Santiago
El trabajo se vuelve pesado cuando estás contra tiempo, cuando la vida de los que amas está en peligro, sin embargo, es la primera vez que volver a casa sin una respuesta clara, sin un plan, me parece lo más suave y maravilloso del día. Regina está en un pijama extra sexy acostada en el sofá, leyendo mientras toma un cóctel que se inventó ella misma. La miro desde la entrada, los perros se bajan del sofá para venir a saludarme y ella deja torpemente la copa sobre la mesa de café, me mira con una sonrisa y viene corriendo hacia mí. Los saludo a los tres, pero definitivamente me tomo mi tiempo en besarla, en abrazarla, quererla y recuperar un poco de la felicidad y la vida. Bromea y me guiña un ojo, le beso de nuevo, la acaricio, dejo mis manos perderse en su espalda y le bajo los tirantes.
—Te eché de menos —dice mirándome a los ojos—. Has estado muy ocupado.
—No quiero hablar de trabajo, quiero subir y hacerte el amor por horas, y tal vez mañana fingir que me duele la panza, pero todos saben a qué he venido a casa.
—Bien por mí, yo te haré la nota médica.
—Sí, ¿y cuál es mi excusa?
—Fractura de pene.
Le beso, y mis manos se deslizan por su espalda, le quito los tirantes de la bata que lleva. Regina me besa de vuelta y desabotona con avidez mi camisa, se deshace de mi cinturón y los dos reímos mientras, a trompicones, caminamos hacia las escaleras. La desnudo por completo y me detengo a observar a la mujer tan bella que tengo enfrente de mí, y ella sonríe antes de subir las escaleras hacia nuestra habitación. Me voy deshaciendo de prendas de ropa mientras la sigo y cierro la puerta.
Me tomo mi tiempo, la escucho impaciente rogar por una caricia, un beso, un poco más de movimientos y obedezco porque mi único plan es hacerla feliz, hacerla sentir mía, amada, única.
Cuando despierto a la mañana siguiente estoy solo en la cama, pero huele bien, huele dulce, huelo a Regina por todas partes. Bajo y sigo el aroma hasta la cocina, ella me mira mientras bebe un sorbo de café, me acerco y la lleno de besos. Regina me rodea con su brazo y me acaricia la espalda.
—Contesté tu teléfono, y les dije que no llegas hasta las nueve, que estuviste trabajando toda la madrugada.
—Qué sexy eres, mientes tan bien.
—Sí, mi amor, por ti lo que sea —responde y la miro divertido.
—Quiero un bebé.
Regina se me queda viendo entre divertida y congelada.
—Podemos tomar un tiempo para conversarlo.
—Tal vez sea una crisis personal —reconozco y Regina me da un beso corto sobre los labios.
—Tal vez quiera lo mismo, solo... ¿podemos hablarlo con más tiempo? —pregunta con una sonrisa en el rostro y yo le devuelvo el beso.
La puerta de mi casa se llena de golpes antes de escuchar la voz de Josh y Gabbin, quienes se invitaron a pasar sin una señal siquiera. Regina se acomoda la bata que le cubre y yo me giro serio para encararlos.
—Buenos días, Regina —la saludan mis amigos—. Parece que están recién despertados, las parejas que mienten juntas...
—Se quedan juntas —respondo y les guiño un ojo.
—¿Quieren waffles? —pregunta Regina—. Los iba a enviar a la oficina, pero ya que están aquí...
—Qué mujerón, cocina y quiere mandarnos comida. Te amo —le dice Gabbin y todos ríen.
Regina se sienta a desayunar con nosotros, y no hablamos nada sobre trabajo, solo sobre sus niñas, Sergio, tal vez algún chiste de nuestra infancia. Mi novia sabe cuándo simplemente retirarse y dejarme estar. Me llena de besos en la mejilla y se disculpa para ir a cambiarse para ir a trabajar. Yo les digo a los chicos que se acomoden en la terraza y voy a tomar una ducha rápida y vestirme. Cuando salgo, Regina está maquillándose, se está colocando algo en las pestañas que requiere que sus labios queden estirados. La beso y se ríe.
—Te amo, y me pensaré nuestra conversación.
—Tal vez es muy pronto.
