Les cuento, les cuento que comprometerse con Santiago es casi un trabajo de oficina. O sea, he visto telas, visitamos el lugar, ya a Santiago le gustó. O sea, si no fuese una propiedad familiar, estaríamos pujando por comprarlo. Pero, la verdad es que, por más que me digan, yo voy a seguir viviendo.
Santiago anda medio raro, y eso quiere decir dos cosas: o tiene un plan loco como casarnos, o tiene una idea que siempre termina perjudicándome a mí. Él se ríe y me da un resumen de lo que ha leído para tener bebés.
—¿Josh te pasó eso? —pregunto.
—Son sus notas pro bebé.
—Creo que los dos están locos.
—Mira, mis nadadores y yo fuimos al médico y estamos nadando fuerte, estamos sanos. ¿Tú has ido al médico?
—Estoy bien.
—¿Cuándo fue la última vez que fuiste?
—Cuando tuve sexo loco contigo por primera vez y se me adelantó el periodo. Fui, y estaba bien. Luego fui cuando hice un tumor antes que un bebé.
—Fuerte... fuerte...
—Todo está bien, pero voy a revisarme.
—Genial. Te amo, gracias por esto.
—¿Quieres venir conmigo? —pregunto, y él me mira serio, antes de asentir. —Vale, es que usualmente hago una campaña y viene Linnie, viene Gretta, nos revisamos la pachaina, los ovarios, las teticas... pero Gretta está por parir, y Linnie está recién parida, y Claudia... Claudia tiene menos órganos reproductores o no se siente bien, no se siente normal.
—Vale. ¿Qué se supone que tengo que hacer?
—Te sientas y vigilas.
—Vale. ¿Cuándo vamos?
—Mañana, a la hora de almuerzo. Puedes invitarme a comer y besarnos de camino a casa.
—Escucha esto: si queremos niña, el día después; si queremos niño, el mismo día.
—¿Te importa?
—Me da igual. Voy a estar insoportable cuando tenga un hijo o hija, o sea, no voy a querer que nadie le toque que no seas tú.
—Suena guay... pero yo quiero una niñera, y que tu mamá quiera ayudarnos, y que mi papá me haga de comer y me alimente directamente en la boca para no gastar energía.
—Creo que podemos llegar a un acuerdo, cuando sea necesario.
—Ser papás no es solo eso. Es complejo y hay que aceptar todas las ayudas y el amor. Qué feo sería tener un bebé escondido cuando tiene primos, tíos, esperando a conocerle. Yo quiero que se agarren de los pelos y mis hermanas se vuelvan locas, y al final estén dándose besitos a escondidas. Eso, para mí, es familia. Y es lo que quiero para nuestro hipotético bebé. De preferencia, niña, porque los niños son mega aburridos para vestir y todo ese fútbol y los golpes y mordiscos —comento, y Santiago me pide que detenga el coche, me llena de besos, me da un abrazo y un beso, y lo terminamos haciendo ahí mismo, de camino al lugar donde celebraremos nuestra boda.
Santiago y yo vamos al médico y este me pregunta exactamente qué hago en la consulta. Nos explica que no es fácil ni rápido, y que la mayoría pierden bebés en el primer trimestre, como un 25-75%. Santiago y yo escuchamos cosas horribles, pero al final no todo está mal, porque tengo buenos folículos.
—No sabía que existían los folículos. Siempre le dicen a uno el embrión, el óvulo, pero estos precursores suenan cool.
—Vale. ¿Quieres empezar hoy?
—Ya escuchaste. En cinco días estarán lo suficientemente maduros, y yo voy a reservar todos nuestros espermatozoides. Vamos a comer las cosas correctas y esperar que sea lo mejor.
—Yo de verdad no sé si quiero un bebé con tanta filosofía y locura que traes tú a esta relación.
La obsesión paternal de mi esposo nos termina haciendo ver documentales y procesos de paternidad y estadísticas más horribles que el aborto del 35-75%.
—Es horrible. Yo he vivido una vida espectacular, he viajado y he follado riquísimo, y unas dos veces usé drogas y estoy lista. Pero hay muchas cosas que creo que me gustaría hacer contigo antes de tener un bebé.
—¿Como qué? —pregunta Santiago.
—Irnos de viaje de bodas todo un mes, sin achaques. Ir a un festival y beber hasta perder la billetera y vomitar tres días seguidos la goma. Tirarnos en bungee, tener sexo y volver a dormir. Solo andar en pijama y fumar. Quiero fumarme toda una cajetilla de cigarros todos los días por un mes, sin preocuparme por matar a alguien.
—Creo que no estás segura de querer un bebé.
