No conocía esa parte de mí, no sabía que podía perder el control así de fácil. Por años vivir ignorándola para terminar en un minuto con el labio partido y sin cabello.
Busqué que ponerme, ya que era demasiado tarde me di un baño de gato. —Carajos — Me queje al ver el armario y la canasta de ropa sucia. — Olvide lavar la ropa. — Baje la cabeza un poco decepcionada de mí misma. —Tenía que lavar hoy, tendré que llamar a Merci y decirle que no podre cubrirla.
Volví a revisar mi armario encontrándome con pantalones de hace cinco años. —Bueno tal vez uno me quede. —Solía hablar en voz alta, aunque estuviera sola, eso me hacía sentir bien. — Tenias trece, catorce como te puede quedar uno. —Me dije viéndome en el espejo, al parecer si había crecido, aunque sea para los lados.
Solo tenía quince minutos, revise la ropa sucia buscando un pantalón decente y que no oliera a culo. —No… No... No… Y no. —Suspire frustrada, iba a matar a Merci la haría sufrir por mucho tiempo. —Está bien Dalia, no es como que no tuvieras ropa limpia y qué te quede, solo no tienes pantalones limpios.
Tome un vestido que solo lo utilizaba para ocasiones especiales ya que no era de utilizar cosas muy femeninas.
Claro el trabajo no me permitía llevar ni faldas ni vestidos por todo lo que tenía que hacer.
Bueno esta era una emergencia y esperaba que mi patrón no me corriera por mostrar mis hermosas piernas y mis demás atributos.
No en realidad no había nada que mostrar.
Salí corriendo de la casa con un vestido blanco que me quedaba a ocho dedos sobre mi rodilla, estampado de flores amarillas, bueno en su tiempo fueron amarillas los años causaron que su color se opacara. —Recuerdo que me quedaba más largo. —Baje la parte de atrás mientras corría queriendo llegar a tiempo.
—Jarek es mi hija. — Escuche los gritos en aquella casa, la casa donde vivía él. —Por favor Jarek déjame entrar déjame verla, no puedes separarnos.
Me detuve al verla, me cubrí detrás del árbol viejo que se encontraba en medio de los dos terrenos.
Aquellas suplicas me entristecieron, vi a la mujer golpeando la puerta con mucha fuerza llorando sobre ella bajo el techo del que alguna vez fue su hogar.
—Ya basta Elena, despertaras a Lila.
La puerta se abrió y salió el chico Wilson con su rostro completamente rojo, lo vi tomarla del brazo y llevarla a la parte de atrás de la casa.
Quería saber lo que sucedía, pero me obligue a avanzar recordando que él estaba en mi lista de olvido.
Por supuesto yo era invisible antes sus ojos, ninguno de los dos se percató de que me encontraba presenciando su pequeña discusión.
Gire en la esquina, desde ahí comenzaba la cerca que su madre mando a construir para evitar mis cruces cuando solo era una pequeña, la cerca cubría todo mi cuerpo así que ellos no podían verme.
No entendía lo que él decía por los llantos de ella, Elena, las suplicas de querer ver a su hija me partió el corazón, entendía que ella falto a su hogar, irrespeto su matrimonio, sin embargo, eso no era motivo para impedir ver a su hija. ¿oh sí?
—Vamos Dalia deja de hacerte preguntas que no te importan, ya deja de querer saber de su vida, no es bueno para ti, olvídalo de una vez, él no es para ti, búscate una vida. —Tape mis oídos impidiendo escuchar lo que decían mientras avanzaba y dejaba atrás su casa.
Me repetía una y otra vez que no era de mi importancia lo que sucedía con esa familia, debía hacerme la sorda y la ciega, verlos como miraba a los demás vecinos.
Sin importancia de lo que hacían con su vida.
Llegue tarde al trabajo, ya que no era mi turno se sorprendieron al verme tan de mañana y más con un vestido puesto.
—Lo siento, pero no estaba en mis planes trabajar en el turno de la mañana. — Entre a la oficina del jefe, un minuto después de ser llamada. Sin esperar a que me preguntara por mi vestimenta, me defendí antes, hasta ese punto llego mi amistad y la confianza que tenía hacia él. — Tenia un compromiso…
—Dalia, no te llame para saber por qué vienes con vestido, ese es tu problema. —Me miro de pies a cabeza con una mirada de aprobación, —Te ves muy bien, por cierto, pero ese no es el punto, ¿Qué te paso en la cara? —Pregunto al darse cuenta de que tenía un pequeño golpecito.
—Nada, solo tuve un enfrentamiento con un ser despreciable del cual no quiero hablar.
—Si tú lo dices. Podrías cubrir una de las cajas.
—¿Cómo?
—Solo hay tres cajeras y es fin de semana, una de ellas pidió permiso por que tenía un compromiso y la otra se enfermó de repente, ¿puedes?
—Claro. —Sonreí bajando más el vestido. —¿Qué? —Pregunte al ver que sus ojos no dejaban de recorrerme por completo.
—Vete, antes que comience a imaginar otras cosas y para la próxima me cuentas como quedo esa persona. —Me guiño el ojo y me invito a salir. ¿Qué fue todo eso?
Salí de la oficina en dirección a la caja registradora donde estaría operando. No era una tienda muy grande pero tampoco era muy pequeña, me gustaba que tuviésemos de todo desde una panadería, la carnicería, la quesería y el área de verduras y frutas donde trabajaba.
—Dalia que haces tan de mañana.
Pregunto una de las cajeras, su maquillaje era muy exagerado al igual que su ropa, claro ellas solo debían estar aquí de pie cobrando, mientras que en el área donde yo trabajaba debía cargar cajas pesadas, acomodarlas en sus lugares respectivos, ensuciarme con todos los productos y terminar oliendo a ellos.
—Nada aquí jugando a ser cajera. —Le di una sonrisa falsa y coloqué el número que me dio el jefe.
—Ya veremos que tanto aguantas, no creas que es fácil.
—Alison, ningún trabajo es fácil, cada trabajo tiene su riesgo. — Ayude en todas las áreas en esos días en que la señora Amparo descansaba, ya era una rutina venir después de clase y al no estar ella, buscaba en que entretenerme.
Algo que no sabía esa cajera, aunque al final termine en el área de verduras y frutas sabia un poco de todo.
Bueno, todo referido al trabajo de la tienda, puesto que si me ponen a cocinar termino con el mundo.
La tarde llego en un parpadear de ojos, así eran los fines de semana.
Te preguntabas si en verdad hiciste algo en todo el día.