—Me alegra que te arrepintieras —responde y termina de arreglar las pestañas. Luego se pone en pie y camina hacia el primer piso junto a mí. Se va a su reunión con todo el tiempo del mundo y yo veo a mis amigos y mis perros teniendo su propia amistad. Me siento con ellos y me sueltan sus teorías, y ninguna es lo suficientemente loca o estúpida como para no seguirle el rastro. Pasamos obsesionados todo el día con la información que tenemos, y es cuando Regina finalmente entra en casa que nos damos cuenta de lo tarde que es.
—¿Ya almorzaron? —pregunta y me da un beso en la frente. Yo le rodeo la cintura y mis amigos le cuentan cómo les di solo agua y un sándwich que les hice preparar. Regina se ríe y pregunta si nos apetece invitar a sus esposas y los niños a cenar.
—Tenemos la parrilla, podrían ser unos hot dogs, unas papas, ensaladita para que no mueran de exceso de carbohidratos.
Hacemos lo que dicen y Karla se trae un montón de cosas para los benditos hot dogs. Regina invita a Linnie y Claudia, y de repente la casa está llena de risas y de gente de un lado a otro.
—Tío Santi —me llama Joshi—, ¿cuándo podemos ir a jugar?
—Dile a tu papá que nos deje estar juntos, dile que se vaya y que te deje aquí viviendo.
—Definitivo —responde y me muero de la risa y de amor por él.
Organizo un juego de la anda con mis sobrinos, corremos todos de un lado a otro, y el ruido, la risa y la felicidad se contagian al máximo. Regina se apunta a jugar y es buenísima atrapando gente. Me río al verla tan emocionada.
—Umm, hueles a boda y bebés —comenta Carla.
—¿Crees que a Xiomara le gustaría esto?
—Tú con otra mujer, la verdad no. Tú siendo feliz, tal vez. Y la verdad, esta vida que llevas está espectacular, creo que le gustaría —responde Carla.
Regina estaba conversando con sus amigas mientras hacía de congelada.
—Entonces, ¿están felices?
—Sí, me gusta y no me molestaría compartir la custodia de mis hijos con él, pero... tal vez sea muy pronto.
—Tener bebés no es fácil, empieza hoy y concibe en seis años —comenta irónica Claudia.
—Sí, y si funciona podemos tener primos muy cercanos —comenta Linnie.
—¿Cuánto tiempo te tomó hacer ese bebé? —pregunta Claudia.
—Nada, me quedé embarazada y ya —responde.
—¿Cuánto llevas intentando?
—Un año y seguro no puedo ser mamá.
—Seguro fue exceso de dopamina. Saben, el sexo estuvo espectacular anoche, creo que es eso —responde Regina—. Se le va a pasar.
Las tres observan a Santiago cargar a su ahijado, llenarlo de besos y hacerle como un avión.
—Tal vez está en una crisis biológica —sugiere Linnie—. Tú serás una buena mamá hoy o en seis años.
—¿Tú crees? —pregunta y su hermana asiente. Claudia también.
—Chicos, paremos el congelado para comer —anuncia María, y todos vamos a la mesa.
Regina me da un beso en la mejilla y entrelaza sus dedos con los míos.
—¿Estás bien, cielo?
—Solo una idea loca, pero, sin duda, prefiero quedarme aquí con ustedes. El trabajo no es tan importante.
—Hoy tuve una entrevista.
—Mmju, ¿qué tal?
—Bueno, he firmado por un año. Las prioridades cambian, ¿sabes? Tú quieres un bebé, yo puede que quiera... No sé, el banco ha sido un sueño por mucho tiempo. Quizá lo tenga y decida que ya fue suficiente.
—Sí, mi amor, tú haz lo que te haga feliz —respondo y le doy un beso.
—Tío Santi, siéntate aquí.
—Qué molesto, siéntate aquí conmigo —le pide su papá, y él niega con la cabeza divertido. Yo voy a sentarme al lado de mi ahijado y este dice:
—Qué raro... se parecen muchísimo esas dos —comenta Josh, de cuatro años, y todos en la mesa nos reímos.
—Son gemelas.
—Qué guay, tío. Sin la panza, ¿cómo sabes cuál es cuál?
—Pura suerte, compi.
—Puff... —su mamá le invita a conocer la discreción, y él habla más bajito, en secreto, conmigo.