El auto se convirtió en un testigo silencioso de confesiones y arrepentimientos. Las gotas de lluvia que comenzaban a caer sobre el techo proporcionaban una banda sonora melancólica para nuestros sentimientos. Dentro, el aire estaba cargado de emociones y palabras aun no dichas, de verdades escondidas durante diecinueve años, y de errores que ahora salían a la luz, mostrando e iluminando los daños causados. Eris y yo nos miramos a los ojos, cada una tratando de encontrar en la otra la fuerza para seguir adelante. La sinceridad de sus palabras me golpeaba con la fuerza de un torrente, y aunque no podía negar el rencor acumulado, también veía una oportunidad para empezar. Mi madre había sido ciega ante muchas de estas verdades, perdidas en la bruma de su propia mentira. Y ahora, con mi her

