Una mañana salí tarde de casa, la luz se fue durante la noche y mi reloj que era de corriente se desconfiguró. No tuve tiempo de bañarme ni de desayunar, me coloqué la ropa y tomé mi mochila. Salí de casa corriendo con todas mis fuerzas, nunca me gusto llegar tarde a la escuela, siempre he sido una chica puntual.
Gracias a eso volví a ver a mi chico Wilson. Subía al auto junto a su madre, su cabello aún estaba mojado y eso que no estaba lloviendo, sonreía ampliamente y quedé flechada por su hermosa sonrisa y esos dientes tan perfectos.
Pero que mala suerte la mía, no logre ver esos ojos cielos, estaba por llegar al auto cuando esté aceleró y se marchó.
Me sentí molesta y frustrada por que aun él no me miraba, hice un pequeño berrinche y volví a correr, esperaba que las puertas aun estuvieran abiertas.
Mis días no eran perfectos, pero ese día me sentía feliz porque lo volví a ver, no solo ese cabello mojado desarreglado, si no por esa sonrisa que derritió mi corazón de niña.
Me sentía tan alegre que no me molestaba sentir un dolor en el vientre, la felicidad que sentía entonces era mucho más grande que opacaba el malestar.
Malestar que minutos después opacaría mi felicidad.
—¡Dalia estas sangrando! —Grito una compañera, me asusté al escuchar sangre la miré con pánico y sin saber que hacer.
—¿Dónde? —Busque heridas en mi cuerpo, pero nada me dolía a excepción del malestar en el vientre.
—¿Tienes tu periodo? —Pregunto una compañera de mi hermana, si así es, tenía una hermana mayor con la que no me llevaba bien.
—¿Mi qué? —Pregunte sin entender a qué se refería.
—¿No sabe q6ue es el periodo? —Se dirigió a mi hermana quien solo levanto los hombros a respuesta.
Fue muy lindo de su parte en explicarme que era eso, me ayudo a cambiarme y me enseño como se colocaba las toallas femeninas.
Aquella felicidad que sentía se terminó en ese momento, me encerré en el baño de mujeres y comencé a llorar.
¿Por qué mi madre no me advirtió de esto?
¿Por qué jamás me hablo de ello?
¿Por qué mi hermana era tan cruel? Se burlo de lo que me estaba pasando en vez de darme su apoyo.
Me sentía avergonzada de mi ignorancia, me sentía sola y el dolor no ayudaba.
—Tranquila Dalia, eso nos pasa a todas.
—Todos se rieron de mí, me miraban con asco.
—No hagas caso, son unos tontos.
—No quiero estar aquí, quiero volver a casa.
No era de las que faltaban a clase, pero ese día pedí permiso para retirarme, el dolor que sentía en mi vientre comenzó a aumentar, también comenzó a dolerme la espalda. me sentía enferma, sentía que moría.
Estaba asustada por lo que le estaba pasando a mi cuerpo, necesitaba a mi madre y por alguna razón sabía que ella no reaccionaria de la forma en que deseaba.
Llegue a la esquina de la calle Wilson, no me sentía de ánimos para desear verlo además que no se encontraba.
Al menos es lo que yo creía, para terminar con broche de oro ahí estaba el chico de los ojos cielo, besándose con una joven de su misma edad, una rubia con cuerpo desarrollado.
Me dolió ver como el la abrazaba y se la comía a besos, como ella se aferraba a su cuello mientras que las manos de él bajaban a su trasero.
Mi corazón que por primera vez se enamoró se rompió en mil pedazos. Es una tontería decir que a los 11 años me enamoré, pero que alguien me explique por qué aun siento lo mismo cuando lo veo.
Aun siento esas mariposas, esa felicidad de verlo a pesar de que él no sabe que existo.
Llegué a mi casa y me vi en un espejo, solo era una niña de cabellos negros sin nada de curvas sin nada de pechos ni trasero, una niña que se enamoró del chico de los ojos cielo.
Cada mañana pasaba por su casa con el deseo de verlo, cada tarde corría por el patio trasero con miedo de ser descubierta por su madre.
Fue ahí donde en un diario le dedique mis pensamientos, donde escribía mis anhelos.
“El chico de la calle Wilson, robo mi mirada con esos ojos cielo”
“Un día yo seré tu esposa y no solo será un sueño”
Y aunque caminábamos por la misma calle nuestro destino no era el mismo, aunque respirábamos el mismo aire no compartíamos los suspiros.
Mientras yo pensaba en él, sus besos y miradas eran para aquella rubia que tenía su misma edad, de qué manera le haces entender a una niña de 11 años que un joven como él jamás podría su mirada en ella, que no es amor lo que siente.
—No puedes ser más como tu hermana, aprende de ella, que me avergüenzas. Llamaron de tu escuela para decirme que no te enseño nada, que eres una ignorante. — Gritaba mi madre. — A demás que te saliste y no asististe a las últimas clases. Si no quieres estudiar entonces busca un trabajo porque no pienso mantenerte.
Grito mi madre al llegar a casa, mientras yo esperaba que ella me hiciera sentir bien lo único que hacía era hundirme en la tristeza.
Papá nos abandonó el día en que nací, así que no lo conocí, hay momentos en los que pienso que se fue por la actitud de mi madre, una mujer llena de resentimiento y odio.
—Agradecida deberías estar de que no te eché a la calle, eres la culpable de por qué él se fuera.
Quería comprender por qué tenía tanto rencor hacia mí, porque me culpaba de la decisión que él tomó y si me odiaba tanto porque me obligaba a estar bajo su techo.
—Siempre nos avergüenzas. —Dijo mi hermana con los brazos cruzados. —No eres mi hermana no llevas mi sangre.
En eso estábamos de acuerdo, alguien como ella no merecía tenerme como hermana, era mala, engreída, con malos modales a pesar de tener una belleza su corazón estaba podrido.
Alguien como yo no merecía tener esa familia. —Lo siento mamá, no volverá a pasar. — Merecía ser amada, comprendida y respetada.
Mi casa era una pesadilla y mi salida fue refugiarme en el diario donde le escribía cartas que nunca enviaría.
El chico de la calle Wilson, crecí obsesionada con que un día él cruzaría la mirada con la mía, creyendo que podía llegar a ser su esposa y tener una familia.