—Sí estoy segura, solo que es preocupante. Sé dirigir bancos, domino hombres normalmente, pero ¿qué tal si viene con una malformación? ¿O si tiene el pipí pequeño? ¿O si son gordas y se acomplejan como Gretta?
—Bueno, será con el tiempo que lo sabremos.
—Sí. No me enseñes más estadísticas, por favor. Voy a fumar escondida en el baño.
—Puedes fumarte una astilla de canela, para que estemos todos tranquilos y no haya tanto riesgo de malformaciones.
Le guiño un ojo a mi esposo y voy al baño a esconderme y ver r************* , cuando mi cuñado llama para avisar que están en el hospital, que el bebé no parece que va a salir pronto. Gretta tiene dolor y está incómoda. Yo voy con ella de una vez, Santiago viene conmigo, y tratamos de animarla, distraerla, pero está insoportablemente rabiosa, desesperada, y si no la conociera, creería que es una junkie.
—Gretta, respira. Yo creo que si respiras vas a estar mejor —le digo, y mi hermana ya pasó el tren de respirar.
Mi hermana tiene la fortuna de tener la mejor suegra del mundo. Ella y su cuñada son mejores amigas desde la infancia. Ramón es un marido espectacular y un papá extremadamente amoroso. Pero la mujer lleva horas de dolor, y no sé si es para torturarse o alguna práctica loca que desconozco, pero esperan y espera, y dilata poco, y salta sobre esa bola, y llora, y el consuelo le molesta, y Linnie le acaricia el pelo mientras mi papá se esconde en el pasillo. Y cuando la doctora le dice que le faltan unos 4 centímetros más por dilatar, me vuelvo loca.
—¿No son como tres horas? ¡Demasiado! ¡Esta mujer está con dolor! —grito, y Santiago y Ramón me preguntan si me volví loca. Uno me amenaza con echarme y el otro me pide que me calme. —¡Quiero un doctor, un cirujano, no un ginecólogo que solo ve úteros y v*****s! ¡Vamos a sacar a este bebé ya!
—Sí, sí, gracias a Dios, sí. ¡Saquémoslo! ¡No quiere salir!
—Rinnie, gracias por tu ayuda, pero puedes ir afuera donde esperan las tías —Linnie y yo vemos a Ramón, incrédulas. —Nosotros valoramos los riesgos de una cesárea, los beneficios de un parto natural, y vamos a tener lo que sea mejor para Gretta y nuestro bebé.
—Gretta, si nos ocupas, puedes llamarnos.
Ese bebé se tomó su dulce tiempo, pero fue en medio de una conversación estúpida, casi tres horas después, cuando su papá estaba tomándose su tercer café n***o de la mañana, que nació mi sobrino bebé: Ariel. El hombre más dulce de la tierra, pesando solo 3500 gramos y con apariencia de ser un burrito comestible y adorable. Le llené de besos la cabeza y le cargué mientras sus papás se abrazaban en la cama, felices ante la llegada de su primogénito.
—Rinnie, te pega lo de ser mamá.
—Si huyo a un país lejano con este bebé, ¿creen que cuando Gretta me encuentre sea capaz de matarme?
—Definitivamente es muy pronto para ese tipo de bromas. ¡No me han terminado de coser el coño! —la madre folclórica de Ariel le exige a su padre que me quite al niño. Yo lo sostengo sobre mi pecho y se los llevo a la cama para que se acueste con ellos, y la enfermera nos recuerda que debemos llevarle a hacerse una revisión, bañarle y luego traerle a comer. No me pierdo ni un solo segundo. Le acompaño por todos lados con alas… —La madre folclórica de Ariel le exige a su padre que me quite al niño. Yo lo sostengo sobre mi pecho y se lo llevo a la cama para que se acueste con ellos, y la enfermera nos recuerda que debemos llevarlo a hacerse una revisión, bañarlo y luego traerlo a comer. No me pierdo ni un solo segundo; lo acompaño por todos lados con la supervisión de Marita.
—En serio, no me lo voy a robar.
—No estoy ni preocupada.
—¿Por qué?
—Amas demasiado a tu hermana para hacerle eso, y cuando decidas ser mamá, probablemente seas mamá osa, como con Dorotea.
—Dorotea, mi peluche —me recuerdo, y ella se ríe de cómo andábamos Linnie y yo con esas muñecas feísimas por todo un año. Pero mientras mi hermana dejaba al muñeco perdido por todo lugar, Dorotea y yo nos saltábamos los quince minutos que duraba mi baño. Llevamos al bebé a la habitación y su mamá le da de comer. Mi esposo me da un beso en la frente y le digo:
—Estamos listos.
—Lo sé. Planeaste un secuestro.