelea marital.
Me siento al lado de Claudia y le tomo la mano. Ella despierta y me hace un espacio en el sofá.
—¿Qué te pasa?
—No... no puedo... —dice y se pone a llorar, la abrazo Claudia se siente tan triste, tan dolida, la vibración el dolor que se escapa con cada lágrima.
—¿Qué pasa?
—Yo... no... no puedo tener bebés —responde.
—Siempre pueden adoptar, pueden hacer inseminación, eso es lo de menos. Mírenos a nosotros: somos primos, y si no les cuentan a los demás, eres mi hermano favorito de los cuatro —responde Santiago.
—Claudia... Claudia tiene cáncer de ovario —dice Nico con la voz quebrada.
Los ojos de mi amiga se llenan de lágrimas mientras asiente, Santiago y yo nos miramos un par de segundos porque cáncer siempre suena horrible, pero en una mujer joven, en edad reproductiva en la que deseas un hijo, en la que tienes la vida feliz planeada con una persona que además te ama... Yo miro a mi amiga proque siento que el cáncer podría tenerlo yo o alguna de mis amigas. Tan normal como siempre, un poco más delgada, en su pijama, con medias, pero normal. Y antes de que diga algo, estoy buscando mi celular entre las bolsas y llamando al mejor oncólogo que conozco.